¿Qué es el weird hope?
Vivimos un tiempo paradójico. Nunca ha sido tan abundante la información sobre las crisis del presente –climática, social, política, energética– y, sin embargo, nunca ha sido tan pobre la imaginación sobre el futuro. El filósofo Mark Fisher denominó este fenómeno realismo capitalista: la sensación generalizada de que no hay alternativa al orden actual, de que el fin del mundo parece más fácil de imaginar que el fin del capitalismo. En ese clima de horizonte cerrado, toda esperanza parece ingenua o falsa.
Frente a esta parálisis, emerge un concepto que intenta forzar una fisura: el weird hope, la “esperanza extraña”. No se trata de un optimismo vacío ni de una promesa de salvación tecnológica. Es, por el contrario, una forma de esperanza que nace de la desesperanza misma, que utiliza la extrañeza como herramienta y que se propone reabrir la posibilidad de futuros radicalmente distintos. Este artículo explora este concepto en su versión más desarrollada –el proyecto filosófico y de diseño New Weird Hope–, sus vínculos con el diseño especulativo, sus herramientas prácticas y sus aplicaciones en gobiernos y corporaciones.
Primera parte: Orígenes y definiciones del weird hope
El término weird hope (o “esperanza extraña”) aparece al menos en tres contextos diferentes, cada uno con su propia especificidad.
En primer lugar, es el nombre de un juego de rol de mesa postapocalíptico: Islands of Weirdhope, creado por David Blandy y Daniel Locke. Ambientado en un mundo de ciudades hundidas e islas volcánicas, los jugadores navegan archipiélagos generados proceduralmente, explorando un futuro “lleno de maravillas pero fundamentalmente extraño”. La versión quickstart está disponible en plataformas digitales como itch.io.
En segundo lugar, A Weird Hope es también el título de una novela contemporánea de Muhsin Ibrahim, que explora las realidades personales y etnoculturales de estudiantes universitarios en el norte de Nigeria. Aunque no es el objeto central de este artículo, conviene señalar que la idea de una esperanza que resulta extraña, descentrada o inesperada aparece también en la literatura.
En tercer lugar –y este es el significado que nos interesa desarrollar–, New Weird Hope es un proyecto de diseño filosófico desarrollado en el marco de la Design Academy Eindhoven. El proyecto toma su nombre del género literario New Weird (la “nueva ficción extraña”), caracterizado por mezclar elementos cotidianos con lo surrealista, lo alienígena o lo monstruoso, y por situar a sus protagonistas en situaciones inescapables.
La propuesta de New Weird Hope es radical: re-enmarcar la desesperanza como un motor, no como un callejón sin salida. En lugar de negar la gravedad de las crisis actuales (cambio climático, desigualdad extrema, colapso institucional), el proyecto parte de su aceptación. Asume que los sistemas existentes están rotos más allá de la reparación incremental. Y precisamente por eso, al liberarse de la ilusión de que se puede “arreglar” el capitalismo desde dentro, se abre un espacio creativo para proponer alternativas drásticas sin miedo al fracaso.
Esta operación implica una disrupción temporal. El capitalismo y la cultura digital nos obligan a vivir en la inmediatez: ciclos de noticias de veinticuatro horas, plazos trimestrales, obsolescencia programada. New Weird Hope utiliza el diseño especulativo para crear objetos y narrativas que nos obliguen a pensar en escalas de tiempo de décadas o siglos. Rompe así la “línea de tiempo oficial” –la idea de que el futuro solo puede ser una versión más tecnológica o más caótica del presente– y permite imaginar realidades completamente distintas.
El proyecto defiende, además, una concepción política del diseño. Diseñar no es solo hacer productos estéticos o comercializables; cada objeto o espacio diseñado lleva implícita una postura ética. New Weird Hope busca que el diseño sirva como herramienta de resistencia social, creando “artefactos de protesta” que no pretenden ser soluciones funcionales inmediatas, sino detonantes de debates públicos y acciones comunitarias.
¿Por qué “extraña”? Porque el resultado de este proceso –los objetos, escenarios y narrativas que produce– suele resultar incómodo o bizarro a primera vista. No es la esperanza reconfortante de un comercial navideño ni la promesa tecnológica de un smart city. Es una esperanza que extraña porque nos muestra un mundo que no reconocemos, pero que al mismo tiempo nos interpela: ¿y si fuera posible? La extrañeza cumple aquí una función precisa: sacudir al espectador de su apatía cotidiana, abrir la mente hacia la posibilidad de lo radicalmente otro.
Con estos fundamentos establecidos, el artículo se adentrará a continuación en el método que hace posible esta esperanza extraña: el diseño especulativo.
Segunda parte: El diseño especulativo como método
Para comprender cómo opera el weird hope, es necesario adentrarse en la disciplina que le sirve de vehículo principal: el diseño especulativo. A diferencia del diseño convencional, que busca resolver problemas presentes mediante productos comercializables, el diseño especulativo no tiene como objetivo inmediato la funcionalidad ni el mercado. Su propósito es utilizar el diseño como una herramienta de indagación filosófica: cuestionar el impacto social, ético y político de la tecnología y las formas de organización, y abrir debates sobre qué tipo de futuro queremos habitar colectivamente.
El Cono de los Futuros
El marco teórico más influyente en este campo es el Cono de Futuros, popularizado por los diseñadores Anthony Dunne y Fiona Raby. Este modelo representa el tiempo abriéndose desde el presente hacia el mañana en cuatro categorías diferenciadas:
Futuros probables: aquello que ocurrirá con alta probabilidad si las tendencias actuales (tecnológicas, económicas, demográficas) continúan sin alteraciones significativas. Es el futuro de las proyecciones lineales y los informes de consultoría.
Futuros plausibles: escenarios que no son seguros, pero que son física y económicamente posibles según el conocimiento científico actual. No requieren tecnologías milagrosas ni cambios imposibles, solo la extensión de dinámicas ya existentes.
Futuros posibles: todo aquello que teóricamente podría ocurrir, incluso si requiere tecnologías que aún no existen o transformaciones políticas radicales. Este es el territorio de la ciencia ficción y la imaginación sin ataduras.
Futuros preferibles: el cuadrante ético. Es la intersección donde el diseñador se pregunta: de entre todas las cosas que pueden pasar, ¿cuáles son las que realmente queremos que pasen? Aquí opera el weird hope, moviéndose deliberadamente hacia futuros que no son probables ni siquiera plausibles bajo el régimen actual, pero que se defienden como deseables.
La crítica fundamental que el diseño especulativo dirige al presente es que la “línea de tiempo oficial” –la que difunden las grandes empresas tecnológicas, los gobiernos y el cine de Hollywood– ha reducido artificialmente el cono. Solo se nos presentan dos opciones de futuro: un futuro tecnocrático e hipertecnológico (ciudades limpias, inteligencia artificial gobernando, eficiencia absoluta) o un futuro apocalíptico y caótico (guerra por los recursos, colapso climático, cyberpunk oscuro). Ambos escenarios comparten un supuesto silencioso: el sistema político y económico actual (capitalismo, Estado‑nación, propiedad privada) sigue siendo el telón de fondo, ya sea maximizado o destruido. El diseño especulativo se propone desbloquear el cono, recordándonos que existen futuros que no son ni una ni otra cosa.
El prototipo diegético
La herramienta metodológica central del diseño especulativo es el prototipo diegético. El término proviene de la narratología: la diégesis es el universo ficticio en el que ocurre una historia. Un prototipo diegético es, por tanto, un objeto que funciona perfectamente dentro de una ficción. No importa si ese objeto podría existir hoy en el mundo real; lo importante es que el espectador crea que existe en el futuro que se está presentando. Al interactuar con él –o simplemente al contemplarlo–, se comprenden las leyes, los valores y la política de ese mundo alternativo.
Un prototipo diegético no explica: muestra. No argumenta: materializa. Si se quiere imaginar un futuro sin dinero, no se escribe un tratado de economía; se diseña la cartera o la aplicación de intercambio que podría usarse en ese mundo. Si se quiere imaginar un futuro donde los ríos tengan derechos legales, no se redacta una constitución; se diseña el sensor que traduce la salud del agua en datos comprensibles para una asamblea ciudadana. El poder del prototipo diegético reside en su capacidad de hacer tangible lo que de otro modo permanecería en el reino de la abstracción.
La saturación y el contra‑diseño
Además del prototipo diegético, el diseño especulativo emplea otras estrategias. La sátira y la ironía oscura consisten en diseñar objetos corporativos absurdos o éticamente cuestionables, presentados con la estética limpia de un catálogo de ventas. Al ver un producto futurista que parece real pero resulta monstruoso, el espectador se da cuenta de que el presente ya está tomando ese rumbo peligroso. La ironía funciona como un espejo deformante.
El contra‑diseño, por su parte, diseña objetos que fallan a propósito o que complican tareas cotidianas que la tecnología actual resuelve con un clic. Una tetera que exige un ritual de cuarenta minutos para preparar el agua, una interfaz de mensajería que ralentiza deliberadamente la escritura. Estos objetos no buscan ser eficientes; buscan hacernos conscientes de la opacidad y la velocidad acrítica con que adoptamos las tecnologías.
La crítica a la “línea de tiempo oficial”
El diseño especulativo sostiene que el futuro no es algo que simplemente ocurre, sino algo que se construye activamente a través de las decisiones de diseño del presente. La línea de tiempo oficial –esa narración que nos dice que el futuro será inevitablemente más tecnológico, más rápido y más desigual– no es un hecho natural, sino una construcción ideológica. Su función es despolitizar el futuro, presentarlo como un destino inevitable ante el que solo cabe adaptarse o sufrir.
El weird hope, a través del diseño especulativo, desmonta esa fatalidad. No ofrece certezas, pero ofrece herramientas. No promete un paraíso, pero demuestra que otros mundos son concebibles. Y en esa demostración, por modesta que sea, ya está actuando políticamente: rompiendo el hechizo del realismo capitalista y reabriendo la pregunta por lo que aún no existe.
Tercera parte: Corrientes de futuros alternativos
El diseño especulativo no trabaja en el vacío. Existe ya una constelación de movimientos culturales y políticos que, desde hace décadas, vienen desafiando la línea de tiempo oficial y produciendo imágenes de futuros radicalmente distintos. Estas corrientes proporcionan tanto inspiración como herramientas concretas para el weird hope. Entre ellas destacan el afrofuturismo, el solarpunk y, especialmente, el diseño ancestral.
Afrofuturismo
El afrofuturismo combina ciencia ficción, historia, mitologías africanas y tecnologías no occidentales para imaginar futuros donde las diásporas africanas no son víctimas pasivas ni minorías marginadas, sino protagonistas de la ciencia, la espiritualidad y la ecología. A diferencia de la ciencia ficción convencional, que suele proyectar un futuro de hegemonía occidental, el afrofuturismo desplaza el centro.
En el ámbito del diseño especulativo, proyectos afrofuturistas han explorado la soberanía de datosdesde cosmologías africanas, o la medicina ancestral como base de sistemas sanitarios del futuro. Un ejemplo conocido –aunque más comercial que crítico– es Wakanda en el universo de Marvel; pero a nivel de diseño radical, colectivos como Black Quantum Futurism (Rasheedah Phillips) trabajan con conceptos de temporalidad cíclica y arquitectura de la memoria para diseñar viviendas sociales que resistan la obsolescracia urbana impuesta a las comunidades negras. El afrofuturismo nos enseña que el futuro no tiene por qué reproducir las jerarquías raciales del presente.
Solarpunk
El solarpunk nace como una respuesta directa al cyberpunk. Mientras el cyberpunk es pesimista, corporativo y distópico –futuros de control tecnológico y degradación humana–, el solarpunk diseña futuros donde la humanidad ha logrado equilibrar la tecnología avanzada con la regeneración ecológica y la justicia social.
No se trata de una utopía ingenua. El solarpunk muestra comunidades locales autogestionadas que utilizan energías renovables descentralizadas, agricultura regenerativa, biotecnología de bajo impacto y arquitectura bioclimática. Sus imágenes son reconocibles: paneles solares integrados en edificios cubiertos de vegetación, transportes colectivos no contaminantes, huertos urbanos gestionados por asambleas vecinales. Pero tras la estética hay un programa político explícito: la abolición del extractivismo y la construcción de economías post‑crecimiento.
El diseño especulativo de inspiración solarpunk ha producido prototipos como redes eléctricas de código abierto controladas por comunidades, dispositivos de reparación ciudadana (fabricación distribuida) y sistemas de cultivo hidropónico de interior diseñados para ser construidos con impresoras 3D de materiales reciclados. Lo crucial es que el solarpunk no solo dice “otro futuro es posible”, sino que materializa sus piezas en el presente, haciéndolas accesibles para que cualquiera pueda experimentar con ellas.
Diseño ancestral / indígena
La corriente más relevante para el weird hope es quizás el diseño ancestral (también denominado co‑diseño indígena o diseño de base comunitaria). Es importante aclarar qué no es. El diseño ancestral no consiste en “volver al pasado”, ni en rechazar la tecnología moderna, ni en apropiarse exotizante de saberes indígenas. Su apuesta es muy distinta: utilizar filosofías de vida milenarias –el Buen Vivir (Sumak Kawsay) andino, el Ubuntu africano (“yo soy porque nosotros somos”), las concepciones de interconexión con la Tierra de las naciones originarias de América– y proyectarlas hacia el futuro utilizando herramientas contemporáneas de diseño, ingeniería y especulación.
Para comprender su potencia, imaginemos una ciudad del futuro diseñada bajo principios de diseño ancestral. No se parecerá en nada a los prototipos de ciudad inteligente que promueven las grandes tecnológicas.
Infraestructura viva frente a infraestructura gris. En lugar de puentes de acero que se oxidan, escalas de raíces vivas. Técnicas como los puentes de raíces de Cherrapunji (India) –donde las raíces de los árboles de goma son guiadas durante décadas para formar estructuras transitables– se combinan con ingeniería genética suave y andamios biodegradables. Los edificios no se construyen, se cultivan. Los materiales no se extraen, se integran en ciclos biológicos. El hormigón y el acero son sustituidos por micelio de hongo endurecido, maderas de crecimiento rápido tratadas orgánicamente y biopolímeros compostables.
Gestión del agua como relación sagrada. Frente al modelo de canalizar los ríos en tuberías subterráneas, la ciudad ancestral recupera sistemas preincaicos de amunas (canales de infiltración que recargan acuíferos) o las chinampas aztecas (islas artificiales de cultivo en humedales). El agua fluye de forma abierta, autolimpiándose mediante humedales artificiales plantados con macrófitas. Y el río –o el lago, o el acuífero– tiene personalidad jurídica y estatus sagrado. Contaminarlo es equivalente legal y cultural a herir a un ciudadano. Esta no es una metáfora: en los últimos años, diversos tribunales (Nueva Zelanda, Colombia, India) han reconocido derechos legales a ríos y ecosistemas, inspirándose precisamente en cosmovisiones indígenas.
Economía de la reciprocidad. Frente a la obsolescencia programada y la acumulación sin límites, el diseño ancestral proyecta objetos bajo el principio del cuidado transgeneracional: pensar en el impacto de nuestras acciones hasta la séptima generación. Un teléfono o un electrodoméstico no está sellado ni es irreparable; su carcasa es de madera local o micelio, y sus componentes modulares pueden extraerse con herramientas básicas. Estos objetos se diseñan para ser heredados, reparados y mejorados colectivamente. La economía subyacente no es la del intercambio monetario anónimo, sino la del ayni o reciprocidad: prácticas de intercambio de tiempo, cuidados, semillas, reparaciones, medidas no por precios sino por acuerdos comunitarios.
Gobernanza multiespecie. Una asamblea ciudadana en el marco del diseño ancestral no solo incluye a los humanos. Se diseñan sensores biológicos que se colocan en bosques, ríos y suelos, y que traducen cambios de pH, humedad o salud del ecosistema en datos comprensibles. En las asambleas, estos datos se presentan mediante proyecciones sonoras o visuales, de modo que la salud del bosque o del río tenga “voz y voto” directo en las decisiones urbanas, al mismo nivel que los intereses humanos. No se trata de una metáfora: es la materialización política de la interdependencia ecológica.
Un objeto especulativo concreto: la Semillera de Datos
Para que el diseño ancestral sea comprensible, colectivos como el Colectivo de Diseño Indígena o investigadores en diseño descolonial han prototipado objetos ficticios como la Semillera de Datos. El punto de partida es la insostenibilidad de los centros de datos convencionales, que consumen enormes cantidades de energía y agua. ¿Y si, en lugar de almacenar la memoria histórica de una comunidad en servidores de Google, se almacenara dentro del ADN de semillas de plantas nativas? Esta tecnología –codificar información digital en secuencias de ADN– ya es científicamente posible, aunque aún cara y lenta. La Semillera de Datos sería un contenedor sagrado donde la comunidad cuida las semillas. Si la planta muere, parte de la memoria se pierde. El objeto –una cámara de vidrio y madera con condiciones controladas de humedad y luz– obliga a la sociedad a cuidar activamente de la biodiversidad para poder conservar su propia historia y tecnología. La alta tecnología y el conocimiento ancestral se hibridan en un gesto que es a la vez ecológico, político y espiritual.
El diseño ancestral nos demuestra que la alta tecnología no tiene por qué ser artificial ni extractivista. Al hibridar la ciencia contemporánea con cosmovisiones indígenas, se abre un futuro donde el progreso no significa separarse de la naturaleza, sino integrarse en ella de forma más inteligente, justa y respetuosa. No es una nostalgia del pasado, sino una proyección especulativadesde saberes que el capitalismo ha reprimido pero que contienen claves para la supervivencia.
Cuarta parte: Herramientas prácticas para crear proyectos especulativos
Si el weird hope pretende ser algo más que una reflexión estética, debe poder traducirse en prácticas concretas. El diseño especulativo ha desarrollado a lo largo de las últimas dos décadas un conjunto de herramientas metodológicas accesibles tanto a diseñadores profesionales como a activistas, artistas o ciudadanos interesados en imaginar futuros alternativos. A continuación se presenta una guía práctica estructurada en cuatro pasos, seguida de las técnicas operativas más útiles.
Paso 1: Enmarcar el presente – identificación de señales
El primer error del imaginario convencional es creer que el futuro se inventa desde cero. En realidad, el futuro ya está presente en forma de señales de cambio (signals): tecnologías emergentes que aún no se han generalizado, comportamientos sociales minoritarios, leyes experimentales en pequeños territorios, prácticas artísticas marginales. La tarea consiste en detectar esas señales y preguntarse: ¿qué ocurriría si esta señal se multiplicara por cien dentro de treinta años?
Para sistematizar esta búsqueda, se utiliza el método STEEPED, que analiza la señal a través de siete dimensiones:
Social (cambios en valores, demografía, estilos de vida)
Tecnológico (innovaciones, convergencias, obsolescencias)
Económico (modelos de producción, distribución, consumo)
Ecológico (recursos, clima, biodiversidad)
Político (legislación, gobernanza, conflictos)
Ético (normas implícitas, tabús, aspiraciones morales)
Demográfico (estructura de edades, migraciones, urbanización)
El objetivo de este paso no es predecir, sino cartografiar lo incipiente. Una señal relevante podría ser, por ejemplo, el reconocimiento legal de derechos a ríos o ecosistemas (ya ocurre en algunos países). Extrapolada al futuro, esta señal podría desembocar en sistemas de gobernanza multiespecie.
Paso 2: Construir el escenario – el eje de la “cuña”
Una vez identificadas las señales, se trata de construir un escenario que rompa la línea de tiempo oficial. La herramienta fundamental es el Cono de Futuros descrito en la segunda parte, pero con una variante operativa: la matriz de impacto cruzado.
Esta matriz cruza dos o más señales independientes y pregunta cómo interactuarían. Por ejemplo, se cruza la tecnología de edición genética CRISPR con el principio indígena de la “séptima generación” (no tomar decisiones que perjudiquen a los descendientes hasta siete generaciones). El resultado puede ser una política futurible donde la modificación genética solo se permite si mejora la resiliencia ecológica a largo plazo y si cuenta con el consentimiento de representantes de generaciones futuras –un escenario que no es ni el liberal (todo vale) ni el conservador (prohibición total), sino algo extraño y nuevo.
La “cuña” es exactamente eso: introducir en el debate un escenario que no estaba previsto en la dicotomía dominante. Para construir esa cuña, se puede partir de una pregunta disruptiva: ¿qué pasaría si la moneda no fuera el dinero sino el tiempo dedicado al cuidado? ¿Y si las máquinas no reemplazaran el trabajo sino que amplificaran la capacidad de juego? ¿Y si las fronteras no separaran estados sino que fueran corredores ecológicos gestionados por asambleas de cuenca?
Paso 3: Diseñar el artefacto – el prototipo diegético
El corazón del proyecto especulativo es la materialización. No se trata de escribir un informe ni de dibujar un storyboard, sino de construir un objeto físico o digital que funcione como si perteneciera al escenario futuro. Ese objeto debe ser tangible, aunque sea como maqueta, prototipo de cartón, impresión 3D o interfaz interactiva.
La regla de oro del prototipo diegético es: no expliques, muestra. Si tu escenario futuro incluye un sistema de trueque comunitario sin dinero, no describas sus reglas en un párrafo; diseña la “aplicación” que usaría la gente para registrar intercambios (puede ser una simulación en pantalla o incluso una interfaz de papel). Si tu escenario incluye viviendas construidas con micelio, fabrica una pequeña baldosa de ese material (hoy es técnicamente posible). La presencia física del objeto rompe la distancia crítica y fuerza una reacción visceral: “esto es raro”, “esto me inquieta”, “esto me hace desear que existiera”.
El objeto no necesita ser funcional en el sentido práctico. Su función es otra: hacer preguntas. Un buen prototipo diegético genera debate: ¿quién controla este dispositivo? ¿Qué valores incorpora? ¿Qué tipo de subjetividad produce?
Paso 4: Provocar el debate – la intervención
Un artefacto especulativo en un cajón no sirve de nada. La última etapa es la intervención: presentar el objeto en un contexto que maximice su potencial disruptivo. Las estrategias más comunes son:
Falso catálogo comercial: se presenta el objeto como si fuera un producto real que se puede comprar hoy, con su packaging, su manual de instrucciones y su publicidad. La familiaridad del formato comercial contrasta con la extrañeza del objeto, generando una tensión reveladora.
Tienda efímera (pop‑up store): se alquila un local y se monta una exposición-venta de objetos especulativos, tratando a los visitantes como clientes. Las reacciones de confusión, fascinación o rechazo son datos valiosos.
Falso documental: se produce un vídeo de estilo institucional (como los de las grandes corporaciones tecnológicas) presentando el objeto como el gran avance del año, con testimonios de “usuarios” ficticios.
Taller participativo: se invita a ciudadanos a co‑diseñar sus propios artefactos del futuro, guiados por las herramientas aquí descritas. De este modo, la especulación deja de ser patrimonio de expertos y se convierte en práctica democrática.
Herramientas complementarias
Además de esta secuencia de cuatro pasos, existen herramientas más específicas:
La ficha de “mundo futuro”: una plantilla que obliga a responder preguntas concretas sobre el escenario (¿cómo se obtiene la energía? ¿cómo se toman las decisiones colectivas? ¿qué ocurre con los conflictos? ¿qué objetos cotidianos han desaparecido y cuáles han aparecido?).
El diario de un día en el futuro: escribir una página narrando la rutina de una persona común en el escenario diseñado (desde que se despierta hasta que se acuesta). Ese relato revelará inconsistencias y detalles que enriquecerán el prototipo.
La lista de artefactos vecinos: una vez diseñado el prototipo principal, se identifican otros objetos que deberían existir en ese mismo mundo para que el primero tenga sentido. Si se diseña una “semillera de datos”, automáticamente se necesitan un “manual de reparación de semilleras”, una “app de consulta de datos almacenados en plantas” y una “ley de propiedad comunitaria de semillas”. No es necesario diseñarlos todos, pero nombrarlos ya expande la diegesis.
Quinta parte: Referentes contemporáneos
El diseño especulativo y la práctica del weird hope no son disciplinas nacidas en el vacío académico. Existen ya colectivos, estudios y diseñadores individuales que llevan años produciendo artefactos, escenarios y metodologías. Conocer sus trayectorias proporciona modelos concretos y demuestra que esta forma de trabajar no es una rareza aislada, sino un campo en plena efervescencia.
Superflux (Anab Jain y Jon Ardern)
Con sede en Londres, Superflux es uno de los colectivos más influyentes en la intersección entre diseño especulativo, ecología política y justicia social. Su método combina investigación rigurosa con instalaciones inmersivas de gran potencia emocional. El proyecto Mitigation of Shock (2019) construyó un apartamento completo del año 2050 en un contexto de colapso climático moderado pero persistente. El visitante podía recorrer una cocina donde se cultivaban hongos y larvas comestibles en contenedores domésticos, un salón donde los muebles incorporaban filtros de aire caseros y una terraza donde pequeñas turbinas eólicas de fabricación digital proporcionaban electricidad. No era una distopía catastrofista, sino un escenario plausible y cotidiano: la gente seguía viendo la televisión y tomando té, pero sus objetos habían cambiado. La fuerza del proyecto residía en su normalidad extraña –la sensación de que ese futuro ya estaba llamando a la puerta.
Superflux ha trabajado también para instituciones públicas y ONGs, aplicando el diseño especulativo a políticas de vivienda, energía y movilidad. Su lema implícito es que el diseño no debe limitarse a hacer el presente más cómodo, sino a entrenar la percepción para detectar lo que viene.
Liam Young / Unknown Fields Division
Liam Young es arquitecto, cineasta y diseñador especulativo. Su trabajo se sitúa en la frontera entre el documental, la ciencia ficción y la crítica infraestructural. A través de su colectivo Unknown Fields Division, ha viajado a los lugares más extremos de la cadena de suministro global: minas de coltán en el Congo, vertederos electrónicos en Ghana, fábricas de desmontaje de barcos en Bangladesh. A partir de esas expediciones, produce películas y maquetas arquitectónicas que proyectan esos espacios hacia el futuro.
En su proyecto The City of the Future (2018), Young diseñó una ciudad entera basada en la extrapolación de tendencias actuales: una megalópolis gobernada por algoritmos de optimización logística, donde los ciudadanos viven en cápsulas modulares que se desplazan sobre raíles magnéticos y donde la agricultura se ha relegado a rascacielos hidropónicos de propiedad corporativa. La ciudad es técnicamente impecable y estéticamente deslumbrante, pero también profundamente inquietante: no hay espacio público no monitorizado, no hay ocio no productivo, no hay disidencia posible. Young no dice que este futuro sea inevitable; dice que ya estamos construyendo sus cimientos.
Extrapolation Factory (Chris Woebken y Elliott P. Montgomery)
Si Superflux y Liam Young trabajan a escala institucional y mediática, Extrapolation Factory opera desde la base. Su objetivo es democratizar el diseño especulativo, sacándolo de las academias y los museos para llevarlo a los barrios, las escuelas y los centros comunitarios. Han desarrollado una metodología de talleres llamada Futures Wheel (Rueda de Futuros), donde grupos de ciudadanos comunes –sin formación en diseño– aprenden a identificar señales de cambio, construir escenarios y prototipar artefactos del futuro utilizando materiales de bajo coste (cartón, plastilina, LEDs, pequeños circuitos).
Uno de sus proyectos más conocidos es The Future of Shopping, realizado en un centro comercial de Nueva Jersey. Durante varias semanas, instalaron una tienda efímera que vendía objetos especulativos diseñados por los propios vecinos: una bolsa de la compra que medía la huella de carbono de cada producto, un carrito que bloqueaba la entrada de alimentos ultraprocesados, un sistema de estanterías que redistribuía automáticamente los productos cercanos a su fecha de caducidad entre los clientes más necesitados. La tienda era ficticia, pero las conversaciones que generó fueron reales y, en algunos casos, derivaron en iniciativas cooperativas duraderas.
Sputniko! (Hiromi Ozaki)
Sputniko! –nombre artístico de Hiromi Ozaki– es diseñadora, artista y profesora en la Universidad de las Artes de Tokio. Su trabajo se especializa en la intersección entre biotecnología, feminismo y cultura pop. A diferencia de otros diseñadores especulativos, Sputniko! incorpora sistemáticamente la performance y la narrativa personal.
Su proyecto The Menstruation Machine (2013) es un dispositivo metálico que se coloca sobre el abdomen y, mediante descargas eléctricas controladas y bombeo de un líquido rojo a través de tubos, simula los calambres y el sangrado menstrual. Sputniko! lo diseñó después de una conversación con amigos varones que minimizaban el dolor menstrual. El dispositivo no busca ser funcional (ningún varón lo usaría por voluntad propia), sino forzar una experiencia vicaria que rompa la ignorancia masculina. Es un objeto incómodo, extraño y, precisamente por eso, políticamente efectivo.
Otro proyecto relevante es Red Silk of Fate (2015): una seda modificada genéticamente con oxitocina –la hormona vinculada al apego y al amor romántico–, de modo que las prendas confeccionadas con ella inducen químicamente sentimientos de vinculación en quien las usa. Sputniko! presentó la seda como un producto de lujo en una falsa campaña publicitaria, con modelos susurrando “no sabes si amas o te aman”. El proyecto critica la creciente mercantilización de las emociones y la reducción de lo humano a circuitos neuroquímicos.
Colectivos de diseño decolonial
Más allá de los nombres individuales, existe una red internacional de colectivos que trabajan específicamente en la descolonización del futuro. Entre ellos destacan:
Decolonising Design (red global de académicos y diseñadores): publica manifiestos, organiza conferencias y mantiene un archivo de prácticas de diseño no occidentales. Su tesis central es que el diseño moderno es una disciplina inherentemente colonial (nació en Europa para organizar fábricas, ciudades y cuerpos según la racionalidad capitalista), y que cualquier futuro alternativo debe pasar por una desobediencia epistémica.
Design for the Pluriverse (inspirado en el trabajo de Arturo Escobar): propone diseñar no un solo futuro, sino muchos mundos interconectados donde quepan cosmologías diversas. Sus metodologías incluyen la colaboración con comunidades indígenas en la co-diseño de tecnologías apropiadas (energía solar comunitaria, redes de agua autogestionadas, sistemas de salud basados en plantas medicinales).
Moldy Futures (colectivo latinoamericano): explora la intersección entre colapso ecológico, culturas fúngicas y formas de organización antifúngicas (metafóricamente, aquellas que resisten el monocultivo mental). Han diseñado, entre otros, un “kit de emergencia para después del colapso” que contiene esporas de hongos descomponedores, semillas nativas y un manual ilustrado de justicia restaurativa.
Estos colectivos comparten la convicción de que el diseño especulativo no puede limitarse a la crítica estética; debe ser una práctica territorial y comunitaria, anclada en luchas concretas contra el extractivismo, el racismo ambiental y la violencia epistémica.
La potencia de la materialización (no basta con hablar, hay que hacer objetos), la importancia de la inmersión emocional (los futuros se sienten antes de entenderse), la necesidad de democratizar la imaginación (el futuro no puede ser monopolio de expertos) y la urgencia de una perspectiva decolonial (los futuros alternativos ya existen en saberes reprimidos). El weird hope, lejos de ser una moda académica, es una práctica en marcha, con herramientas, genealogías y comunidades.
Sexta parte: Aplicaciones reales en gobiernos y corporaciones
Puede resultar paradójico que una práctica nacida en los márgenes críticos –el diseño especulativo como herramienta de protesta y desobediencia imaginativa– haya sido adoptada por los centros mismos del poder: gobiernos, ejércitos y grandes corporaciones. Sin embargo, esta paradoja es reveladora. Las instituciones dominantes han comprendido que, en un mundo de crisis sistémicas e incertidumbre radical, la capacidad de anticipar futuros posibles se ha convertido en una ventaja estratégica. El weird hope, en su versión más domesticada, se transforma en previsión estratégica(foresight). A continuación se examinan tres ámbitos de aplicación real.
1. Aplicaciones militares y de inteligencia: el sci‑fi turning
La sorpresa estratégica es el peor enemigo de los estados mayores. Los ejércitos tradicionales planifican basándose en guerras pasadas y extrapolaciones lineales de amenazas conocidas. Pero las innovaciones disruptivas –desde los ataques con drones comerciales hasta la guerra informática no estatal– suelen escapar a esas proyecciones. De ahí el creciente interés por el prototipado de ciencia ficción (science‑fiction prototyping) en el ámbito militar.
El caso más documentado es el de la Red Team francesa, creada en 2018 por la Agence de l'Innovation de Défense. Su cometido es exactamente el opuesto al de los analistas convencionales: no predecir lo probable, sino imaginar lo “ridículo” o “imposible” y luego preguntarse cómo responder ante ello. La Red Team contrata escritores de ciencia ficción, diseñadores especulativos y artistas transmedia. En talleres cerrados, producen escenarios detallados –a veces con objetos prototipo, vídeos falsos y documentación ficticia– de amenazas que ningún servicio de inteligencia consideraría serias: un ataque biológico mediante insectos modificados genéticamente para transmitir memes autodestructivos; una guerra económica librada exclusivamente con deepfakes y criptomonedas descentralizadas; un grupo ecologista radical que logra desactivar el sistema de posicionamiento global mediante un agujero de gusano especulativo. La mayoría de estos escenarios jamás ocurrirán. Pero algunos, al ser forzados a imaginar lo extraño, revelan vulnerabilidades ocultas en sistemas que se daban por seguros. Como dijo un oficial francés: “preferimos que nos ataquen en la sala de juegos de la Red Team antes que en el terreno real”.
Algo similar ocurre en Estados Unidos con el proyecto Imaginative Futures del Departamento de Defensa, o con los talleres de Sci‑Fi Prototyping de la agencia de inteligencia IARPA (Intelligence Advanced Research Projects Activity). La literatura abierta describe ejemplos como un escenario donde los adversarios utilizan interfaces cerebro‑computadora para extraer información clasificada directamente de la mente de los soldados –un escenario que impulsó la investigación en contramedidas neuroéticas mucho antes de que la tecnología estuviera madura.
2. Aplicaciones en políticas públicas: laboratorios de futuro gubernamentales
Si los militares buscan evitar sorpresas, los gobiernos civiles buscan diseñar políticas anticipatorias –leyes y regulaciones que sigan siendo útiles dentro de diez o veinte años. Los métodos tradicionales de consulta pública y análisis de impacto son retrospectivos: miden consecuencias pasadas. El diseño especulativo ofrece un complemento prospectivo.
El Policy Lab del Reino Unido (creado en 2014 dentro del gabinete) es el ejemplo pionero. Su equipo incluye diseñadores de servicios, etnógrafos y diseñadores especulativos. Han desarrollado una metodología llamada policy prototyping: antes de redactar una ley, construyen artefactos y escenarios de cómo sería la vida de los ciudadanos bajo esa ley en el futuro. Por ejemplo, para anticipar los efectos de una regulación sobre vehículos autónomos, diseñaron una interfaz de “auto de policía autónomo” y la llevaron a un barrio para que los residentes pudieran interactuar con ella. Las reacciones de miedo, desconfianza o aceptación se incorporaron al borrador legal. En otro proyecto, exploraron futuros del trabajo post‑pandemia diseñando “contratos de trabajo para plataformas de IA” ficticios que los sindicatos y empresarios discutieron como si fueran reales, descubriendo cláusulas abusivas que nadie había previsto.
El Government Technology Agency de Singapur tiene un laboratorio similar, pero con un enfoque más orientado a la infraestructura urbana. Han producido prototipos de “farolas inteligentes” que vigilan la calidad del aire, el ruido y la densidad de peatones –y han colocado esas farolas en barrios reales (con el consentimiento informado de los vecinos) durante semanas, para observar cómo cambiaban los comportamientos y detectar efectos no deseados (por ejemplo, la evitación de calles muy monitorizadas). A partir de esos hallazgos, rediseñaron las políticas de privacidad y los modos de consentimiento. El gobierno de Singapur también utiliza el diseño especulativo en planificación a largo plazo: han imagina Singapur en 2065 (centenario de la independencia) a través de objetos cotidianos diseñados por ciudadanos en talleres participativos, generando un debate público sobre prioridades (¿más espacios verdes o más vivienda? ¿más automatización o más empleo de cuidados?).
3. Aplicaciones corporativas: prospectiva estratégica e innovación
El mundo empresarial, especialmente el tecnológico y el automovilístico, ha sido el más rápido en adoptar el diseño especulativo, aunque bajo otros nombres: corporate foresight (prospectiva corporativa), design fiction (ficción de diseño) o strategic design (diseño estratégico). La lógica es simple: las empresas que invierten miles de millones en I+D (investigación y desarrollo) necesitan saber hacia qué direcciones del futuro deberían orientar esos recursos. El diseño especulativo les permite probar escenarios sin tener que construir físicamente tecnologías completas.
El laboratorio Space10 de IKEA (cerrado en 2023 después de una década de actividad) fue el ejemplo más celebrado. Space10 diseñaba prototipos de “la vida doméstica en 2030” que IKEA nunca llegó a producir comercialmente, pero que orientaron sus inversiones en materiales sostenibles, energías renovables y economía circular. Un ejemplo famoso es la Growroom (2016): una esfera de madera contrachapada de dos metros de diámetro que funcionaba como huerto hidropónico vertical, capaz de producir verduras suficientes para una familia en espacios urbanos reducidos. IKEA nunca la comercializó (era demasiado cara y compleja de montar), pero el prototipo generó tal interés que publicaron los planos en código abierto, y hoy existen cientos de Growrooms construidas por comunidades en todo el mundo. El diseño especulativo no siempre busca el mercado; a veces busca enviar señales y construir imaginario.
Google, a través de su división Google X (ahora X Development), utiliza el diseño especulativo para lo que llaman “el test del avión de pasajeros”: solo invierten en proyectos que parecen una locura (un avión eléctrico, un globo de Internet para zonas remotas, un coche sin volante) pero que, si funcionan, cambian el mundo a gran escala. El diseño especulativo es la herramienta que utilizan para visualizar cómo sería ese mundo si el proyecto tuviera éxito –y también para detectar riesgos éticos no evidentes.
Ford, por su parte, mantiene un equipo de foresight and trends que utiliza escenarios especulativos para anticipar cambios en la movilidad. En 2018, diseñaron un “coche autónomo del futuro” sin volante ni pedales, pero con un interior configurable como sala de estar, oficina o dormitorio. No lo fabricaron, pero el prototipo sirvió para debatir internamente sobre regulación, responsabilidad legal y formación de usuarios. Más interesante aún, Ford ha utilizado el diseño especulativo para imaginar futuros donde no se venden coches: ciudades donde la movilidad es exclusivamente pública, compartida, a pie o en bicicleta. Esos escenarios, aunque contrarios a su negocio actual, les ayudan a identificar nuevas líneas de negocio (servicios de movilidad, datos urbanos, infraestructura de recarga) antes de que sean urgentes.
Advertencia crítica
No debe perderse de vista la contradicción inherente a estas aplicaciones. El diseño especulativo nació como práctica crítica, a menudo anticapitalista. Su uso por parte de gobiernos y corporaciones conlleva riesgos de cooptación: la imaginación se convierte en una técnica de gestión de riesgos, los objetos extraños se vuelven instrumentos de optimización, el weird hope se diluye en el business as usual. Algunos de los diseñadores mencionados en la quinta parte, como Superflux o Extrapolation Factory, han rechazado explícitamente trabajar para ejércitos o multinacionales, considerando que eso traiciona la función emancipatoria de la disciplina.
Otros, en cambio, argumentan que la adopción institucional del diseño especulativo no es enteramente negativa. Si los gobiernos aprenden a imaginar futuros alternativos, incluso por razones tecnocráticas, se abren ventanas para que movimientos sociales introduzcan demandas más radicales. Y si las corporaciones producen prototipos de economía circular o vivienda asequible, esos prototipos pueden ser tomados como puntos de partida por comunidades y cooperativas. La cuestión no es la pureza del método, sino quién controla la imaginación y con qué fines.
En cualquier caso, la existencia de estas aplicaciones demuestra que el weird hope no es una especulación académica irrelevante. Es una práctica real, con consecuencias tangibles, que está remodelando silenciosamente la forma en que gobiernos, ejércitos y empresas anticipan –y por tanto construyen– el futuro.
Comentarios
Publicar un comentario