El banquete de la desigualdad

1. Repartir



Imaginemos un banquete donde invitamos a 100 personas hambrientas. Pero al repartir la comida la distribución es inusual, jamás admitiríamos algo así en la realidad: a una sola persona se le entrega un tercio de toda la comida y no dice nada. A otras nueve, otro tercio y no dicen nada. A cuarenta más, el tercio restante y tampoco dicen nada. Y a las cincuenta personas restantes, se les da un plato de pan duro para todos.

¿Qué ocurriría en este banquete?

Podemos imaginarlo. El que tiene un tercio no lo disfruta; lo custodia. Sospecha que todos lo envidian y teme. Tiene mas comida de la que puede comer, pero no razona, no quiere compartir. Los nueve del siguiente tercio también comen con ansiedad, vigilando tanto el plato del de arriba como los ojos hambrientos de abajo.

Los cuarenta que reparten el último tercio están convencidos que defender su porción escasa es defender el orden. Los cincuenta de abajo pasan de la incredulidad a la indignación y, al final, la cena explota en violencia caótica.

Este banquete es una metáfora simplificada de nuestro mundo: unos pocos acaparan lo desproporcionado, muchos se conforman con lo justo (y temen perderlo), y una mitad de la humanidad lucha como sea por lo que sea. 

Lo que no permitíamos en una cena, no parece normal extrapolado a la vida en general. Lo milagroso es que el mundo no haya explotado como la cena. ¿Por qué?

Por que a pesar de que la distribución de los alimentos en el banquete se corresponde con la distribución de la riqueza en el mundo, la causa del malestar, en la vida real, es más compleja que la simple desigualdad.

Primero porque no se ve claramente quién es el aprovechado. El descontento es general, pero fragmentado y canalizado hacia abajo (contra inmigrantes, contra otras clases medias o bajas) en lugar de hacia arriba. En la mesa la solución es "repartir el tercio del 1%", pero en la realidad significaría cambiar las reglas que deciden qué "comida" y cómo la producimos y distribuimos.

Segundo, porque esta situación no se sostendría solo por la codicia de unos pocos comensales. Lo que acapara el primero, y buena parte del de los nueve comensales, ya no está compuesto principalmente por comida real, sino por promesas de futuros banquetes —fichas de un casino global que apuestan a que siempre habrá más para repartir.

El malestar hoy es, en gran medida, el resultado de esta riqueza convertida en ficción financiera: un crecimiento exponencial de activos y deudas que se alimenta a sí mismo, despegado de la economía real y de los límites del planeta. Por eso, el problema no es solo que unos tengan mucho y otros poco; es que ese 'mucho' es en parte un espejismo que, para mantenerse, debe convertir el futuro de todos en deuda, el aire en commodity y la vida en un recurso. La desigualdad ya no es solo un desequilibrio estático; es el producto tóxico de una máquina que fabrica promesas imposibles.

Y esta máquina tiene un engranaje cruelmente concreto, como señala la periodista María Álvarez: «Porque en la vida esa montaña de riqueza se materializa en “activos de inversión” que esperan ser retribuidos y que nos vemos en la obligación de retribuir por muchas vías: pagando el alquiler o una hipoteca, o a través de la subida de los precios que deriva de que suban el alquiler y las hipotecas… o de que suban las acciones. […] Así, somos una sociedad que cada vez tiene que dedicar más dinero y más esfuerzo a retribuir una montaña creciente de riqueza. Sería un alivio poder decir que está solo en manos de un 1% para encontrar un culpable, pero la verdad es que da igual en qué manos esté.»

Ahí reside la trampa. No basta, por tanto, con plantear una simple redistribución de ese tercio acaparado. Hace falta algo más radical: desmontar la propia dinámica que convierte nuestra vida en un instrumento para retribuir ficciones contables. En esta entrada voy a sostener que, si bien es cierto que este mecanismo de paper wealth es un problema distinto —y más complejo— que la mera desigualdad, es justamente el horizonte de su erradicación el que puede darnos el impulso para un nuevo sueño. Porque al cuestionar la validez misma de esa montaña de riqueza ficticia, nos liberamos para imaginar una prosperidad que no necesite crecer infinitamente a costa de nuestra vida y nuestro planeta.

Experimentos mentales

Antes de continuar, una aclaración fundamental al siguiente ejercicio de imaginación que voy a proponer: un límite a la riqueza. La idea de un límite global a la riqueza, en este texto, no es una propuesta de política económica detallada. Sería ingenuo pensar que un cambio así pudiera decretarse de un día para otro en un mundo fracturado. Más bien, es un dispositivo de imaginación política. Un experimento mental extremo que sirve para una doble función:

Primero, para desnudar la verdadera naturaleza de la riqueza en el capitalismo financiero global: en gran medida, es una promesa fantasma, una ficción contable que choca con la realidad material del planeta.


Segundo, y más importante, para forzar la pregunta radical: Si esta riqueza es en parte ilusoria y su promesa de crecimiento infinito es un espejismo, ¿qué es lo que realmente queremos? ¿Cuál es el nuevo "sueño colectivo" que puede guiar nuestras energías, ya no hacia la acumulación privada imposible, sino hacia la construcción de una vida buena para todos dentro de los límites ecológicos?

Este texto no es un programa de gobierno. Es un intento de dibujar un horizonte de sentido. Un faro hacia el que orientar el reformismo progresivo, las luchas sociales y las transiciones prácticas que, paso a paso, tendremos que emprender. Porque sin un horizonte que valga la pena, sin una nueva promesa que creer, ninguna reforma tendrá la fuerza ni la dirección necesarias para evitar el caos del banquete.

La riqueza se desvanece



Hagamos otro ejercicio de imaginación: ¿qué pasaría si, en un acto de ficción política, todos los gobiernos del mundo deciden limitar la riqueza personal a una cifra considerable —digamos, diez millones de euros— y expropiamos el resto para financiar la lucha contra el cambio climático y la desigualdad?

En teoría, las cifras marean. Si tomamos los datos del patrimonio global (unos 454 billones de dólares) y expropiamos todo lo que exceda esos 10 millones por persona, estaríamos hablando de movilizar alrededor de 35 a 38 billones de euros. Una cantidad que, en papel, podría financiar varias transiciones ecológicas, sanidad y educación universal, y todavía sobraría.

El problema es que esa riqueza no es principalmente “cosas”, sino promesas. En gran medida, es una promesa de que habrá gente trabajando para materializar bienes o servicios.

Lo que realmente son los activos financieros e inmobiliarios que componen el patrimonio de los ultrarricos se reduce a promesas:

  • Una acción es una promesa de futuros dividendos y de que alguien pagará más por ella mañana.

  • Un bono es una promesa de pago futuro con intereses.

  • El valor de un edificio en un distrito financiero es, en gran parte, una promesa sobre su futura rentabilidad.

  • El dinero mismo, desde que abandonó el patrón oro, es una promesa colectiva de que será aceptado como pago.

Es decir, gran parte de esa montaña de billones no representa bienes tangibles presentes —no son hospitales, trenes solares o bosques—, sino derechos sobre una producción futura que se da por descontada. Y no cualquier futuro: un futuro de crecimiento exponencial perpetuo, donde las empresas siempre ganan más, los alquileres siempre suben y alguien siempre está dispuesto a pagar un precio mayor por un activo.

Esta es la promesa fantástica, literalmente insostenible, en la que se basa nuestro espejismo de riqueza.

Porque materializar esa promesa —convertir esos activos en la extracción de recursos, la producción industrial y la infraestructura real que su valor promete— requeriría varios planetas Tierra. Choca frontalmente con los límites biofísicos del único que tenemos.

Por eso, si intentáramos realmente ejecutar esa expropiación masiva, ocurriría lo contrario a una simple transferencia: la propia riqueza se desvanecería en gran medida. Los mercados, al intentar liquidar esos activos para pagar el “impuesto”, descubrirían su verdadero valor de uso y su verdadera relación con la economía real. Las valoraciones se desplomarían, ajustándose a la realidad productiva y ecológica. Nos quedaríamos, no con 35 billones para transformar el mundo, sino con una fracción de eso.

La riqueza extrema no es solo moralmente obscena; es matemáticamente ficticia en su escala actual. Es una pirámide de promesas cruzadas cuyo dividendo final es un crecimiento infinito en un planeta finito.

Y esto nos lleva al verdadero dilema: si la vieja promesa —la del crecimiento perpetuo que nos haría a todos ricos— es insostenible y en gran parte ilusoria, ¿con qué la reemplazamos?

La quiebra del sueño y la promesa imposible

Durante décadas, el sistema nos ha vendido una narrativa poderosa: "El pastel crece para todos.Puede que algunos tengan porciones gigantescas ahora, pero si trabajas duro, juegas bien tus cartas y tienes un poco de suerte, tú también podrías sentarte en esa mesa. La desigualdad de hoy es el motor de la movilidad de mañana."

Este "sueño de ser rico" ha sido el lubricante social del capitalismo desbocado. Convertía la envidia en ambición legítima, la resignación en paciencia estratégica y la crítica a la desigualdad en resentimiento contra el éxito ajeno. Era la promesa que hacía soportable lo insoportable: aguanta, tu turno llegará.

Pero esta promesa tenía una fecha de caducidad oculta: los límites del planeta. Porque el "sueño del billonario" está vinculado a la fe en el crecimiento económico infinito —la idea de que la economía puede, y debe, expandirse perpetuamente a un ritmo exponencial.

Y aquí es donde la fantasía se estrella con la geología y la física. Un crecimiento perpetuo del 2-3% anual, acumulado durante décadas, requiere una extracción de recursos y una producción de residuos que son literalmente imposibles en un mundo finito. La riqueza financiera se ha inflado hasta valer seis veces la economía real porque ha estado prometiendo un futuro material que la biosfera no puede proporcionar.

Peor aún, esta promesa ya ni siquiera se cumple en términos económicos básicos. Durante los últimos cuarenta años, mientras la riqueza financiera se multiplicaba, los salarios reales de la mayoría se estancaron. El "crecimiento que levanta todos los barcos" resultó ser una marea que solo levantó los yates.

Así, nos encontramos en una doble quiebra: la promesa del crecimiento infinito es ecológicamente suicida, y la promesa de la movilidad social hacia la riqueza extrema es estadísticamente un espejismo. El "sueño del billonario" no era un horizonte, era una anestesia.

Y cuando la anestesia comienza a pasar, solo queda el dolor de la realidad y una pregunta urgente y radical: si esta promesa era una quimera que nos conducía al colapso, ¿qué nueva promesa —qué nuevo sueño colectivo— podemos y debemos construir en su lugar?

El límite

Cuando imagino un tope a la riqueza personal en unos diez millones de euros, lo veo como un acto de justicia material: expropiar el exceso y usarlo para financiar la gran transformación ecológica y social que necesitamos. Un cálculo sencillo con números enormes: más de 35 billones de euros movilizados. La mayor redistribución de recursos de la historia.

El valor de imaginar un límite así, por tanto, no es recaudatorio, sino epistemológico y narrativo.No serviría principalmente para transferir billones de una cuenta a otra, sino para forzar un ajuste de cuentas con la realidad.

Imponer un límite global y hacerlo efectivo sería el equivalente a intentar cobrar todas las promesas a la vez. Y en ese proceso, descubriríamos la verdad incómoda: el emperador no tiene ropa. Gran parte de la riqueza financiera que supera ese límite no podría ser "expropiada" en términos reales, porque nunca existió como valor material convertible. Se evaporaría en el mismo acto de intentar materializarla.

Los mercados de valores se desplomarían no por pánico, sino por un descubrimiento de precios basado en la realidad física. Los activos inmobiliarios se revalorizarían no según la especulación, sino según su verdadera utilidad y sostenibilidad. De repente, un apartamento en Miami Beach valdría menos si el aumento del nivel del mar lo hace inviable, no más porque un fondo de inversión apueste a que alguien pagará aún más mañana.

El límite actuaría como un dispositivo de verdad. Nos obligaría a distinguir entre:

  • Riqueza real: infraestructuras útiles, tecnologías verdes, viviendas dignas, sistemas de salud, ecosistemas sanos.

  • Riqueza ficticia: valoraciones bursátiles infladas, deudas que financian más deudas, activos que solo valen algo en un juego de expectativas de crecimiento infinito.

En lugar de los 35 billones teóricos, quizás descubriríamos que solo hay 5 o 10 billones realesdisponibles para redistribuir. Pero serían 5 o 10 billones reales. Dinero y recursos que realmente podrían construir trenes solares, rehabilitar viviendas, regenerar suelos y garantizar una renta básica.

Esta "pérdida" de riqueza fantasma no sería una tragedia, sino una liberación. Sería el fin de la promesa tóxica. La aceptación colectiva de que hemos estado viviendo en un espejismo contable que nos alejaba cada vez más de lo que realmente importa: la habitabilidad del planeta y la dignidad de la vida dentro de sus límites.

Sin embargo, esa promesa, aunque sea una quimera, ha sido el motor que ha movilizado energías, sacrificios e innovaciones durante décadas. Es una ilusión, pero una ilusión efectiva. Ha impulsado a estudiantes a endeudarse, a trabajadores a aceptar empleos precarios, a sociedades enteras a tolerar lo intolerable, con la esperanza de alcanzar un día ese sueño inalcanzable. Si desmontamos esa ilusión, el motor se para. No podemos quedarnos en el vacío. Necesitamos, urgentemente, un recambio. Un nuevo motor que nos impulse, pero esta vez hacia un horizonte real y compartido.

¿Qué promesa queremos hacernos unos a otros, ahora que sabemos que la vieja era una quimera?

La nueva promesa: el sueño colectivo post-crecimiento

Entonces, ¿qué nos queda cuando la vieja promesa se desvanece? Precisamente lo que necesitamos: la oportunidad de construir una promesa nueva, real y colectiva.

No se trata de una promesa de austeridad gris o de retroceso, sino de una redefinición radical de lo que significa prosperar. No es el fin del sueño, sino el fin de un sueño que era, en el fondo, una pesadilla disfrazada: la pesadilla de la acumulación infinita en un planeta finito, de la competencia eterna, de la ansiedad de nunca tener suficiente.

La nueva promesa no dice "serás rico". Dice algo más profundo y, en última instancia, más liberador: Tendrás una vida buena:

  • Seguridad básica universal: La promesa de que tu existencia material no dependerá de la venta de tu tiempo a cualquier precio. Esto significa vivienda, sanidad, educación y una renta básica como fundamento, no como limosna. Es el derecho a existir sin tener que demostrar constantemente tu valor de mercado.

  • Tiempo como verdadera riqueza: La promesa de que tu vida no será principalmente un intervalo entre jornadas laborales. Una semana laboral radicalmente reducida liberaría miles de horas al año para el cuidado, el aprendizaje, el arte, la comunidad y el simple hecho de vivir. Es el derecho a pertenecerte a ti mismo.

  • Un planeta habitable como legado común: La promesa de que el futuro no será una carrera por saquear los últimos recursos, sino un proyecto colectivo de regeneración. Esto significa una economía circular dentro de los límites ecológicos, energías 100% renovables y la protección de los sistemas que sostienen la vida. Es el derecho a un futuro.

  • Sentido y comunidad frente a acumulación y soledad: La promesa de que el valor de una persona no se medirá por su patrimonio bancario, sino por sus contribuciones, su creatividad y la calidad de sus vínculos. Es el cambio de un éxito extractivo (cuánto puedo acumular para mí) a un éxito generativo (cuánto puedo contribuir al mundo que compartimos).

Esta nueva promesa es más realista que la vieja, precisamente porque acepta límites. No promete lo imposible (crecimiento infinito, riqueza para todos). Promete lo alcanzable y lo esencial: estabilidad, tiempo, salud planetaria y conexión.

Sustituye el "sueño del billonario" —una fantasía estadísticamente improbable y ecológicamente catastrófica— por el "sueño de una vida buena", una vida para cuidar, ser cuidado y disfrutar de nuestro planeta y una idea de la promesa que significa hoy el dinero.*

El dinero


Hoy, el dinero es fundamentalmente crédito/deuda creado por bancos privados con expectativa de crecimiento. Cada euro nace como una deuda que debe devolverse con intereses. Esto genera una presión estructural e implacable por expandir la actividad económica (el PIB) a toda costa, simplemente para generar el dinero adicional necesario para pagar los intereses. Es un sistema que exige crecimiento incluso si no lo necesitamos.

Bajo la nueva promesa, el dinero tendría que ser reconcebido como una herramienta pública de coordinación y distribución, no como un activo privado que genera más activos. Su función principal sería facilitar el intercambio de bienes y servicios reales y sostenibles dentro de los límites ecológicos, no financiar apuestas sobre un futuro de crecimiento perpetuo.

Esto implica cambios profundos:

  • Dinero soberano y no-deuda: El dinero podría ser creado directamente por un banco central democrático (una "autoridad monetaria" al servicio de los objetivos sociales y ecológicos) para financiar inversiones públicas esenciales (transición energética, cuidados, regeneración) sin generar deuda. No se crearía para financiar una nueva urbanización especulativa, sino para aislar barrios o instalar trenes solares. El dinero dejaría de ser una promesa privada de rentabilidad y sería un instrumento público para cumplir la promesa colectiva.

  • Dinero "con sellos" o circuitos segmentados: Podríamos imaginar que el dinero destinado a fines esenciales (alquiler, comida, transporte público) funcione en un circuito estable y protegido de la especulación. Mientras, el dinero para inversiones o bienes de lujo podría operar en otro circuito con reglas diferentes (como impuestos más altos, límites a su acumulación). Se rompería la ilusión de que "un euro es un euro" igual para comprar pan que para comprar un yate, porque sus impactos sociales y ecológicos son radicalmente distintos.

  • Contabilidad que internaliza los límites: El precio de las cosas dejaría de ser un reflejo puro de oferta y demanda especulativa para incorporar su costo ecológico y social real. Esto se haría mediante impuestos rigurosos al carbono, a los recursos y a la contaminación (haciendo que lo destructivo sea carísimo) y subsidios a lo regenerativo (haciendo que lo sostenible sea lo más barato y accesible). El mercado, así guiado, se convertiría en un mecanismo para optimizar el bienestar dentro de límites, no para ignorarlos.

  • El fin del dinero como reserva de valor suprema: La nueva promesa desincentivaría la acumulación de dinero por sí mismo (¿para qué, si tienes seguridad básica y un límite?). La riqueza se desplazaría hacia formas no financiarizables o de bajo impacto: tiempo libre, conocimientos, relaciones comunitarias, salud, acceso a la naturaleza y a la cultura. El ahorro colectivo (pensiones, etc.) se canalizaría obligatoriamente hacia inversiones reales y verdes, no hacia burbujas financieras.

En resumen, el paso se daría cambiando las reglas de creación y flujo del dinero. De un sistema donde el dinero es una promesa privada de crecimiento (crédito/deuda), a uno donde el dinero es un voto público de asignación para construir la vida buena dentro de los límites.

La nueva promesa no se limitaría a un discurso; estaría codificada en la arquitectura monetaria. El dinero dejaría de ser el dios al que sacrificamos el futuro y se convertiría en el lenguaje común con el que planificamos, democráticamente, un futuro habitable. Esa es la transformación técnica que haría creíble el sueño colectivo.

Este nuevo sueño colectivo es un horizonte para dar coherencia y ambición a las medidas progresivas, a las reformas fiscales, a los pactos verdes, a las luchas por la reducción de la jornada laboral. Así, poco a poco, lucha a lucha, es como estamos condenados a cambiar el mundo. No hay un día del gran cambio, pero sí necesitamos tener claro un horizonte deseable y compartido. 

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