¿Es fascismo? Características y debilidades del fascismo tardio


"La teoría del nacionalsocialismo no es seria, pero sí lo es su energía, su impacto fanático-político, el que no viene sólo del desespero y la ignorancia sino más bien del poder único y conmovedor de la creencia.", Ernst Bloch.

"Es probablemente la sospecha de esta naturaleza ficticia de su propia 'psicología de grupo' lo que vuelve a las hordas fascistas tan implacables e inabordables. Si se detuvieran por un segundo, toda la performance se caería a pedazos y entrarían en pánico", Adorno..

Cuando en enero de 2026, ya inmersos en el segundo mandato de Trump, alguien menciona la palabra 'fascismo', lo hace porque algo en el presente le resuena con ese pasado. Vemos similitudes, establecemos paralelismos, y a menudo operamos con interpretaciones rápidas: es racista, luego es fascista; es autoritario, luego es fascista; es violento, luego es fascista. Pero si nos detenemos a analizar con más cuidado, el fenómeno se revela más escurridizo. No es que la palabra no sirva, pero necesitamos calibrarla. Porque lo que tenemos delante —deportaciones filmadas como ASMR, un proyecto de ley como el Project 2025 listo para desmantelar el estado por dentro, una Internacional Reaccionaria que conecta Moscú con Mar-a-Lago, y una cultura digital donde el shitposter ha sustituido al militante de camisa negra— no encaja del todo en las viejas categorías.

Ante esta situación, la pregunta emerge inevitable: ¿esto es fascismo?  Para explorar esta cuestión, resultaba pertinente acudir a quien lleva años pensándola.

Vamos a hacerlo de la mano  del artículo de Alberto Toscano, Apuntes sobre el fascismo tardío, escrito en 2017, justo después de la primera victoria de Trump. No es un texto sobre Trump, en realidad: es un texto sobre las características estructurales del fascismo en nuestra época, sobre lo que permanece y lo que ha mutado. 

Lo que sigue es el registro de esa lectura, pero también de un diálogo. En esta entrada voy a intentar tres cosas:

  1. Extraer las herramientas teóricas fundamentales que Toscano recoge de autores que analizaron el fascismo en las medianías del siglo XX: la serialidad, la no-sincronicidad, el simulacro, el suplemento racial. Conceptos que nos permiten nombrar lo que antes solo intuíamos.

  2. Recoger sus tesis sobre el fascismo tardío y matizar algunas de ellas. 

  3. Derivar consecuencias estratégicas


Las herramientas de Toscano 

Para entender el fascismo tardío necesitamos ampliar nuestro vocabulario. Las categorías con las que analizábamos el fascismo del siglo XX —partido de masas, líder carismático, ideología explícita— no bastan. El fenómeno ha mutado, y con él deben hacerlo nuestras herramientas. Toscano, apoyándose en una tradición que va de Bloch a Sartre, de Bataille a Balibar, nos ofrece una herramientas de análisis casi olvidadas.

1. Homogéneo y heterogéneo

Este par de conceptos es una distinción que Bataille propuso para entender la dinámica social y que Toscano utiliza como telón de fondo. Lo homogéneo es el orden de la producción, la utilidad, las reglas, la razón burguesa: todo aquello que puede medirse, intercambiarse, acumularse. Es el mundo del trabajo, de la mercancía, de la reproducción metódica del capital. Lo heterogéneo, por el contrario, es lo que no puede ser asimilado por esa máquina productiva: lo sagrado, lo violento, lo excesivo, lo inconsciente, el gasto sin retorno, la soberanía que no rinde cuentas. Puede venir desde abajo (la revuelta, el lumpen, el éxtasis de las masas) o desde arriba (el líder carismático, el soberano que está por encima de la ley).

El fascismo clásico, según Bataille, supo articular lo heterogéneo para proteger lo homogéneo: canalizaba la violencia sagrada, el exceso de las masas y la soberanía del líder para restaurar un orden capitalista amenazado. El fascismo tardío, en cambio, es débil en excedente heterogéneo: ha perdido la conexión con lo sagrado, con la violencia fundacional, con la trascendencia. Lo que le queda son simulacros, líderes obscenos, masas seriales. Esta pérdida es la que permite entender por qué su violencia es performativa y no sacrificial, y por qué su homogeneización se disfraza de diferencia

2. Serialidad vs. Grupo (o por qué la clase obrera no existe)

Toscano recupera de Sartre —de su Crítica de la razón dialéctica— la distinción entre serie y grupo. Una serie es una colectividad pasiva: individuos aislados que comparten un mismo objeto o práctica, pero sin relación entre ellos. Sartre pone el ejemplo de la cola del autobús: todos esperan el mismo autobús, todos quieren lo mismo, pero no se miran, no se hablan, no se reconocen. Su unidad viene del exterior (el autobús, el horario), no de un vínculo interno.

.Pues bien: el fascismo trabaja sobre series, no sobre grupos. Toma átomos aislados —ciudadanos precarizados, consumidores solitarios, internautas enfurecidos— y los organiza desde fuera, produciendo lo que Toscano llama pseudocolectividades: la nación, la raza, el pueblo. Son pseudocolectividades porque nunca llegan a ser grupos reales: no hay lazos horizontales densos, no hay reconocimiento mutuo, no hay decisión común. Lo que hay es una excitación vertical: cada uno con el líder, cada uno con la consigna, cada uno con el odio compartido.

3. No-sincronicidad y la nostalgia de lo sincrónico

Para entender por qué el fascismo consigue adhesión allí donde la izquierda fracasa, Bloch introduce una distinción clave entre lo sincrónico y lo no-sincrónico —lo que también puede llamarse no-contemporaneidad. Lo sincrónico es lo que vive en el tiempo del capital, lo que participa del conflicto central entre capital y trabajo, lo propiamente moderno. Lo no-sincrónico, en cambio, son los restos de pasados incumplidos que persisten en el presente. El socius —el tejido de relaciones sociales— se encuentra atravesado por temporalidades plurales; la estructura de clases de la sociedad moderna está ensombrecida por múltiples tiempos culturales e históricos que no existen sincrónicamente. No todos vivimos en el mismo presente. El campesino que aún cree en brujas, el artesano desplazado por la industria, el pequeño burgués arruinado: todos ellos arrastran pasados incumplidos, experiencias, miedos y esperanzas que no encajan en el tiempo del capital. El fascismo clásico, según Bloch, supo movilizar esa energía no-sincrónica contra el presente: ofrecía una salida anacrónica —la restauración de un pasado mítico— para canalizar el descontento que el capitalismo no podía resolver.

Toscano actualiza esta intuición para el presente. En el fascismo tardío, lo no-sincrónico ya no son los pasados arcaicos, sino la memoria del pasado inmediato. La nostalgia ya no es por la Edad Media germánica, sino por los treinta gloriosos del capitalismo, por la época del pleno empleo industrial, por el fordismo, por la familia nuclear estable. Es lo que Toscano llama "la no-sincronicidad de lo sincrónico": lo que aparece como fuera de tiempo es la añoranza de un pasado que en su día fue el presente. Pero esa promesa de restauración es, como todo el fascismo, una estafa de plenidad: el pasado no volverá, y el movimiento no puede ofrecer un futuro real porque su energía es puramente reactiva

4. Simulacro y fanatismo fingido

No sólo es un simulacro, es además el simulacro de sujetos sin sujeto. El fascismo tardío produce sujetos que actúan con violencia real, que llenan plazas y votan, pero que en el fondo no están habitados por ninguna convicción sustancial. Son cáscaras pulsionales, fantasmas que sólo existen en la medida en que el dispositivo escénico los sostiene.

Toscano, siguiendo a Adorno, detecta esta estructura en la propaganda fascista: es una "apropiación de la psicología de masas" , una expropiación del inconsciente por el control social. El líder ya no es el soberano majestuoso del fascismo clásico; tiene que ser un "pequeño gran hombre" , alguien en quien los seguidores puedan verse reflejados precisamente por su mediocridad. Como observan Löwenthal y Guterman, el agitador se mueve "entre lo respetable y lo prohibido, listo para usar cualquier recurso, desde bromas a hipocresías a extravagancias salvajes" . No inspira temor sagrado, sino una mezcla de identificación narcisista y cinismo.

Esta pérdida de 'convicción interna' en la autoridad es, según Toscano, "la verdadera intuición de las reflexiones de Adorno sobre la propaganda fascista". La gente obedece a los dictadores sabiendo, en algún nivel, que son superfluos. Pero necesitan la performance. El fascismo es, en palabras de Bloch, una "estafa de plenidad" : ofrece la promesa de comunidad y sentido, pero es una promesa utópica pervertida , un sucedáneo que nunca entrega lo que promete.

5. El suplemento racial (o por qué "clase obrera blanca" es un oxímoron)

Toscano toma de Badiou una idea sobre el funcionamiento de ciertos predicados. Cuando decimos "terrorismo islámico", dice Badiou, el predicado "islámico" no describe nada: solo da contenido aparente a una forma vacía ("terrorismo"). Es un suplemento: llena un vacío con una sustancia ficticia.

Pues bien: "clase obrera blanca" funciona exactamente igual. "Clase obrera" es hoy, en el discurso dominante, una forma vacía. Ya no designa una posición en las relaciones de producción, ni una conciencia política, ni un sujeto histórico. Es un espectro. "Blanca" viene a suplementar ese vacío: le da contenido aparente, la dota de una consistencia psicosocial tóxica. La clase obrera "existe" porque es blanca. Su identidad ya no viene de su lugar en el capital, sino de su pertenencia a una comunidad imaginaria de blancos.

Una vez explicadas estas herramientas podemos pasar a las 10 tesis sobre el  fascismo tardío que elabora Toscano. 


10 tesis sobre el fascismo tardío

Tesis 1 (con Bloch): El fascismo tardío se beneficia de la no-contemporaneidad -o no-sincronicidad-, pero de un modo nuevo: moviliza la nostalgia de lo sincrónico. Ya no son los pasados arcaicos (campesinos, pequeña burguesía preindustrial), sino la añoranza de la modernidad industrial fordista, los treinta gloriosos, la época donde "las cosas funcionaban".

Tesis 2 (con Bataille): El fascismo tardío es débil en excedente heterogéneo. Carece de la energía sagrada, violenta y extática del fascismo clásico. Sus líderes son obscenos, no soberanos; sus masas son seriales, no multitudes en fusión; su violencia es performativa, no sacrificial.

Tesis 3 (con Pasolini): El nuevo fascismo es un fascismo de la homogeneización disfrazada de jouissance -derecho- de la diferencia. El capitalismo ha destruido las culturas populares; el fascismo ofrece identidades sucedáneas.

Tesis 4 (con Freud y Adorno): Su estructura psíquica es el narcisismo de masas. El seguidor se ama a sí mismo en el líder, que es un espejo de su propia identidad herida. El líder no ama a nadie, por eso puede ser amado.

Tesis 5 (con Adorno): Opera mediante una performance de fanatismo desprovista de convicción interna. Es fanatismo fingido (phoniness), pero su carácter de simulacro no reduce su violencia: golpea para creer, mata para no dudar.

Tesis 6 (con Adorno): Es una política conservadora de reproducción antagonista. No busca crear algo nuevo, sino reproducir un orden de privilegios y jerarquías, pero lo hace contra alguien. Su reproducción es depredadora: se reproduce excluyendo, dominando, eliminando.

Tesis 7 (con Banaji y Sartre): No es la política de una clase, ni de un grupo, ni de una masa. Es la política de la serialidad manipulada. Trabaja sobre átomos aislados, unificados pasivamente por consignas, medios y líderes, para producir pseudocolectividades (la nación, la raza, el "pueblo").

Tesis 8: En el fascismo tardío, el significante racializado de la clase funciona como espectro, pantalla y suplemento. "Clase obrera blanca" es un oxímoron político: la blancura suple el vacío de una clase despolitizada. El racismo es el suplemento del nacionalismo.

Tesis 9: El fascismo tardío es impulsado por un deseo de Estado y un odio al gobierno. Desea el Estado fuerte, el orden, la frontera. Odia al gobierno real, que negocia, se pliega a los mercados, no cumple la promesa de orden. Esto le permite presentarse como antisistema mientras defiende la esencia del sistema.

Tesis 10: No es contrarrevolucionario en el sentido clásico. No reacciona contra una amenaza revolucionaria real. Reacciona contra la reacción liberal: contra el hecho de que el propio neoliberalismo ha destruido el orden (familia, nación, trabajo estable) que prometía conservar. El fascismo viene a "restaurar" lo que el liberalismo destruyó, pero sin tocar la raíz: el capital.

Estas diez tesis nos permite dibujar un plano general: 

Esta comparación nos permite afinar el diagnóstico: el fascismo clásico tenía densidad ontológica —su utopía futurista se alimentaba de mitos arcaicos, y la heterogeneidad permitía soldar tiempos dispares—. El fascismo tardío, en cambio, tiene densidad mediática: su nostalgia es plana, sin contrapeso utópico; su energía es reactiva, no creadora de mundo. De ahí su dependencia del escándalo continuo y su fragilidad espectral.

De las tesis de 2017 a las mutaciones de 2026

Las diez tesis de Toscano que acabamos de exponer corresponden al análisis que el autor realizó en 2017, a partir del artículo que da origen a este texto. Es decir: describen el primer trumpismo, el fenómeno emergente que entonces parecía una anomalía pasajera.

Entre 2017 y 2026 han ocurrido muchas cosas. El trumpismo ha pasado de ser un síntoma a ser un proyecto de poder institucional y podemos percibir mutaciones significativas que ya empiezan a dibujarse:

1. Un giro hacia el siglo XIX. Si el primer trumpismo miraba a los treinta gloriosos (la nostalgia fordista de la tesis 1), el segundo parece estar desplazando su imaginario hacia un horizonte más remoto: el del capitalismo salvaje de la Gilded Age, el de las fronteras abiertas para el capital y cerradas para las personas, el de la ley del más fuerte sin mediaciones. No es casual que figuras como Musk o Thiel hablen abiertamente de "colonizar Marte" mientras promueven ciudades-Estado privadas y un tecnofeudalismo que evoca más a los barones del ferrocarril del XIX que al Reich milenario.

2. El crecimiento de textualidades militaristas y utopías elitistas. Paralelamente, asistimos a una proliferación de discursos que ya no buscan el consenso de las masas, sino que se dirigen explícitamente a una "élite de los supervivientes". Desde el aceleracionismo reaccionario hasta el "monasterio" de Bronnikov, pasando por las fantasías de secesión blanca, lo que emerge es una literatura que ha renunciado al pueblo y apuesta por el fortalecimiento de minorías dispuestas a heredar el colapso. Es el fascismo como club exclusivo, no como movimiento de masas.

3. La reacción al feminismo. Si el primer trumpismo reaccionaba contra la "reacción liberal" (la tesis 10 de Toscano), el segundo ha encontrado un enemigo más tangible y cotidiano: las movilizaciones igualitarias que desde 2017 han desestabilizado las jerarquías naturalizadas. El feminismo del 8M y el #MeToo, el antirracismo de Black Lives Matter, el ecologismo radical y el movimiento LGTBIQ+ no son "la revolución" en el sentido clásico, pero han cuestionado privilegios que se ejercían sin necesidad de justificación: la superioridad masculina, la blancura como norma, la heterosexualidad obligatoria, el derecho a depredar el planeta .

Para el sujeto fascista serializado, que se agarra a esos privilegios como último resto de identidad, estas luchas son una amenaza existencial. No le quitan el trabajo (eso ya lo hizo el neoliberalismo). Le quitan el derecho a sentirse superior. Y en términos narcisistas, eso es una catástrofe. De ahí que el antifeminismo, la LGTBIfobia y el rechazo al ecologismo se hayan convertido en ejes centrales de la movilización reaccionaria, a menudo más efectivos que el viejo discurso económico. No es casual que la "ideología de género" funcione hoy como el significante que aglutina a sectores muy diversos de la internacional ultra: un enemigo común, corporal y cotidiano, contra el que siempre se puede movilizar el odio.

Estas mutaciones no invalidan las tesis de 2017, pero las complejizan. El fascismo tardío ya no es solo la política de la serialidad manipulada; empieza a ser también la política de la secesión de los fuertes. Y eso tiene consecuencias para el análisis de sus debilidades, que abordamos a continuación.

4. Del caos al plan (la institucionalización del proyecto). Si el primer trumpismo era una fuerza desorganizada y reactiva —puro síntoma de descomposición—, el segundo ha desarrollado una arquitectura de poder que va mucho más allá del líder. El Project 2025 no es una ocurrencia electoral, sino un plan detallado para desmantelar el estado administrativo y sustituirlo por un aparato leal a la presidencia. Lo que antes era performance caótica se ha convertido en ingeniería institucional: captura de tribunales, colonización de la administración, depuración de funcionarios, preparación de estructuras para gobernar el colapso. El fascismo ya no quiere solo ganar elecciones; quiere hacer imposible que se pueda gobernar contra él.

5. La fusión con el capital tecnológico. El capital ya no es un aliado externo que financia la aventura; se ha fusionado con el proyecto. El complejo tecnológico autoritario (Musk, Thiel, los inversores de Silicon Valley) aporta no solo dinero, sino infraestructura: plataformas que modelan la subjetividad, algoritmos que amplifican el odio, contratos estatales que convierten la represión en negocio, y un horizonte ideológico (el tecno-feudalismo, la colonización de Marte) que normaliza la idea de que el futuro no es para todos. El capital ya no usa al fascismo; es parte del fascismo.

6. La geopolítica como guerra civil global. La Internacional Reaccionaria ha pasado de ser una red difusa a una coordinación efectiva. Moscú, Mar-a-Lago, Budapest, Tel Aviv (en su deriva actual) comparten no solo diagnósticos, sino tecnologías de poder, financiación cruzada y protección mutua. La "geopolítica hemisférica" o doctrina Donroe (el dominio absoluto de EEUU sobre su esfera de influencia) se combina con el modelo ruso de injerencia y desestabilización. El enemigo ya no es otro Estado, sino la propia posibilidad de un orden internacional basado en reglas. La guerra es el estado natural; la paz, una tregua temporal.

7. La crueldad como política de Estado. La violencia ya no es un medio para un fin, sino un mensaje en sí mismo. Las deportaciones filmadas como ASMR, las burlas institucionales a los detenidos, el sadismo de las declaraciones públicas, la humillación como espectáculo: todo esto no es ruido, es política positiva. La crueldad cohesiona a la base (compartir el goce de la humillación) y marca territorio (esto es lo que les espera a los que se opongan). La reproducción antagonista de la que hablaba Toscano se ha vuelto explícita, obscena, celebrada.


Una vez cartografiadas las herramientas y las tesis que definen el fascismo tardío, podemos preguntarnos: ¿cuáles son sus puntos ciegos, sus contradicciones internas, aquello que no puede sostener?

Las debilidades del fascismo

El fascismo tardío es una máquina de producir goce inmediato a través del odio, pero es una máquina con fallos de diseño. Su principal debilidad estructural es que construye pseudocolectividades sin lazos horizontales reales: individuos unidos solo por su relación con el líder, no entre sí. Cuando el líder falla o la coyuntura cambia, no queda tejido social que sostenga el movimiento. Además, es institucionalmente frágil: dependiente del escándalo y la performance, no sedimenta en organizaciones duraderas; puede ganar elecciones, pero le cuesta gobernar y cuando pierde el poder desaparece del territorio.

En el plano subjetivo, su fanatismo es fingido, actuado, no creído. Eso lo hace adictivo: necesita enemigos y crisis constantes para mantener la excitación. Cuando la realidad no provee estímulos, el movimiento se desinfla o se vuelve contra sí mismo. Su espiritualidad es de pacotilla: ofrece identidades sucedáneas que no satisfacen la necesidad humana de pertenencia y trascendencia.

En el plano temporal, solo ofrece pasado. Su promesa de restaurar una edad de oro es insostenible: ese pasado no volverá, y la gente acaba descubriéndolo. Sus soluciones mágicas (cerrar fronteras, mano dura) no resuelven los problemas reales; cuando gobiernan, el desencanto crece incluso entre sus bases. Por último, su identidad es puramente negativa: depende del enemigo. Sin el migrante, el feminismo, el rojo o el trans, se desinfla.

Atacar estas debilidades de forma aislada no basta. La clave está en una estrategia integral que combine: crear experiencias de horizontalidad real que muestren la vacuidad del vínculo fascista; fortalecer instituciones democráticas y ocupar el territorio con organización popular; cortar el flujo de la polémica que alimenta el simulacro; ofrecer causas colectivas que conecten con algo más grande que uno mismo; disputar el futuro con utopías creíblesmostrar el fracaso materialde sus políticas; y no dejarse atrapar como enemigo, construyendo realidades alternativas donde su lógica no tenga sentido.

Todo esto apunta a una conclusión: no hay respuesta contundente al fascismo sin una organización densa de la sociedad. Porque la organización densa es el laboratorio donde se fabrica el deseo alternativo: la gente desea lo que ha probado. Si ha probado la potencia de una asamblea donde se decide colectivamente, si ha probado la seguridad de una red de cuidados, si ha probado la alegría de una lucha compartida, entonces eso se vuelve deseable. La lucha antifascista y la construcción de lo común son la misma cosa.

Imagen tomada de Jacobin Italia: https://jacobinitalia.it/trump-e-fascista/

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