La disputa por la igualdad.
Esta cita, tomada del analista y catedrático en historia contemporánea Steven Forti, nos alerta sobre la capacidad de adaptación de la extrema derecha. A veces oculto, otras con descaro y brutalidad manifiesta, detrás del reciclaje formal de las narrativas, lo que perdura y otorga fuerza al proyecto extremista, su principio organizador y objetivo inmutable, es un tipo específico de vínculo social, un lazo fundado en la exclusión y la supremacía. Analizar este lazo es clave.
Tomando en cuenta el tipo de relaciones que instaura, el fascismo puede ser definido como la institucionalización autoritaria de un principio de desigualdad estructural. Su concepción de la libertad es el derecho pretoriano a imponer jerarquías, presentado bajo la fórmula de un orden natural.
En el conflicto histórico de la lucha de clases, lo que se confronta en última instancia es la ley del más fuerte –o principio de dominación– frente al principio ilustrado de igualdad sustantiva.
Este último halla su realización en la idea republicana de no-dominación, la cual postula un orden social en el que: a) nadie ejerce dominación arbitraria sobre otro; b) nadie se encuentra sometido a dicha dominación; y c) todos disponen de las garantías materiales necesarias para el desarrollo efectivo de su autonomía. Este marco asegura el derecho a la agencia práctica –es decir, a ser autor de la propia biografía– y la propiedad sobre el tiempo vital como fundamento de la libertad real. Ésta es, en esencia, la disputa política fundamental.
Este antagonismo no es meramente coyuntural, sino constitutivo: define la frontera entre una política orientada a la emancipación y una política fundada en la restauración autoritaria de un orden vertical. La llamada “metapolítica” de la Nouvelle Droite*, en particular, opera como una gramática de la desigualdad disfrazada de relativismo cultural y diferencialismo, resignificando conceptos como “identidad” o “derecho a la diferencia” para vaciar de contenido universalista la lucha por la igualdad y blindar las asimetrías de poder bajo un nuevo ropaje intelectual.
Decía Bill Clinton en su campaña electoral: “es la economía, estupido!” Si, se trata de eso, lo criterios que deciden qué y cómo se produce y cómo se reparte. Instituir la desigualdad, hacerla natural y deseable, o su contrario, la igualdad, ese es el centro de la disputa.
"Es la igualdad, estúpido!"
Cuando Milei grita "¡Viva la libertad, carajo!" está diciendo "¡Viva la dominación, viva la libertad de los ricos a hacer lo que les sale de las gónadas!". Cuando el cuñao libertario replica la frase está diciendo "¡Viva el amo, viva el dominio ajeno sobre mi vida!". El Buenista, el pagafantas, propiamente es el votante popular de VOX.
Mientras el proyecto reaccionario –bajo distintas máscaras– rechaza la igualdad como antinatural para preservar jerarquías y privilegios, el proyecto emancipatorio la defiende como condición material indispensable para que la libertad sea real y universal. En el fondo, todo se reduce a una pregunta: ¿aceptamos un mundo diseñado para la desigualdad o construimos uno donde la igualdad garantice que toda vida pueda florecer? En eso consiste, en esencia, la batalla de nuestro tiempo.
La lucha material por el tiempo y los recursos está dirigida por una decisión inmaterial anterior y fundamental: la elección civilizatoria entre la igualdad y la jerarquía. Esta decisión, aparentemente abstracta, es la que traza el mapa de lo posible: determina qué vidas se consideran dignas de protección, qué recursos se socializan y cuáles se privatizan, y para quién está diseñado el futuro. La disputa por la igualdad es, por tanto, la batalla por el marco que da sentido y dirección a todas las demás luchas. No se lucha solo por repartir la tarta, sino por decidir si creemos, como principio, que todos tienen derecho a un pedazo.
I. Evolución del Proyecto Reaccionario
La esencia reaccionaria es la negación de la igualdad como principio moral y político, reformulándose históricamente para hacer aceptable lo inaceptable. No es un fenómeno nuevo, sino la encarnación más sofisticada de la reacción contracultural a la Ilustración, cuya batalla última se libra en el terreno de la lucha de clases y el sentido de los conceptos. Cómo indicamos en entradas anteriores, su estrategia perenne se basa en tres pilares sintetizados en el ideario de los autores de la Revolución Conservadora alemana:
1. Jerarquía frente a Igualdad: La igualdad es denunciada como un constructo artificial, disolvente y "contranatura", que destruye el orden espontáneo y la excelencia. El "orden verdadero" es piramidal y orgánico, basado en diferencias esenciales (de género, raza, estamento o pueblo). Para este proyecto, la desigualdad no es un problema, sino la ley de la vida.
2. Voluntad y Mito frente a Razón Universal: Se opone al racionalismo ilustrado con un vitalismo basado en la voluntad, el destino histórico, el mito movilizador y un darwinismo social**.
3. Autoritarismo Orgánico frente a Democracia Liberal: La democracia parlamentaria es un teatro corrupto. La "verdadera" democracia es plebiscitaria: la homogeneidad identitaria del pueblo encarnada en un Líder que decide más allá del derecho.
Desde una genealogía crítico-ideológica, la Revolución conservadora de Weimar***, el fascismo histórico y la Nouvelle Droite contemporánea conforman una constelación política unificada por el proyecto de institucionalizar la desigualdad como principio orgánico del orden social.
En este marco, todos los elementos doctrinales y estratégicos derivan su función en dicha concepción: promover los dispositivos que naturalizan y reproducen la jerarquía –como el racismo biológico o cultural, el patriarcado normativo, la homofobia estructural, el darwinismo social y la violencia como axioma político–, al tiempo que desarticulan sistemáticamente todo aquello que limita o cuestiona la dominación –sea la democracia sustantiva, los derechos humanos universales, el internacionalismo solidario, la justicia redistributiva, la ética de la solidaridad, los servicios públicos como igualadores materiales, la razón ilustrada o el pluralismo en sus expresiones epistemológicas (ciencia abierta) y existenciales (diversidad).
Su estrategia de ofrecer una idea de libertad divorciada de cualquier responsabilidad o vínculo social y vaciar de contenido emancipador el concepto y atacar el principio de igualdad. Esta estrategia evoluciona desde el Viejo Régimen que defiende la desigualdad abiertamente como orden divino, pasando por Revolución Conservadora de los años 20 -que habla de "auténtica" libertad y cultura jerárquica contra la decadencia igualitaria, haciendo heroica la desigualdad- y dejando atrás el fascimo llega hasta la Nouvelle Droite / Populismo iliberal que usa el lenguaje de la "diferencia", la "democracia identitaria" y la "soberanía popular”**** para erosionar la igualdad jurídica y proteger privilegios. Su objetivo es siempre rehuir el debate sobre la igualdad y recentrar el discurso en una libertad vacía,
El fascismo clásico no es más que la imposición violenta y descarada de la desigualdad (tanto racial como de genero y clase). No es casual que el proyecto ultra en su versión extrema vuelva a aparecer. La elección de la desigualdad no es exclusiva de la ultraderecha; es un vínculo que une a toda la derecha la percepción de que hay humanos que valen más que otros. Asi que no nos puede extrañar que después de medio siglo de hegemonía neoliberal, en su estertor final, aparezca nuevamente la mutación fascista del capital.
II. La razón neoliberal como propaedeútica del fascismo: desmontaje de la subjetividad democrática
La racionalidad neoliberal —en el sentido conceptualizado por Christian Laval y Pierre Dardot— ha operado históricamente como una propædeutica del fascismo. Su función ha sido la de preparar el terreno político-cultural mediante un trabajo de construcción de la subjetividad, modelando un homo œconomicus que concibe su existencia como una empresa competitiva en un mercado total. Esta producción de subjetividad es fundamental: crea individuos aislados, responsables únicos de su éxito o fracaso, y desarma las solidaridades de clase que son el antídoto social contra el fascismo. Un individuo que se ve como una empresa no se reconoce en la lucha colectiva por la igualdad.
Este vínculo no es accidental, pues el liberalismo clásico ya contenía en su núcleo un proyecto de conservación e imposición de la desigualdad. Su estrategia ha consistido en actuar dentro del marco democrático para hacer efectiva la desigualdad bajo una apariencia de legitimidad jurídica y necesidad técnica, articulando su discurso en torno a la libertad de mercado. Así, se presenta como justo, legal y necesario delegar en el mercado la tarea de “poner cada cosa en su lugar natural” —siendo ese lugar, en última instancia, la jerarquía y la desigualdad estructurada.
Al proclamar que "no hay sociedad, solo individuos" y que el mercado es el único mecanismo legítimo de asignación de valor, la razón neoliberal vacía de contenido la esfera de lo político-democrático. La política se reduce a una técnica de gestión para garantizar el funcionamiento del mercado, socavando la idea misma de que podemos, como colectivo, decidir democráticamente nuestro destino común.
Este vaciamiento crea el espacio perfecto para que un líder o un movimiento post-político (el fascismo) ofrezca una comunidad orgánica y un destino trascendente como sustituto narcisista de la democracia perdida. El grito aparentemente emancipador, “¡Dejemos que el mercado opere sin restricciones: viva la libertad, carajo!”, encubre así una celebración de la dominación, una exaltación de la libertad abstracta que consagra materialmente la servidumbre.
El liberalismo clásico y su hijo mutante, el neoliberalismo, siempre han operado con una tensión constitutiva: predican igualdad jurídica formal mientras dependen y promueven una desigualdad socioeconómica sustantiva. Su genialidad ha sido enmarcar esta desigualdad no como un fallo, sino como el resultado justo y natural de un proceso "ciego" e "imparcial": el mercado.
Cuando esta "libertad" mercantil genera niveles insoportables de precariedad, desposesión y crisis ecológica, y cuando la democracia, ya debilitada, se muestra incapaz de corregirlos (porque ha sido intencionalmente desarmada), se crea el caldo de cultivo perfecto:
- Frustración en una población educada para creer que su valor es su éxito mercantil.
- Descrédito total de las instituciones democráticas, vistas como cómplices o inútiles.
- Anhelo de un orden claro, de fronteras firmes, de un líder que "ponga fin al caos".
El fascismo, entonces, no viene a destruir la "libertad" neoliberal, sino a completar su proyecto de desigualdad por otros medios.
Así pues, la razón neoliberal es la gramática que normaliza la desigualdad en tiempos de paz democrática; el fascismo es la sintaxis de la violencia que la impone cuando esa gramática entra en crisis y la democracia se interpone en su camino.
III. Sentido, Poder y Solidaridad
Esta elección civilizatoria, aparentemente abstracta, es la que traza el mapa de lo posible: determina qué vidas se consideran dignas de protección, qué recursos se socializan y cuáles se privatizan, y para quién está diseñado el futuro. La disputa por la igualdad es, por tanto, la batalla por el marco que da sentido y dirección a todas las demás luchas. No se lucha solo por repartir la tarta, sino por decidir si creemos, como principio, que todos tienen derecho a un pedazo.
Esta confrontación es, a la vez, antropológica, semántica y de clase. Se trata, en concreto, de:
- Forzar el debate sobre la distribución del poder y la riqueza.
- Desenmascarar la libertad del más fuerte en sus manifestaciones concretas (ej.: "Su libertad de contaminar destruye la igualdad en el derecho a la salud").
- Articular un relato potente que una justicia social, derechos colectivos y profundización democrática.
- Construir un internacionalismo concreto y una solidaridad política transfronteriza que fortalezca las resistencias internas contra el autoritarismo.
El objetivo final es una sociedad donde la potencia de cada vida no esté determinada por su origen, porque todos los orígenes garanticen, por igual, las condiciones para una existencia digna y plena. En eso consiste, en esencia, la batalla de nuestro tiempo: la batalla por hacer de la libertad una experiencia compartida, y no el privilegio de unos pocos. Porque de eso hablamos cuando hablamos de igualdad: todos igualmente libres, todos dueños del tiempo de nuestras vidas.
Notas.
* Metapolítica (Nouvelle Droite): Estrategia intelectual que busca cambiar la cultura, los valores y el "sentido común" de una sociedad como paso previo y necesario para conquistar el poder político. No se centra en ganar elecciones de inmediato, sino en dominar el marco de ideas desde el que se piensa la realidad.
** Darwinismo social: Teoría que aplica erróneamente la idea biológica de "supervivencia del más apto" a las sociedades humanas. Justifica la desigualdad económica y social como un resultado "natural" y beneficioso, donde los más ricos o poderosos serían los más aptos, y defiende que ayudar a los más vulnerables va contra el progreso.
*** Revolución conservadora (Weimar, años 20): Movimiento intelectual alemán previo al nazismo que rechazaba la democracia liberal, el igualitarismo y la razón ilustrada. Promovía un orden jerárquico, orgánico y autoritario basado en el mito, la voluntad y la pertenencia a un pueblo o cultura. Sentó las bases ideológicas para el fascismo.
**** Lenguaje de la "diferencia", "democracia identitaria", "soberanía popular": Estrategia discursiva de la Nueva Derecha para defender privilegios y desigualdades sin mencionarlos abiertamente. Habla de "derecho a la diferencia" para oponerse a la inmigración y la diversidad, de "democracia identitaria" para excluir a minorías, y de "soberanía popular" para atacar instituciones internacionales que defienden derechos humanos universales.
Imagen: https://elordenmundial.com/mapas-y-graficos/mapa-desigualdad-ingresos-mundo/
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