Ensanchar los límites de lo posible
“Obra sólo según la máxima que te permita al mismo tiempo querer que tal máxima se convierta en una ley universal”.
Este principio ético de Immanuel Kant, corazón de la Ilustración, no es una mera abstracción. Hoy, ante el colapso ecológico, nos interpela a bocajarro. Sólo el 0,001% de la población mundial, unas 56.000 personas, es extraordinariamente rica. Suficiente para que la Tierra alcance y supere todo límite de sostenibilidad. El planeta ya no soporta ni su ritmo de vida ni, sobre todo, el tipo de producción que sus intereses imponen al resto —nuestro trabajo, nuestra movilidad, nuestro consumo y nuestro ocio.
La riqueza extrema suspende el examen kantiano: es material y éticamente no universalizable. Sería un objetivo imposible, pues para que exista un ultra-rico deben existir necesariamente millones de no ricos que trabajen para él. Pero ademas, aún pensando que fuera posible, sería inviable que 8.000 millones de seres vivan con billones de yates, jets y mansiones; la biosfera colapsaría en días. La conclusión es inexorable: si no puede ser una ley para todos, no puede ser una ley moral para nadie.
La Brújula Kantiana
Se cuenta que los vecinos de Königsberg ponían en hora sus relojes al ver pasar a Kant en su paseo diario. El filósofo era la brújula temporal de su comunidad. Hoy, su imperativo categórico debe ser nuestra brújula moral. Nos señala una verdad incómoda: la riqueza extrema es físicamente incompatible con la vida en la Tierra y éticamente indefendible. También es un "ataque a la Ilustración", socavando sus pilares de razón, autonomía, igualdad y progreso universal No es un síntoma de prosperidad, sino el tumor de un sistema en descomposición.
Este texto tiene un objetivo sencillo: que al terminar de leerlo, desees tanto como yo expropiar el 99% de la inmensa riqueza acumulada por el 1%, como si te fuese la vida en ello. Que por cierto, te va en ello.. No se trata de envidia, sino de la lógica más elemental: necesitamos entender, del modo más claro posible, por qué esa redistribución radical no solo es justa y necesaria, sino técnica y materialmente viable. Es la única alternativa coherente al desastre.
Ninguna nación, especialmente las más afectadas, tiene futuro si no declara cuanto antes la emergencia climática articulada con una economía de guerra. O hacemos lo imposible o lo imposible será el futuro. Esta es la premisa desde la que debemos partir.
El precio de un lujo que no podemos permitirnos
La emergencia dejó hace tiempo de ser una predicción para convertirse en una factura que llega, con retraso pero con precisión contable, a nuestros hogares y a nuestra economía. Un estudio reciente estima que, como consecuencia directa de los fenómenos climáticos extremos de este verano, la economía española sufrirá pérdidas por valor de 34.800 millones de euros de aquí a 2029. Esta cifra no es una proyección lejana: es el coste de la reconstrucción tras incendios descomunales, de las cosechas perdidas por la sequía, del colapso turístico ante olas de calor inhabitables y del desplome de infraestructuras tras inundaciones récord. Es dinero que se desvanece, que deja de estar disponible para escuelas, hospitales o pensiones, y que debemos pagar entre todos.
Como advierte el IPCC (2022), "sin una acción urgente y transformadora, la ventana para asegurar un futuro vivible se cierra rápidamente". Y la inacción tiene un responsable concreto, una causa que podemos nombrar y medir. No se trata de un destino ciego ni de una culpa abstracta repartida entre 8.000 millones de personas. La ciencia nos lo deja cada vez más claro: la lógica económica que genera estos desastres es la misma que concentra la riqueza de un modo sin precedentes. El 0.001% más rico no solo vive en la atmósfera enrarecida de los megayates y los jets privados; su verdadero poder —y su verdadero impacto— reside en ser los principales accionistas del colapso. Como señalaba un informe de The Guardian, "los individuos más ricos alimentan la crisis climática a través de sus inversiones incluso más que a través de su consumo y sus estilos de vida".
Esta es la clave que desmonta el relato de la "responsabilidad compartida". El problema no es 'los ricos' en general, sino la riqueza extrema como fenómeno político y ecológico. Una persona con una fortuna de 50.000 millones de euros tiene, mediante su poder de inversión, más capacidad para decidir el futuro material del planeta que decenas de millones de ciudadanos votando. Su capital está invertido en los sectores que extraen, queman y contaminan, porque son los que, en el corto plazo, ofrecen las rentabilidades más obscenas. De este modo, un grupo minúsculo tiene secuestrado el destino común.
Esta dinámica no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un sistema que opera en tres frentes para expropiarnos no solo recursos, sino vida. Nos explota en el trabajo, pagándonos menos valor del que generamos. Nos explota a través de las finanzas, con deudas y especulación sobre bienes esenciales como la vivienda. Y, de un modo más sutil pero igual de efectivo, nos explota robándonos la atención y, sobre todo, el tiempo. Como bien decía Bertrand Russell, "una gran cantidad de trabajo harmoso es necesario para que unos pocos vivan bien. Pero solo una pequeña porción del trabajo realizado es para fines valiosos".
Nos han convencido de que vivir es, ante todo, ganarse la vida. De que nuestro valor social y nuestra supervivencia dependen de intercambiar la mayor parte de nuestro tiempo consciente por un salario. Así, el sistema convierte el tiempo de vida —nuestro recurso más finito e íntimo— en una mercancía. El resultado es una paradoja absurda: la tecnología y la productividad podrían liberarnos, pero se usan para atarnos a una "rueda de hámster" de producción y consumo que ya no tiene que ver con cubrir necesidades, sino con mantener en movimiento la máquina de la acumulación privada.
La comunidad de los ricos es un lujo que ni la humanidad, ni el planeta, ni la democracia se pueden permitir. Su existencia no es un signo de éxito colectivo, sino el síntoma de un fracaso civilizatorio. Porque, en definitiva, la lucha no es de 'clases medias contra ricos'. Es de la humanidad organizada (el 99.999%) contra una micro-oligarquía cuyo proyecto de acumulación infinita choca frontalmente con los límites biofísicos del planeta y con el derecho de la mayoría a vivir una vida propia, y no solo a ganársela.
Esta es la primera verdad incómoda: el desastre que ya pagamos no es natural. Tiene arquitectos, beneficiarios y un motor: la concentración obscena de poder en tan pocas manos que, si fueran una ciudad, cabrían en un estadio de fútbol.
El horizonte que podemos (y debemos) desear
Frente a este diagnóstico, surge una tentación paralizante: la de creer que la única respuesta es la austeridad, la renuncia y el sacrificio. Es el relato del decrecimiento como penitencia. Pero ese marco es un error estratégico y una derrota anticipada. La verdadera alternativa no se vende con el lenguaje de la culpa, sino con el lenguaje del deseo. No se trata de vivir peor, sino de vivir de otro modo: mejor, con más plenitud y más libertad.
Imaginemos por un momento qué significaría organizar la sociedad con un objetivo distinto. Si el fin último ya no fuera la acumulación privada —el placer y la gloria de unos pocos—, sino la garantía de la autonomía y la resiliencia colectiva, todo cambiaría. El propósito de la economía sería asegurar que todos seamos dueños de nuestras vidas, no de nuestras deudas. Este simple giro abre un horizonte de posibilidades que hoy nos parecen ciencia ficción, pero que son técnicamente posibles:
- Una semana laboral de 20 horas, no como un sueño utópico, sino como la consecuencia lógica de repartir socialmente el trabajo necesario y de aplicar la automatización al servicio de la gente, no del beneficio.
- Una energía limpia, abundante y prácticamente gratuita, gracias al sol y al viento, que ya son las fuentes más baratas de la historia. En lugares como Australia, el excedente solar es tal que se empieza a ofrecer electricidad gratis en las horas punta.
- Derechos universales garantizados —vivienda, alimentación, salud, educación, tiempo libre— que dejen de ser mercancías en las que especular para convertirse en los cimientos de una vida digna e invulnerable a la precariedad.
Esta no es una utopía vaporosa. Es un futuro tangible y construible. La revolución tecnológica en energías renovables, baterías y agroecología ya está aquí, y su curva de mejora es exponencial. El límite no es técnico, sino político: ¿quién controla y orienta ese potencial?
Por eso, la tarea más urgente es hacer que los de abajo sueñen a lo grande otra vez. Recuperar la capacidad de desear colectivamente un futuro que no sea una mera gestión del declive. Soñamos a lo grande cuando mandamos sondas a Marte o creamos internet, pero hemos dejado que ese músculo colectivo se atrofie cuando se trata de imaginar una sociedad justa. Hemos soñado a lo grande muchas veces, pero mal, para ir a la guerra y la conquista. Es posible soñar a lo grande colectivamente; lo que hay que hacer es hacerlo bien.
Este sueño bien hecho tiene un nombre y una escala: hacer que la Tierra sea la envidia de nuestra galaxia. No se trata de una fantasía escapista, sino del único plan racional. Implica regenerar los bosques y los océanos que hemos esquilmado, diseñar ciudades donde el aire limpio y el silencio sean la norma, y convertir el cuidado de las personas y del planeta en la medida del verdadero progreso. Es un proyecto que puede dar sentido y épica a generaciones enteras.
Como señalaba Bertrand Russell, la inmensa mayoría del trabajo que realizamos no sirve a "fines valiosos", sino a mantener la maquinaria de la acumulación. Liberar ese trabajo y reorientarlo hacia lo que realmente importa no es una pérdida económica: es la mayor inversión en bienestar de la historia. La abundancia de tiempo —para cuidar, aprender, crear, descansar y participar— se convertiría en la verdadera medida de la riqueza.
Para recorrer este camino no necesitamos inventar nada desde cero. Necesitamos, como sociedad, tomar una decisión clara: Make the Future Ours Again. Recuperar el futuro como un proyecto común, arrebatándoselo a quienes lo han secuestrado para convertirlo en un casino privado. El siguiente paso es entender que tenemos en nuestras manos, no solo el sueño, sino también la herramienta material para realizarlo.
La expropiación no es una opción, sino una necesidad
Ante la emergencia descrita y el horizonte deseable, nos encontramos en una disyuntiva que no admite medias tintas. O se hace lo imposible o lo imposible será el futuro. El "imposible", en este caso, es llevar a cabo la transformación material más rápida y profunda de la historia humana: descarbonizar la economía, regenerar los ecosistemas y garantizar una vida digna para todos. La pregunta obvia es: ¿de dónde salen los recursos para semejante empresa?
La respuesta, incómoda para algunos y liberadora para la mayoría, está frente a nosotros. El motivo principal para quitarles lo que han acumulado es que lo necesitamos para salvar el planeta. No se trata de un ajuste de cuentas históricas, aunque las haya. Se trata de un rescate urgente de los medios de supervivencia común que están malgastados, bloqueados o invertidos en nuestra propia destrucción.
Pongamos números a esta afirmación, porque en ellos reside la prueba de su viabilidad. Se estima que la riqueza combinada del 0.001% más rico ronda los 47 billones de euros. Ahora, apliquemos el principio kantiano de la universalización de forma concreta: si a una persona con 50.000 millones se le dejara con el 1% de su fortuna, es decir, con 500 millones de euros, su nivel de vida material no cambiaría en lo más mínimo. Seguiría teniendo acceso a todo lujo imaginable. Esta gente se queda con el 1% de su riqueza, seguiría viviendo muy muy muy bien. El "sacrificio" que se les pide es solo de poder, no de bienestar.
Sin embargo, ese 99% restante de su riqueza, multiplicado por las 56.000 personas que componen esa élite, constituye una masa de recursos que cambia la ecuación planetaria. Expropiar, gravar o limitar la riqueza de 56.000 personas es, logísticamente, una tarea finita y manejable para cualquier Estado o coalición de Estados con voluntad política. Con ese 99% —esos 47 billones de euros— se podría:
- Financiar la transición energética global hacia renovables.
- Garantizar una Renta Básica Universal que liberara tiempo y seguridad.
- Llevar a cabo una regeneración ecológica masiva de bosques y océanos.
- Hacer realidad los derechos universales a vivienda, salud y alimentación.
La objeción moral se desvanece cuando se enmarca correctamente: ¿Qué es más importante para el destino de la especie: que 56.000 personas tengan su segundo megayate, o que 8.000 millones tengan garantizados los cimientos para una vida resiliente en un planeta estable? La riqueza extrema no es un derecho de propiedad sagrado cuando su ejercicio destruye la propiedad común más valiosa que tenemos: las condiciones de vida en la Tierra.
Por eso, poner un límite a la riqueza es un imperativo democrático y existencial. Es democrático porque una fortuna ilimitada se traduce en un poder político ilimitado, corrompiendo la soberanía popular. Y es existencial porque, como hemos visto, la viabilidad material de la transición ecológica y social está ahí, secuestrada en forma de activos inactivos en paraísos fiscales y megayates.
No lo hacemos porque sean malvados. Lo hacemos porque sus recursos, en sus manos, están acelerando el colapso. Y necesitamos esos recursos, urgentemente, para evitarlo. Se les dejará con más de lo que cualquier ser humano pueda necesitar para una vida de lujo inimaginable. Pero el exceso, el poder que ese exceso conlleva, debe ser reintegrado al bien común para que exista un común.
Este acto no es, en el fondo, más que el ejercicio de la razón práctica. En esencia, poner un límite a la riqueza no es sólo una política económica sensata; es un imperativo de la razón práctica. Es la lógica aplicada a la supervivencia. Y es, también, la lucha por rescatar el proyecto ilustrado de las garras de su peor enemigo: la aristocracia del dinero que suplantó a la aristocracia de la sangre, pero que es igual de opuesta a la autonomía del ser humano común.
El cálculo es claro, y la elección también. Lo más caro es no hacer el cambio. El coste de la inacción —esos 34.800 millones en pérdidas para España, multiplicados a escala global— es una losa que nos hundirá. La inversión en un futuro común, financiada con lo que hoy es un lujo destructivo, es el único camino racional que queda. Es hora de ensanchar el horizonte de lo posible y ver esta medida no como un extremo, sino como el primer paso de sentido común.
La elección que nos define
Al comenzar este texto apelamos a Kant como brújula. Su prueba de la universalización nos ha llevado, paso a paso, a una conclusión que es a la vez ética y de supervivencia física. La riqueza extrema no supera ese examen. La organización social basada en ella, tampoco. Lo que hemos descubierto es que el horizonte de una vida buena para todos no solo es deseable, sino alcanzable. El obstáculo no es la escasez, sino una abundancia mal dispuesta, acaparada por unos pocos y empleada contra los intereses de la mayoría y del planeta.
Por tanto, la expropiación del exceso no es un acto de venganza, sino de restitución y sentido común. Es el acto fundacional de un nuevo pacto social. Significa elegir, de una vez por todas, que el propósito de nuestra inteligencia colectiva y de nuestra capacidad técnica sea hacer que la Tierra sea la envidia de nuestra galaxia: un planeta regenerado, donde la libertad se mida en tiempo y seguridad, no en propiedades y pasivos. Este es el sueño grande hecho bien. Y para caminar hacia él, necesitamos hacer que los de abajo sueñen a lo grande otra vez. Recuperar esa ambición colectiva que el cinismo nos ha robado.
La tarea es monumental, pero su primer paso es sencillo: ensanchar los límites de lo posible en nuestra imaginación política. Ese ensanchamiento ya ha comenzado. Se ve en la victoria de un candidato socialista y musulmán en Nueva York, que demostró que un relato audaz puede movilizar mayorías. Se ve en ciudades que intervienen el mercado de la vivienda y bajan los alquileres. Se ve en comunidades que toman el control de su energía. Cada uno de estos hechos es un clavo en el ataúd de la resignación. Son la prueba de que somos el 99.999%, y que cuando actuamos como tal, el curso de la historia puede cambiar.
La disputa final, por tanto, no es solo económica o ecológica. Es, en su esencia, una disputa por el alma de nuestro proyecto común. Es la lucha por rescatar el proyecto ilustrado —con su promesa de autonomía, razón y universalidad— de las garras de una nueva aristocracia que lo vacía de contenido. Nuestro imperativo categórico para este siglo es claro: debemos organizarnos para hacer que el futuro sea nuestro otra vez.
El tiempo de Kant marcaba las cinco en punto de la rutina. El nuestro marca la hora de la emergencia. La elección que tenemos por delante es la que definirá si somos la generación que contempló pasivamente su colapso, o la que, frente al abismo, decidió colectivamente dar un paso al frente, reclamar lo que es común y construir, desde los escombros de un viejo mundo, uno nuevo donde valga la pena vivir.
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