De la Afirmación Vital a la Praxis Histórica

En la entrada anterior, "Después del Desierto: la Afirmación", se proponía un nuevo suelo filosófico: superar el nihilismo posmoderno fundando una racionalidad afirmativa en la lógica operativa de la vida misma. Allí, la pregunta era ontológica y ética: ¿en qué basarnos para afirmar y construir un futuro común?

Esta nueva entrada es su continuación natural y necesaria. Si la vida como "producción de presencia" es nuestro fundamento, la pregunta que sigue es antropológica y política: ¿cómo ese ser vivo, material, se constituye como sujeto y actúa en la historia? Para desarrollarla, partimos una vez más de un texto clave de Fernando Broncano, "Entre la biografía y la historia", que analiza cómo nuestras acciones tejen tanto nuestra vida individual como la colectiva.

El objetivo aquí es extraer las consecuencias de un materialismo radical de la praxis que se desprende de esa reflexión, y contrastarlo nítidamente con la tradición idealista. Se trata, en definitiva, de explorar cómo se pasa del fundamento vital a la acción histórica, y qué tipo de política exige este tránsito.


¿Qué nos constituye como humanos? La tradición idealista, desde Platón a ciertas formas de liberalismo abstracto, ha respondido: la razón, la conciencia, un sujeto trascendental. Desde este marco, el mundo es un dato a interpretar, un problema a resolver por una mente que, desde cierta exterioridad, le aplica sus categorías. El "sentido" –de la vida, de la historia, de la acción– preexiste, ya sea en el cielo de las Ideas, en la estructura del lenguaje o en la autoconciencia pura. La política, en su versión degenerada, se convierte entonces en un ejercicio de conciencia correcta o de voluntad pura, un intento de imponer un mapa sobre un territorio que se resiste.

Frente a esta tradición, el texto de Fernando Broncano "Entre la biografía y la historia" nos ofrece los elementos para una respuesta radicalmente diferente, materialista y dialéctica. Retomando la pregunta central de Broncano, "¿Qué hacemos cuando hacemos algo?", propongo que un materialismo coherente debe comenzar por el organismo en su entorno, transformándolo mediante el trabajo. No partimos de la conciencia, sino de la acción. La pregunta fundamental no es "¿qué somos en esencia?", sino precisamente esa: "¿qué hacemos cuando hacemos algo?". En ese hacer, en esa praxis situada y corporal, se teje la respuesta.

Broncano recorre el camino desde Aristóteles hasta Sartre para mostrarnos que la acción no es la mera ejecución de un plan mental. Es, ante todo, un proceso material de un organismo en su entorno. Aristóteles distinguía entre poiesis (acción productiva, orientada a un resultado) y praxis (acción ético-política, orientada a la vida buena). Pero, como señala Broncano siguiendo a Sartre, esta distinción no es categórica. No hay una barrera ontológica entre fabricar una mesa y luchar por la justicia. Lo que las diferencia es el contexto de mediaciones históricas en el que se insertan.

Aquí reside el núcleo de un materialismo no vulgar. No se trata de decir "todo es materia" reduciendo el pensamiento a secreciones cerebrales. Se trata de explicar la realidad –incluida la conciencia, el deseo, el sentido– con categorías propias de un mundo material en transformación. En este marco:

  • La conciencia no es un espectador. Es un modo de la praxis, una función del organismo activo. El "pensamiento por sí solo nada mueve", como recordaba Aristóteles; es el deseo (orexis) arraigado en la vida corporal el motor, y el intelecto (nous) su instrumento de orientación en el mundo. Las razones, los deseos, los sentidos, no son fantasmas en la máquina, sino formas de la praxis material situada.
  • La identidad no es un núcleo interno. Es el resultado, siempre provisional, de cómo nuestras acciones mediatizadas adquieren (o no) una dimensión histórica. "No somos solo lo que hacemos, sino lo que significa lo que hacemos en un contexto histórico y social"El momento en que la agencia se convierte en praxis es, precisamente, cuando la biografía individual se inserta en la historia colectiva. La acción deja de ser solo un hilo en la trama personal y se convierte en un punto de anclaje en la trama social más amplia. Esto refleja la idea sartreana de que la libertad individual solo se realiza en y a través de la historia, en el enfrentamiento con las condiciones materiales y con los otros.
  • El sentido no se descubre, se produce. Y se produce materialmente, en el cruce de tres planos: 1) La agencia corporal concreta (mi acto aquí y ahora, con sus límites); 2) Su inserción en totalizaciones históricas (el sistema económico, la guerra cultural, las relaciones de poder); 3) El relato colectivo que, a posteriori, otorga inteligibilidad. Como sintetiza Broncano, vivimos en una "niebla de opacidad" y "necesitamos el relato de otros para adquirir sentido". O, en sus términos: "Cuándo las vidas son trayectorias alienadas de actos, cuándo son biografías que adquieren sentido y cuándo ese sentido es parte de la historia es algo que nadie puede legislar a priori. Ni hay tampoco una distinción natural entre la vida cotidiana y la vida heroica romántica." El sentido es un logro intersubjetivo, no una propiedad privada de la mente.

Siguiendo el análisis concreto de Broncano, el ejemplo de la partida de ajedrez entre Fischer y Spassky es iluminador. Mover una ficha es, biológicamente, un mero movimiento. En el contexto de las reglas del juego y la tradición ajedrecística, es una jugada (agencia mediada por una práctica). En el contexto de la Guerra Fría, donde cada gesto era un símbolo de supremacía ideológica, ese mismo movimiento se convierte en praxis histórica. La acción material es la misma; lo que cambia son las capas de mediación material y significativa que la envuelven y la constituyen de otra manera. No hay un "espíritu del ajedrez" o una "esencia histórica" actuando; hay cuerpos, reglas sociales, tensiones geopolíticas y relatos periodísticos entretejiendo un significado.


De aquí se derivan consecuencias políticas decisivas, que marcan la frontera con el idealismo político.

El idealista (el arquitecto de dogmas) opera con un mapa rígido. Exige que la realidad se pliegue a su teoría, que la historia siga su guión. Cuando no lo hace, acusa al mundo de irracionalidad o cae en la frustración voluntarista. Su política es, en el fondo, una política de la conciencia: si todos pensáramos correctamente, el mundo cambiaría.

El materialista de la praxis (el topógrafo y cavador) sabe que hay que partir del territorio. Sabe, como el "viejo topo" de la cita de Marx que recupera Broncano, que la transformación real es un trabajo subterráneo y colectivo con las condiciones materiales existentes. No parte de la "conciencia correcta", sino de la acción situada y de la lucha por modificar las mediaciones que determinan nuestra agencia (las estructuras económicas, los aparatos ideológicos, los hábitos corporales). La conciencia transformadora es un resultado de esta praxis, no su premisa. Esta es, como bien se ha señalado, "la única postura que permite una política verdaderamente transformadora y no solo un ejercicio de correcta conciencia o de pura fuerza voluntarista".

La esperanza, por tanto, no está en un sentido prefijado de la historia. Está en la capacidad material de nuestra acción –por modesta que sea– de insertarse en una totalización mayor, de alterar las mediaciones y, colectivamente, producir nuevos sentidos. La esperanza reside precisamente en que nuestra acción, por rutinaria que parezca, pueda ser parte de ese trabajo subterráneo que, colectivamente, cava los túneles de una historia diferente. Es la esperanza del que excava, no del que profetiza. Es la esperanza de que nuestra biografía, ese continuo de actos a menudo opacos, pueda, en un punto de inflexión mediado por otros, devenir historia. O, al menos, contribuir al túnel que otros, más adelante, harán emerger a la superficie.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La disputa por la igualdad.

¿Es fascismo? Características y debilidades del fascismo tardio

El banquete de la desigualdad