Ironía, shitpost y fascismo: la mutación posmoderna
En los nichos radicales de la extrema derecha digital—foros como 4chan, comunidades "fashy" en Telegram, ecosistemas de la Alt-Right—ya no resuena el himno solemne ni la arenga uniformada. La figura del fascista clásico, con su fe monolítica y su estética grandiosa, ha sido sustituida por un actor más esquivo y acorde a nuestros tiempos: el shitposter reaccionario.
El "shitposting", en su origen, es una práctica de la cultura internet que consiste en publicar contenido deliberadamente provocador, de baja calidad o absurdo para alterar una conversación, generar caos o simplemente por el goce transgresor de molestar. Es el arte del sabotaje discursivo mediante la ironía y el desprecio por las normas. Cuando esta forma líquida y nihilista es capturada por la extrema derecha, deja de ser un mero juego para convertirse en una potente arma política. El shitposter reaccionario es la versión militarizada de este arquetipo digital.
Producto distorsionado de la cultura digital y del capitalismo tardío, el shitposter reaccionario* no es un ideólogo en el sentido tradicional; es un recombinador cínico. Ha absorbido fragmentos de fascismo, neoliberalismo extremo, libertarismo y teoría de la conspiración, y los usa como armas desechables en una guerra cultural donde la única regla es ganar mediante la humillación, la transgresión y el caos discursivo... No hay un proyecto de sociedad sólido detrás—no al menos uno que pueda enunciarse sin ironía—; solo el goce inmediato de destruir el relato del otro.
Su estrategia en redes sociales es el manual operativo de este nuevo autoritarismo líquido:
Apropiación irónica del lenguaje fascista, vaciándolo de seriedad histórica para usarlo como provocación descafeinada y, a la vez, como prueba de lealtad para iniciados.
Deshumanización mediante lenguaje soez y violento, siempre presentada bajo el escudo del "humor negro" o el "juego de edgy boys", lo que permite negar cualquier responsabilidad ("era solo una broma").
Uso sistemático de falacias (hombre de paja, ad hominem) y la ridiculización como sustituto único del debate. La idea no es refutar, sino degradar.
Reducción absurda y neoliberal de la democracia a la mera "libertad de consumo en el mercado", despojando al concepto de cualquier sentido de soberanía popular o bien común.
Fantasías de violencia política constantemente insinuadas en memes, chistes y consignas, creando un ambiente de amenaza lúdica pero persistente.
Y, lo más revelador: la autoidentificación como "celebrante" o espectador gozoso del conflicto. No se asume como víctima ni como actor responsable de un futuro, sino como el espectador-sádico de un juego donde el sufrimiento ajeno es el entretenimiento.
El shitposter no es un fanático en el sentido clásico. Es un fanático lúdico. Su fe no está en una verdad, sino en la eficacia performativa de la transgresión. Es la encarnación perfecta de una mutación mayor: no estamos ante el regreso del fascismo histórico, sino ante el ascenso de un Fascismo Posmoderno, y el shitposter es su unidad básica de propaganda y reclutamiento.
I. La Gran Mutación: Del Hipermoderno Sólido al Posmoderno Líquido
Para entender esta mutación, debemos distinguir entre el fascismo clásico y su nueva encarnación. El fascismo de Mussolini o Hitler era hipermoderno. Creía con fervor religioso en:
Una Verdad absoluta (la raza, la nación, el destino histórico).
Una estética grandiosa y solemne (uniformes, monumentos, coreografías de masas).
Un sujeto sólido y monolítico (el guerrero, el miembro del Volk, el hombre nuevo).
Era un proyecto de pureza, orden y una realidad única.
El Fascismo Posmoderno es su antítesis estética, aunque no en sus fines últimos. Es la adaptación del impulso reaccionario y autoritario a las condiciones culturales del siglo XXI. Para definirlo, debemos entender qué significa "posmoderno" en tres niveles, que este nuevo fascismo invierte y pervierte:
A) Filosofía posmoderna (Lyotard, Derrida): Su núcleo es el escepticismo hacia las "grandes narrativas" (el Progreso, la Razón, el Socialismo). Sostiene que la verdad es relativa, que "todo es interpretación" y que el lenguaje construye la realidad. Era originalmente un arma crítica de la izquierda. (Disculpen la tremenda simplificación del pensamiento de dos grandes autores, es funcional más que descriptiva).
B) Sujeto posmoderno (Bauman, "Modernidad Líquida"): El individuo cuya identidad es flexible, fragmentada y consumista. Vive en un mundo de conexiones digitales superficiales, elecciones infinitas y desconfianza hacia las instituciones sólidas.
C) Estética/Cultura posmoderna: Caracterizada por el pastiche, la ironía, el collage, los memes y la regla del "todo vale". No hay originalidad, solo recombinación y referencia constante.
El Fascismo Posmoderno hace un uso cínico y selectivo de estos tres niveles:
Aprovecha el escepticismo... pero solo como arma. No cree en ninguna verdad universal excepto en la suya propia. Su estrategia es la que Steve Bannon resumió: "Inundar la zona de mierda". Si nada es objetivamente verdad, si todo es narrativa, entonces la mentira más audaz, repetida y emocionalmente cargada gana. El escepticismo se aplica solo a la ciencia, los medios críticos o los derechos humanos; nunca al propio relato conspirativo.
Se alimenta del sujeto líquido y lo tribaliza. No ofrece una identidad nacional monolítica y pesada. En su lugar, provee identidades de tribu digital líquida: el incel, el fanático de QAnon, el "tradcat" (católico tradicionalista online), el libertario anti-impuestos. Su estrategia no es unificar en un "pueblo", sino fragmentar en nichos y luego unir estas tribus dispersas contra un enemigo común abstracto (la "Catedral" woke, los globalistas, el "marxismo cultural"). Es un nacionalismo de nicho, un sentimiento de pertenencia a base de odio compartido.
Adopta la estética posmoderna como lenguaje de guerra. Los memes (como la rana Pepe) son su panfleto. La ironía es su escudo ("era solo una broma"). La transgresión continua es su método para probar lealtades y erosionar los límites de lo decible. La estética ya no es solemne, es edgy, autoreferencial y aparentemente descreída. Es la brutalidad envuelta en un shitpost.
II. La Gramática del Laberinto: Estrategia Discursiva de un Dogmatismo Líquido**
El fascismo posmoderno no solo tiene una estética; tiene una gramática operativa. Su objetivo en el debate no es convencer con razones, sino desactivar la posibilidad misma del debate racional. Es un sistema discursivo diseñado como un laberinto sin centro, donde las tácticas retóricas no son fallos, sino características esenciales de su arquitectura de la impenetrabilidad.
La Sintaxis del Caos Controlado
A nivel estilístico, el discurso opera mediante un caos controlado:
Sintaxis de descarga emocional: Oraciones entrecortadas con puntos suspensivos, exclamaciones y cambios de línea bruscos. No busca construir un razonamiento, sino simular un torrente de evidencia abrumadora e indignación incontestable.
Lexicón de la certeza líquida: Mezcla de jerga ideológica grandilocuente pero vaga ("el Sistema", "la verdadera lucha", "la Catedral woke") con coloquialismos soeces. Este contraste crea una ilusión de conocimiento profundo y autenticidad callejera a la vez.
Figuras retóricas como armas de distracción: Abuso de la metáfora extrema, la analogía histórica forzada o la hipérbole. No se usan para ilustrar, sino para crear una atmósfera emocional (de persecución, decadencia, urgencia) que sustituya a la argumentación.
La Estrategia de la Evasión Infinita
Estas tácticas micro se ensamblan en una estrategia macro cuyo fin último es perturbar y desestabilizar el marco del interlocutor:
Desplazamiento constante del centro de gravedad: El discurso salta de tema en tema (de un señuelo a una cita, de ahí a una conspiración histórica) en un kaleidoscopio argumental. Es la táctica del Gish Gallop elevada a principio: abrumar con una avalancha para que sea materialmente imposible una refutación puntual y coherente.
Envenenamiento del marco de debate: Introducen marcos que invalidan a priori cualquier contraargumento ("eso es propaganda zurda", "eso es corrección política woke"). Si aceptas debatir dentro de ese marco, ya has perdido. Roban así la posición de víctima/visionario.
Negación por saturación y caos: No se defienden de un hecho concreto; lo entierran bajo una montaña de otros temas, datos o preguntas. La discusión se vuelve imposible no porque falten razones, sino porque el terreno se mueve bajo tus pies.
Uso estratégico del escepticismo (posmoderno): Aplican un hiper-escepticismo demoledor a cualquier fuente, dato o institución que contradiga su relato, mientras aceptan acríticamente cualquier rumor o "prueba" interna que lo confirme. Es el escepticismo como arma unilateral.
Inversión de la victimización y reducción binaria: Se presentan como los únicos verdaderos perseguidos por una élite todopoderosa, forzando toda complejidad a un conflicto tribal irreconciliable ("patriotas vs. globalistas"). Esto desactiva la crítica moral y elimina los matices.
Martillar el núcleo y despreciar los señuelos
Frente a esta arquitectura laberíntica, las reglas del debate racional son inútiles. Intentar refutar cada punto del Gish Gallop o seguirles en cada digresión es caer en su juego de evasión infinita.
La única estrategia efectiva es martillar el núcleo y despreciar los señuelos. Es decir, identificar el único punto factual, lógico o de principio que es central e ineludible, y negarse a abandonarlo, devolviendo cada evasión a ese mismo punto. Es el equivalente a clavar un pilar en el centro del laberinto móvil para dejar de girar con él. Se les fuerza así a chocar contra un hecho concreto (su contradicción, su silencio, su evasión flagrante) en lugar de permitirles bailar en la niebla de sus propias palabras. No se trata de ganar el debate ante ellos (imposible), sino de desnudar su gramática ante los espectadores, mostrando que detrás del caos creativo no hay ideas, solo un deseo cínico de poder y disrupción.
III. El Pacto Cínico
Este fascismo digital del tardocapitalismo no viene con botas marciales y himnos, sino con memes, streams y un cinismo descarado. Su peligro no reside en la solidez de sus creencias, sino precisamente en su liquidez tóxica y adaptativa: puede tomar cualquier forma, infiltrarse en cualquier debate y reclutar a cualquier desencantado, ofreciendo no un futuro glorioso, sino el placer inmediato de pertenecer a los "listos" que ven la conspiración, y el derecho a ser cruel con los "débiles".
Frente a este enemigo, la denuncia moral o el apego a los hechos objetivos no son suficientes. Combatirlo exige entender que estamos ante una batalla por el régimen emocional y estético de nuestra época, donde la oferta no es un proyecto de sociedad, sino un pacto cínico: "No te prometo un mundo mejor, pero te doy permiso para gozar con la destrucción del que hay". Desactivar este hechizo requiere oponer no solo razón, sino un deseo de construcción común más poderoso y, sobre todo, más atractivo. La batalla, una vez más, es entre Eros y Tánatos, pero ahora el campo es digital, y la muerte que se ofrece es la del sentido mismo.
Notas:
*Cabe distinguir aquí entre los shitposters originales y los replicantes: unos pocos—activistas digitales, creadores de memes, figuras de referencia—son los que generan los objetos discursivos (consignas, marcos, imágenes) y las estrategias de ataque. La gran mayoría son usuarios pasivos que simplemente replican y amplifican esos objetos, funcionando como una masa de resonancia que normaliza y viraliza el discurso.
**Este punto es aplicable, en gran medida, también a la izquierda campista-identitaria que opera con la misma arquitectura de impenetrabilidad, invirtiendo sólo el léxico del enemigo. Es el mismo juego con distinto disfraz. Por ejemplo, el uso de "woke", "queer" o "posmo" en un sentido despectivo, modificando la motivación del insulto que utiliza la ultraderecha para adaptarlo a su sistema -por ejemplo, queer pasa de representar la degeneración moral de los zurdos a ser un señuelo del capital-. Como los fascistas llamando fascistas a los antifascistas, esta izquierda, posmodernos en su estilo hasta la medula acusan de "posmodernos" a quienes intentan articular el clasismo con otras opresiones (género, raza, LGTBIQ+). Se erigen así en los únicos guardianes de una pureza ideológica (la "lucha de clases" auténtica, el "antiimperialismo" verdadero) y se presentan como víctimas de una conspiración liberal/identitaria que debilita la "verdadera" izquierda.
El verdadero combate del siglo XXI no es solo entre izquierda y derecha, sino entre aquellos que aún creen en un espacio común de razón y debate, por conflictivo que sea, y aquellos que, desde cualquier trinchera, han optado por la gramática autista del laberinto.
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