Genealogía Ultra: La Revolución Conservadora.
“La guerra en Ucrania no es un conflicto local; es una batalla metafísica entre la civilización terrestre, tradicional y orgánica, y la civilización marítima, liberal y decadente.”
Aleksandr Dugin
“Queremos hacer una revolución en el estado y no va a haber un baño de sangre mientras la izquierda se comporte”
Kevin D. Roberts, presidente de la Heritage Foundation
A lo largo de este primer cuarto del siglo XXI, hemos observado con una mezcla de perplejidad y subestimación la llegada de una nueva realidad política en el seno de las sociedades occidentales. Un fenómeno que, aunque adopta máscaras diversas, comparte un núcleo genealógico común y un objetivo estratégico: el desmantelamiento del proyecto ilustrado y la instauración de un nuevo orden antiliberal. Podemos referirnos a ella con la internacional ultra y hoy está encabezada por dos figuras: Trump y Putin, los capos del asalto.
Aunque se ha ido larvando durante décadas, la crisis del 2008 pone las bases para su crecimiento exponencial. Fue en el 2016, con la elección de Trump, cuando se encendieron todas las alarmas. Se habló de “posverdad”, de “populismo”, de anomalías pasajeras. Se analizaron sus excesos como desvaríos episódicos, sin detenerse en el proyecto político —disperso, contradictorio y paradójico— que los articula. El trumpismo fue tratado como un objeto político no identificado, un OVNI; el putinismo, radicalizado a partir del 2012, ha sido tratado como un mero autoritarismo a medio camino entre la nostalgia soviética y el imperialismo zarista.
Este texto propone una genealogía y una cartografía. Su objetivo es triple: rastrear los orígenes intelectuales y prácticos de lo que llamaremos, de manera general, el “fenómeno ultra” contemporáneo; clarificar sus características operativas fundamentales en sus dos encarnaciones estatales más potentes (el putinismo y el trumpismo); y, a través de este análisis, definir su naturaleza última. No se trata de dos movimientos aislados, sino de las expresiones más coherentes y potentes de una contrarrevolución en marcha, cuyas raíces se hunden en una tradición de pensamiento y acción que lleva más de un siglo combatiendo los cimientos de la modernidad liberal.
Para comprender su potencia y su adaptabilidad, debemos remontarnos a las fuentes. El fenómeno ultra no nació con los algoritmos de redes sociales ni con la crisis financiera de 2008. Es heredero de una tradición intelectual de elite y de un impulso violento de masas que, a principios del siglo XX, convergieron para crear su primera formulación histórica completa: el fascismo. Nuestro mapa debe comenzar, por tanto, en dos puntos de origen aparentemente distintos, pero destinados a fusionarse.
El arsenal intelectual. La Revolución Conservadora alemana.
En las primeras décadas del siglo XX, pensadores como Oswald Spengler, Carl Schmitt y Ernst Jünger articularon una crítica total a la civilización occidental moderna. Su diagnóstico era el de una decadencia terminal, causada por el liberalismo, el parlamentarismo, el individualismo y la primacía de una razón abstracta y desvitalizante. Frente a esto, esbozaron los contornos de un orden alternativo, que se estructuró en tres dicotomías fundacionales:
Jerarquía frente a Igualdad. La igualdad era denunciada como un invento antinatural y disolvente. El orden verdadero era piramidal, orgánico, basado en la diferencia esencial entre los hombres.
Voluntad y Mito frente a Razón Universal. Frente al racionalismo ilustrado, opusieron la fuerza de la voluntad, el destino histórico, el mito movilizador y un vitalismo guerrero.
Autoritarismo Orgánico frente a Democracia Liberal. La democracia parlamentaria era vista como un teatro corrupto. La verdadera “democracia” sería plebiscitaria: la homogeneidad identitaria del pueblo encarnada en un Líder que toma decisiones soberanas, más allá del derecho.
Esta Revolución Conservadora no buscaba un simple retorno al pasado. Era profundamente moderna. Anhelaba usar la tecnología, la organización estatal masiva y la movilización total —herramientas de la modernidad— para superar y destruir la modernidad liberal. Juntos, construyeron el armazón conceptual para un régimen que sería a la vez tradicionalista y revolucionario, tecnocrático y místico.
El prototipo violento. El Marqués de Morès y el fascismo antes del fascismo.
Mientras en Alemania se elaboraba esta filosofía reaccionaria de elite, en la Francia de finales del siglo XIX un personaje singular ensayaba en la práctica lo que décadas después se llamaría fascismo. Antoine-Amédée-Marie-Vincent Manca de Vallombrosa, Marqués de Morès (1858-1896), aristócrata, empresario fracasado y agitador, combinó por primera vez los elementos que definirían la praxis fascista: un nacionalismo revolucionario, un socialismo antiparlamentario y antimarxista, un antisemitismo conspirativo moderno y el culto a la acción violenta.
Morès propugnaba un “socialismo francés” que uniera a obreros y patronos contra el enemigo común: la finanza internacional, que él identificaba explícitamente con los judíos. Introdujo la estética de la camisa y la retórica de la virilidad combatiente. Su contribución fue decisiva: popularizó la teoría del “complot judío internacional” como fuerza parasitaria de la nación, un mito que alimentaría directamente el nazismo. Él es el eslabón que conecta el reaccionarismo aristocrático con la movilización plebeya moderna.
La convergencia: La forja del fascismo histórico.
El fascismo italiano y, sobre todo, el nacionalsocialismo alemán fueron el crisol donde se fundieron estas dos corrientes. De la Revolución Conservadora tomaron el marco intelectual y la justificación filosófica. De la tradición populista, conspirativa y violenta encarnada por Morès tomaron el método: el partido de masas, la milicia callejera, la propaganda y el culto al líder. Esta doble herencia —la idea y la acción, la elite y la calle— es la clave para entender la adaptabilidad y la potencia del fenómeno ultra hasta el día de hoy.
La derrota militar de 1945 no aniquiló este núcleo contrarrevolucionario. Quedó latente, adaptándose a las nuevas condiciones. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, surgieron dos ramas fundamentales:
La Nouvelle Droite francesa y la metapolítica. Desde los años 70, pensadores como Alain de Benoist realizaron una operación de “desfascistización” del discurso. Abandonaron el racismo biológico explícito y lo reemplazaron por el “derecho a la diferencia” cultural y étnica, adoptando una estrategia gramsciana de conquista de la hegemonía cultural.
El paleoconservadurismo y libertarismo radical estadounidense. Figuras como Pat Buchanan articularon un rechazo al multiculturalismo y a la intervención global, mientras que el libertarismo radical de Murray Rothbard animaba a una alianza para “destruir el marxismo blando del estado de bienestar”.
Ambas ramas compartían el rechazo al legado de la Ilustración, pero carecían de un poder estatal desde el cual lanzar su contraofensiva. Ese vacío sería llenado en el siglo XXI por dos encarnaciones potentísimas: el Putinismo y el Trumpismo.
I. El Putinismo: La Revolución Conservadora hecha Estado
Vladimir Putin no es un teórico, sino un práctico del poder. Sin embargo, su régimen es la encarnación estatal y geopolítica más coherente de la Revolución Conservadora en el siglo XXI. Su sistema opera bajo las tres dicotomías fundacionales:
Jerarquía frente a Igualdad: Promueve una “vertical del poder” piramidal, la familia tradicional patriarcal y roles de género definidos.
Voluntad frente a Razón: Sustituye el derecho internacional por la “voluntad histórica” y la “verdad histórica” como mitos movilizadores.
Autoritarismo Orgánico frente a Democracia Liberal: Ha construido un sistema de “democracia soberana”, donde las elecciones son plebiscitos para ratificar al Líder.
El putinismo no es un fascismo clásico, pero es su heredero político e ideológico directo en el poder. Ha logrado modernizar el discurso reaccionario y dotarlo de un formidable poder geopolítico.
II. El Trumpismo: La Revolución Conservadora hecha Caos
Si el putinismo representa la aplicación ordenada y estatal de la contrarrevolución, el trumpismo encarna su versión anárquica desde dentro de las instituciones liberales. Su fortaleza radica precisamente en una esquizofrenia calculada, en su capacidad de hablar simultáneamente a públicos diferentes con mensajes contradictorios.
Lo que sostiene al trumpismo es una producción constante de identificaciones y subjetividades alternativas. Es, en esencia, el proyecto de rediseño radical del Estado a través de la convergencia inédita de tres corrientes:
El capitalismo tecnocrático y corporativo, que busca transformar el gobierno en una empresa.
El ultraconservadurismo ideológico (think tanks como la Heritage Foundation), que propugna una restauración del orden cristiano tradicional.
La Alt-Right o neofeudalismo digital (aceleracionismo libertario), que sueña con desmantelar por completo el Leviatán estatal.
Lo que une a estas corrientes dispares es una actualización del fusionismo. El papel del antiguo anticomunismo lo juega ahora lo “woke”: un significante elástico que sirve como herramienta de coalición para atacar a un enemigo común y difuso.
Entre la primera administración de Trump y la que se proyecta ahora, existen diferencias sustanciales que demuestran la evolución de la táctica caótica a la estrategia de gobierno, materializada en el Project 2025. Este plan traza el camino para instaurar una forma de Estado profundamente antisocial, cuya función principal sea castigar la pobreza, la disidencia y la diferencia.
El trumpismo busca, por tanto, vaciar el estado liberal desde dentro, usando su propia maquinaria para anular su capacidad de generar igualdad y justicia.
III. La Estrategia Común: La Guerra Cultural y la Red Transnacional
A pesar de sus diferencias, el putinismo y el trumpismo operan como los dos polos de un mismo campo de fuerza contrarrevolucionario. Su eficacia se amplifica a través de una estrategia común:
A. La Guerra Cultural: Los Significantes Elásticos
Tanto en Moscú como en Mar-a-Lago, la batalla se libra en el terreno de los símbolos y las identidades. El objetivo es fragmentar el consenso liberal desde dentro, reemplazando la lealtad a instituciones abstractas (derechos universales, estado de derecho) por lealtades primordiales y emocionales.
En el contexto ruso, el significante unificador es la “decadencia occidental” o el “globalismo”. Este concepto paraguas engloba la ideología LGBTQ+, el feminismo, el multiculturalismo y los derechos humanos, presentados como un virus existencial que busca corroer la “civilización tradicional” encarnada por Rusia.
En el contexto estadounidense (y por extensión, en gran parte de la derecha occidental), el significante equivalente es lo “woke”. Como demostró Christopher Rufo, se trata de una herramienta de coalición conscientemente diseñada: un término vacío y maleable que puede cargarse con cualquier contenido de descontento, permitiendo atacar simultáneamente a las élites universitarias, las corporaciones “inclusivas”, la acción afirmativa, la teoría crítica de la raza o la política climática.
Este mecanismo es una actualización del fusionismo. Así como el anticomunismo unió a libertarios y tradicionalistas en la Guerra Fría, el anti-“woke” y el anti-“globalismo” proporcionan hoy el pegamento ideológico mínimo que permite a capitalistas tecnócratas, nacionalistas cristianos y aceleracionistas libertarios marchar bajo la misma bandera. No es necesario un acuerdo programático detallado; basta con señalar al mismo enemigo difuso.
B. La Red de Influencia Transnacional: Moscú como Nodo y Financiador
La dimensión más material de esta contrarrevolución es su arquitectura de poder transnacional. Como ha documentado el investigador Anton Shekhovtsov, el Kremlin ha construido sistemáticamente una red de influencia que financia, conecta y amplifica a los movimientos de derecha radical en Europa y más allá. Esta no es una operación ideológica altruista, sino una estrategia geopolítica de soft power agresivo con objetivos claros: debilitar la cohesión de la UE y la OTAN, legitimar su propio modelo iliberal y crear una quinta columna de actores políticos prorrusos.
Los mecanismos son múltiples:
Financiación directa e indirecta: Desde el préstamo de 9 millones de euros del First Czech-Russian Bank al Frente Nacional de Marine Le Pen (2014) hasta lucrativos contratos energéticos con gobiernos afines como el de Viktor Orbán en Hungría.
Think tanks y fundaciones pantalla: La Fundación Russkiy Mir y el Izborsky Club actúan como fábricas ideológicas y nodos de encuentro entre intelectuales rusos y europeos.
Medios de propaganda global: RT (Russia Today) y Sputnik funcionan como plataformas de amplificación global para figuras de la derecha occidental, desde Nigel Farage hasta Tucker Carlson, otorgándoles una audiencia internacional y encuadrando sus discursos dentro de la narrativa más amplia de la “lucha contra el establishment globalista”.
Diplomacia pública y eventos: Foros como el de Valdai y congresos internacionales de movimientos “profamilia” o identitarios sirven para cortejar, cooptar y tejer alianzas con élites políticas y culturales occidentales.
El resultado es un eje ideológico operativo que vincula a Moscú con partidos y gobiernos de derecha iliberal en toda Europa: el Rassemblement National en Francia, la Lega de Salvini en Italia, la AfD en Alemania y, de manera más exitosa, el Fidesz de Orbán en Hungría, que ha implementado desde dentro de la UE el modelo de “democracia iliberal” inspirado en el Kremlin.
Esta red no crea estos movimientos, que tienen raíces nacionales profundas, pero los fortalece, los conecta entre sí y los alinea con los intereses geopolíticos rusos. A su vez, el trumpismo actúa como un efecto espejo y un multiplicador en el mundo anglosajón, normalizando las tácticas de ruptura institucional, la retórica anti-élites y el desprecio por las normas liberales, e inspirando a movimientos similares desde Brasil hasta Argentina.
Así, la contrarrevolución se globaliza. Ya no es solo un asunto interno de cada nación, sino un proyecto en red donde las ideas viajan de los libros de Schmitt a los discursos de Dugin, de los estudios de la Heritage Foundation al Project 2025, de los estudios de RT a los mítines de la derecha europea, y donde los flujos de dinero y apoyo político cruzan fronteras con una fluidez que las democracias liberales, atenazadas por sus propios escrúpulos normativos, han sido incapaces de contrarrestar.
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