Después del Desierto: la Afirmación

Esta entrada surge a partir de la lectura del último texto de Fernando Broncano, Presencia y negación, que puede leerse en su blog https://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2026/01/presencia-y-negacion.html. En él, Broncano realiza un diagnóstico preciso del agotamiento de la “vía negativa” en la filosofía contemporánea y apunta hacia la necesidad de una ontología afirmativa basada en la vida como “producción de presencia”.


Tomando su reflexión como punto de partida, el texto que sigue pretende ir un paso más allá en la clarificación de este problema central. Su objetivo es triple:

  1. Explicitar las implicaciones que ha tenido la destrucción del marco racionalista e ilustrado clásico. No se trata solo de un debate académico: el colapso de los grandes relatos y la razón universal ha dejado un vacío que ha sido llenado por un nihilismo epistémico cuyos síntomas sociales son inocultables.
  2. Identificar a los agentes que proliferan en este nuevo paisaje y analizar sus consecuencias políticas y sociales. Desde el individualismo líquido y consumista hasta la ultraderecha y las teorías de la conspiración, la relatividad absoluta se ha convertido en el caldo de cultivo de nuevas y peligrosas irracionalidades.
  3. Definir el trabajo crucial que le queda a la filosofía, que no puede ser otro que la reconstrucción de un suelo común. Esto exige una reformulación de la ontología y la epistemología desde un materialismo no vulgar, que encuentre en la lógica operativa de la vida misma el fundamento para una racionalidad afirmativa y una ética capaz de hacer frente a los desafíos de nuestro tiempo.


Este es, por tanto, un ejercicio de pensamiento que busca salir del desierto de la negación. No es un cierre, sino una propuesta de apertura hacia un pensamiento que, tras haber pasado por la crítica, se atreve de nuevo a afirmar.

La filosofía del último siglo se ha caracterizado por un gesto dominante: la crítica negativa. Desde la Teoría Crítica hasta el giro deconstructivo y posmoderno, el pensamiento ha ejecutado una labor necesaria de desmontaje de los pilares de la modernidad ilustrada considerados ingenuos u opresivos: el sujeto autónomo, la razón universal, las metanarrativas del progreso, las identidades fijas. A través de estos movimientos se desplegó una vía negativa cuyo gesto fundamental era la sospecha y la disolución. Theodor Adorno sintetizó este espíritu: pensar es, en sí mismo, “un resistir, un negar lo dado”. Este proyecto tenía una urgencia liberadora: desmontar estructuras de dominación encubiertas en categorías pretendidamente neutras. Sin embargo, su legado paradójico nos ha dejado en una situación de impotencia conceptual. Al dinamitar los viejos cimientos sin ofrecer unos nuevos, la “vía negativa” nos ha desarmado para la tarea más urgente: construir una moral que haga imaginable y deseable un futuro común, que articule “espacios de libertad real como ejercicios de afirmación de la vida”, como señala el filósofo David Broncano.

Esta es, a mi juicio, la cuestión clave de la filosofía en nuestro momento: la necesaria reformulación de la ontología (qué es la realidad) y la epistemología (cómo la conocemos). La posmodernidad, con su énfasis en el becoming puro, la performatividad sin sujeto y la disolución de todos los binarios, nos legó un paisaje de relatividad absoluta. *Nota al final del texto  Su deformación vulgar ha abierto las puertas a un nihilismo epistémico donde, al faltar una certeza absoluta, cualquier afirmación, por improbable que sea, se presenta con la misma fuerza retórica. El terraplanismo y el negacionismo climático no son errores ingenuos; son la explotación estratégica de este vacío, el síntoma de un colapso en la capacidad de establecer consensos basados en evidencias probables, que son nuestra única guía para habitar un mundo compartido.

Frente a este impasse, la propuesta de Broncano resulta iluminadora. La filosofía negativa, desde el existencialismo hasta el posmodernismo, había hecho de la negación la marca distintiva de lo humano. Frente a esto, Broncano propone un desplazamiento ontológico radical: mirar hacia la vida como “producción de presencia”. Un organismo, desde la bacteria más simple, no es un receptor pasivo. Es un sistema que “siente produciendo cambios para mantener su existencia”, un equilibrio activo –una homeostasis, una autopoiesis– entre la evitación (de lo nocivo) e impulso (hacia lo que sostiene). Esta dinámica de negación y afirmación no es un privilegio de la conciencia, sino la condición de posibilidad de lo vivo. [Aquí encuentro el punto de apoyo para una reconstrucción personal de una cuestión que me interesa particularmente: La racionalidad, la razón de la razón, el criterio de racionalidad por el cual decimos que algo es racional. El problema que tenemos con esto es que para definir lo que es la razón necesitamos una definición previa de razón y eso es justo lo que queremos hacer, definir racionalidad. Y lo quiero hacer en un marco materialista, sin recurrir a fundamentos transcendentales. Su fundamento tiene que ser inmanente, extraída de un conocimiento basada en nuestra experiencia pisco-corporal, no en una razón pura (Dios, logos, Idea…).] (En Comentarios hay una nota sobre como identificar este marco de pensar, un marco idealista/esencialista)

A partir de esta ontología, mi propuesta toma una dirección precisa. Veo en ese proceso vital el modelo epistemológico fundamental para reconstruir nuestro concepto de racionalidad. No afirmo que la vida tenga una “esencia racional”, lo que quiero indicar es que es el fenómeno real más básico donde podemos observar lo que, de forma abstracta, llamamos “racionalidad operativa”: la adecuación de medios a un fin (la persistencia, el mantenimiento de la presencia). En un pensamiento inmanentista, que renuncia a buscar un Logos (una razón) trascendente, la vida es el último lugar de lo real donde podemos mirar para dar sentido a lo que significamos con “razón”. No es un criterio ontológico, sino el sustrato desde el cual nuestra abstracción cobra significado.


Un materialismo no vulgar, uno que no se reduzca a decir que “todo es materia”, tiene que explicar la realidad con categorías propias. Debe dar cuenta de cómo de la dinámica vital emergen propiedades como la libertad humana. Tenemos la agencia que tenemos porque ha sido una línea exitosa. Sin embargo, la condición que la faculta no está exenta de peligros. No seríamos libres si no pudiésemos ser irracionales. La libertad no es la mera obediencia a un impulso vital automático. Es la capacidad de desvío que posee un sistema material complejo y consciente. Podemos actuar contra nuestra conservación inmediata, por un ideal, un sacrificio o un error. Esta posibilidad de “irracionalidad” es el espacio mismo de la libertad y la responsabilidad, y lo que nos hace administradores conscientes, y no esclavos, de nuestra condición vital. La tarea ética, por tanto, no es seguir un instinto, sino utilizar nuestra libertad para orientar deliberadamente la acción hacia la afirmación de la vida, propia y común, asumiendo la ambigüedad y los riesgos de ese desvío.

Esta es la elección última que se despliega en todos los órdenes de la vida: la que en otros términos he explorado como la pulsión entre Eros y Tanatos; entre la producción de vínculos, sentido y cuidado, y la fuerza disolutiva del goce en la negación pura. La afirmación vital es el principio del que Eros es su manifestación más plena.

Este marco también redefine nuestra comprensión del conocimiento. La ciencia, en este esquema, no ofrece verdades absolutas, sino certezas probables y falibles. Precisamente por ser falibles y corregibles, son nuestra herramienta más robusta. No representan una razón pura y trascendente, sino la institucionalización de esa “racionalidad operativa” vital a escala colectiva y crítica. Defender la empresa científica frente al nihilismo epistémico no es dogmatismo, sino la defensa de la única base que tenemos para un conocimiento común que permita habitar y construir un mundo compartido.

El recorrido, pues, es este: desde la crítica necesaria pero insuficiente de la posmodernidad, pasando por la ontología de la vida como producción de presencia (Broncano), se llega a la propuesta de una racionalidad afirmativa fundamentada en la lógica operativa de lo vivo. Esta racionalidad, consciente de su base material y de su carácter constructivo, puede ser el cimiento para una epistemología que resista el nihilismo sin caer en el dogma, y para una ética que, asumiendo la libertad como capacidad de desvío de un sistema material complejo, tenga como tarea la afirmación y el cuidado de esa vida en común de la que emerge. Es el proyecto de un pensamiento que, habiendo pasado por la negación, se atreve de nuevo a afirmar.


* Este paisaje de relatividad absoluta no es solo teórico. Tiene una traducción existencial y social profunda: marca el paso del principio del deber (vinculado a grandes relatos y éticas sustantivas) al imperativo del placer individual e inmediato. Conduce a una desmoralización (pérdida de referentes morales compartidos) y fomenta un individualismo líquido y consumista, donde la identidad se construye no desde una solidez antropológica situada, sino como un cumulo de experiencias efímeras, sin centro ni orientación estable. Es una condición de desvinculación y falta de fe en un futuro común, que se acentuó tras el efecto contrarrevolucionario de Mayo del 68, donde la crítica a las estructuras rígidas, al no canalizarse hacia una nueva construcción, degeneró en la celebración de la fragmentación y el presente perpetuo. 

Comentarios

  1. Nota para un Marco Esencialista/Idealista

    Si su punto de partida filosófico es el esencialismo o el idealismo, comprenderá que el planteamiento aquí expuesto puede parecerle, en un primer momento, una reducción o un extravío. Permítame, pues, clarificar los presupuestos desde los cuales este texto se articula, para facilitar la identificación de las divergencias fundamentales.

    1 Sobre la Realidad (Ontología):
    ◦ Usted podría sostener que la realidad última es de naturaleza ideal (las Formas, el Espíritu, la Conciencia absoluta) o que existen esencias fijas y trascendentes (la Esencia humana, la Razón pura). Este texto parte de un presupuesto materialista e inmanentista radical. No postula una realidad detrás o por encima del mundo físico y biológico. La "producción de presencia" no es la manifestación de una esencia previa, sino el proceso constitutivo mismo de lo real en su nivel más fundamental y activo: la vida. No hay un ser previo al hacerse.

    2 Sobre el Conocimiento (Epistemología):
    ◦ Usted podría entender que la Razón es una facultad humana que participa de un Logos universal, permitiendo acceder a verdades necesarias y atemporales. En este texto, la racionalidad es una categoría abstracta construida a posteriori. No es una esencia descubierta, sino un modelo conceptual derivado de la observación de la lógica operativa de los sistemas vivos. Su "verdad" no es la correspondencia con un orden trascendente, sino su eficacia pragmática para orientar la acción en el mundo y sostener la vida. La ciencia, por tanto, no desvela esencias, sino que produce modelos falibles y siempre revisables de gran poder predictivo y operativo.

    3 Sobre la Normatividad (Ética):
    ◦ Usted podría fundamentar lo "bueno" en la realización de una esencia humana (p.ej., la virtud, la autenticidad) o en la conformidad con una ley moral de origen trascendente. Aquí, la normatividad emerge de manera inmanente. No hay un "debe ser" que caiga de un cielo de ideas. Lo "valioso" es, en un sentido primario, lo que afirma el proceso mismo de la vida que se sostiene y florece. La ética humana es la explicitación consciente, reflexiva y libre de este principio, ampliado a la escala de la vida en común. Es, por tanto, una ética constructiva y situada, no deducida de principios eternos.

    4 Sobre el Método (Materialismo no vulgar):
    ◦ Este marco rechaza explícitamente la estrategia explicativa que recurre a principios ideales o esencias ocultas para dar cuenta de lo complejo (la conciencia, la sociedad, el significado). Su exigencia es que toda explicación debe elaborarse con categorías coherentes con un universo material en evolución. Esto no es un "reduccionismo", sino un programa de construcción conceptual que busca explicar lo superior por la reorganización compleja de lo inferior, sin apelar a saltos metafísicos. La "libertad", por ejemplo, no se explica como una excepción espiritual a la determinación material, sino como una propiedad emergente de sistemas materiales complejos (cerebros, cuerpos en sociedad) dotados de la capacidad de generar y comparar modelos de futuro.

    En resumen, este texto no discute dentro del paradigma que postula esencias o ideales trascendentes como fundamento. Opera desde un paradigma diferente, que podríamos llamar materialista, procesual e inmanentista. Su punto de partida no es "¿qué es la esencia del hombre?", sino "¿cómo funciona el proceso del vivir, y qué podemos construir a partir de su comprensión?".

    Reconocer este abismo de presupuestos no invalida el diálogo, sino que lo hace posible, al precisar el terreno desde el cual cada uno habla.

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  2. Para comprender mejor lo que significa posmodernidad recupero estos párrafos de una entrada anterior:

    "A) Filosofía posmoderna (Lyotard, Derrida): Su núcleo es el escepticismo hacia las "grandes narrativas" (el Progreso, la Razón, el Socialismo). Sostiene que la verdad es relativa, que "todo es interpretación" y que el lenguaje construye la realidad. Era originalmente un arma crítica de la izquierda. (Disculpen la tremenda simplificación del pensamiento de dos grandes autores, es funcional más que descriptiva).

    B) Sujeto posmoderno (Bauman, "Modernidad Líquida"): El individuo cuya identidad es flexible, fragmentada y consumista. Vive en un mundo de conexiones digitales superficiales, elecciones infinitas y desconfianza hacia las instituciones sólidas.

    C) Estética/Cultura posmoderna: Caracterizada por el pastiche, la ironía, el collage, los memes y la regla del "todo vale". No hay originalidad, solo recombinación y referencia constante.

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