Eros Contra el Goce del Odio.

                                     Por una Política del Deseo Civilizatorio



I - El Régimen Emocional del Fascismo

Devenir crueles y gozar. El programa de la ultraderecha es instaurar un régimen emocional donde el daño sea explícito, deseado y justificado. Su oferta libidinal es liberar la violencia: una recaída controlada en lo salvaje, una renuncia selectiva al pacto de la cultura.

Este pacto se basaba en la prohibición del asesinato y el reconocimiento del otro como semejante. El fascismo lo suspende para ciertos grupos, creando una zona franca para la crueldad del resto. Así, canaliza la agresividad y el resentimiento —productos de la frustración social— dándoles un objeto legítimo y un permiso social. Es un salvajismo con reglas, delimitado por el grupo, dirigido contra el chivo expiatorio, pero que mantiene la lealtad al líder y la disciplina interna.

El fascismo del fin de los tiempos se alimenta, por tanto, del goce de la transgresión: del placer de suspender el pacto civilizatorio contra la violencia asesina. Este placer se manifiesta en tres formas:

  • Goce de Romper el Tabú: Placer en violar el mandato supremo: el respeto a la vida del otro.

  • Goce de la Comunión Tribal: La violencia compartida crea un vínculo intenso. El odio al exterior consolida el amor interno.

  • Goce de la Simplificación: La complejidad del mundo moderno es angustiante. El fascismo ofrece un alivio: un mundo simple de héroes y villanos, de pureza y contaminación.

El desalojo de Badalona es la prueba concreta. Lo han hecho para ganar simpatías ofreciendo un festín de crueldad: el goce sádico de arrojar migrantes al frío; reforzar el odio que provoca ver cuerpos apiñados bajo puentes; disfrutar del caos y culpabilizar a las víctimas. Gozan odiando. Gozan con palabras y actos. Insultar, humillar, expulsar o matar… para el fascismo, la política es, en gran medida, una práctica sexual perversa donde el cuerpo del otro se reduce a instrumento de placer sádico.

Esta pulsión no es ajena. Uno de los agarres de Juego de Tronos era esperar el final merecido de los malos. Siempre había una muerte brutal para ellos. Deseábamos disfrutarlas. Esto es todo lo contrario a la actitud del soldado-monje, al uso de la violencia contra el mal donde no se disfruta. El fascismo cuaja con tanta facilidad porque, en un grado u otro, todos somos salvajes y disfrutamos de la crueldad. La actitud del soldado-monje o del verdugo ascético —que ejecuta por deber, no por placer— es una construcción cultural frágil, una capa delgada de civilización sobre un sustrato pulsional mucho más antiguo y poderoso. El fascismo tiene éxito porque no reprime ese sustrato; lo moviliza, lo organiza y le da un disfraz político. Ofrece el goce de la crueldad con el permiso moral de estar "del lado correcto".

El fascismo es, en definitiva, la anti-sublimación: el desencadenamiento directo y celebratorio del goce sádico, vestido de política. Por eso, combatirlo exige entender que compite en el mercado de los afectos y los deseos. La pregunta central es: ¿cuál es nuestra oferta libidinal? ¿Qué goce podemos oponer al goce de destruir? ¿Qué proyecto moviliza el deseo hacia la construcción de lo común, con la misma fuerza con que ellos movilizan el odio?

II - La Batalla por el Deseo

La respuesta pasa, como señala Raimundo Viejo Viñas, por una refundación extática del ideal emancipador: "Combatir a la ultraderecha hoy pasa por convertirse en una agencia política que entienda la democracia de forma completa y no solo como unas bases materiales sosteniendo una procedimentalidad. Es posible y urgente".

Debe ser una oferta libidinal más poderosa: un proyecto que movilice el deseo hacia la construcción, el cuidado y la ampliación de la vida. Frente al goce de destruir, el goce de crear lo común. Frente a la excitación de la crueldad, la exaltación de la solidaridad eficaz.

Esto implica respuestas concretas. El goce no debe estar en el castigo, sino en reparar el daño, restaurar el equilibrio social. La satisfacción profunda debe venir de sanar, no de herir. La cohesión debe surgir de la tarea compartida de construir algo —una ciudad, un sistema de cuidado, una transición energética—. El "nosotros" se define por lo que creamos juntos, no por lo que excluimos.

No podemos erradicar el goce sádico con sermones; es parte de nuestro equipaje evolutivo. Lo que podemos —y debemos— hacer es lo que la civilización siempre ha intentado, con éxito parcial: sublimarlo, redirigir su energía hacia fines creativos y comunitarios.

El reto, entonces, es claro: que el mundo vuelva a disfrutar de Eros en lugar de Tanatos, que quiera ser civilizado en lugar de tribal, que disfrute del bien -común- y rechace el mal -sádico..

III - Hacia un Sagrado Democrático

Y ahí es donde la espiritualidad tiene que hacer su trabajo: que ser civilizado vuelva a ser deseable. Es más fácil que una persona quiera el bien por su comunión con lo sagrado que leyendo un discurso filosófico sobre la moral. La filosofía argumenta; lo sagrado convoca, electriza y transforma. Y el problema es que el fascismo ha creado un sagrado pervertido: lo sagrado es la sangre, la tierra, la raza pura. Su ritual es la exclusión; su éxtasis, el odio.

Pero la tarea no es volver a las catedrales. Se trata de encontrar o crear experiencias, símbolos y prácticas colectivas que generen ese mismo temblor de trascendencia y comunión, pero orientadas hacia la vida (Eros), no hacia la muerte (Tanatos). Nuestro reto es generar un "sagrado democrático", un sentido de trascendencia que nazca desde abajo, de la experiencia compartida de la fragilidad, la interdependencia y la belleza del mundo, y que se exprese en un compromiso libre con su cuidado.

Para ello, necesitamos nuevos pilares:

  • Una cosmología abierta, no tribal: El fascismo se nutre de una cosmología clausurada ("nuestro pueblo contra el mundo"). Una espiritualidad civilizatoria necesita una cosmología abierta y ecológica que enfatice la interdependencia y el cuidado de la red de la vida. El concepto chino de "Ecocivilización" trasciende lo político: es un mandato cósmico de armonía. Ofrece una trascendencia en la interdependencia, no en la exclusión.

  • Rituales de construcción, no de violencia: El fascismo ritualiza la violencia. La espiritualidad alternativa debe ritualizar el acto de construir, reparar y cuidar. El "éxtasis" debe venir de la participación en un proyecto de restauración del mundo.

  • Una narrativa de redención colectiva: No es solo un plan económico lo que necesitamos, sino también una narrativa de redención colectiva que ofrezca sentido trascendente a la vida individual a través de la contribución al proyecto común. Es una forma de salvación histórica.

El reto final es hacer que ese "algo más grande" no sea la nación étnica purificada, sino la civilización humana como obra de arte colectiva en proceso, frágil, compleja y digna de ser salvada, con toda su diversidad imperfecta.

El fascismo ganará si consigue que la gente crea que el futuro será peor y que la única satisfacción posible es la venganza tribal. Nosotros solo ganaremos si logramos que la gente crea —y, más importante, sienta— que el futuro puede ser mejor, y que la mayor satisfacción es construirlo juntos.

La gente no será buena solo porque Spinoza o Kant tengan razón. Lo será si siente, en las fibras más profundas de su ser, que pertenece a algo tan vasto, complejo y hermoso que cuidarlo se convierte en la forma más natural y gozosa de existir. La tarea política y cultural del siglo XXI es hacer experiencialmente palpable ese "algo". Sentir el placer de regenerar y cuidar nuestro planeta y la vida que alberga. Ese es el resto. 

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