Tiempo de trabajo y horizonte postcapitalista: La Disputa por el tiempo.
Introducción.
Todos queremos lo mismo: satisfacer nuestras necesidades básicas y disponer del máximo tiempo libre de trabajo.
Hace años, décadas ya, volvíamos de un viaje en coche con mis padres. Al pasar por el peaje de una autopista, comenté: “Ese trabajo —encerrado ocho horas cobrando tickets en una cabina en medio de la nada— debería desaparecer”. Mi padre respondió: “¿Y de qué vivirá esa gente?”. Aquel debate no fue fructífero. En ese momento, no estaba preparado para dar una respuesta bien organizada. Hoy puedo hacerlo mejor.
Este texto es, en parte, una respuesta a esa pregunta. Obviamente, se trata de una respuesta breve. Cada una de las ideas y aspectos que abordo necesitarían volúmenes enteros para ser desarrollados con todo el detalle que merecen. No es esa mi intención, ni está al alcance de mi tiempo y capacidades. Mi objetivo es más modesto: ofrecer un texto capaz de sintetizar las ideas principales en juego y hacerlas accesibles a la mayoría de la gente, que no tiene ni el tiempo ni la energía para adentrarse en todos los matices y perspectivas implicadas.
Al hilo del debate de estas semanas en España sobre la reducción de la jornada laboral, este escrito pretende ser solo una apertura a la imaginación, una invitación a visualizar y desear otro tipo de acuerdo social en torno al trabajo, un aspecto crucial en las sociedades modernas.
Soy consciente de que dejo fuera cuestiones esenciales que deberían ser abordadas para hacer viable esta visión —como el tipo de construcción política que permitiría este nuevo pacto en el intercambio de bienes y labores—. Tampoco abordo la estrategia concreta para corregir el rumbo político global y hacer posible este horizonte. Me limito a esbozar, con humildad pero con convicción, la coherencia última de otra forma de vivir y relacionarnos.
Tiempo de trabajo y horizonte postcapitalista.
I. El horizonte post-laboral y la necesidad de una reestructuración económica radical
El debate político en torno a la reducción de la jornada laboral trasciende lo meramente técnico o laboral; en su trasfondo se juega la posibilidad de concebir otro tipo de comunidad.
La premisa central que lo impulsa la reflexión de este texto, pensando en una reducción de la jornada hasta el mínimo imprescindible, es la siguiente: si la jornada laboral necesaria para reproducir la vida se vuelve tan corta que haga inviable la economía basada en la empresa privada —al no generar suficiente plusvalía para sostener la estructura capitalista—, la respuesta no puede ser aferrarse a un sistema obsoleto, sino impulsar una reestructuración consciente y radical del sistema económico.
Este escenario, lejos de ser una mera especulación, es una posibilidad técnica tangible gracias a los avances en automatización y productividad. Si la automatización y la productividad alcanzan un nivel tan alto que el trabajo humano necesario es mínimo, el problema central dejaría de ser la escasez para convertirse en la distribución de la abundancia. La solución, por tanto, implica una transición post-capitalista que podría articularse en varios pilares fundamentales.
En primer lugar, la implementación de una Renta Básica Universal (RBU) se erige como una condición necesaria. Un ingreso garantizado para toda la población, financiado mediante impuestos a la riqueza generada por la automatización (robots, IA, etc.), desvincularía la supervivencia básica del empleo remunerado, proporcionando una base material para la libertad individual.
En segundo término, el objetivo mismo de la economía tendría que ser redefinido. El paradigma de la acumulación de capital debería ceder su lugar a una Economía del Bien Común o Social del Conocimiento, donde el "éxito" se midiera mediante indicadores de calidad de vida, bienestar humano y sostenibilidad ecológica, y no únicamente por el crecimiento del PIB.
Por último, la propia estructura de la propiedad y la gestión requeriría una transformación profunda. El cooperativismo y la propiedad colectiva ofrecen un modelo viable donde los trabajadores, aunque sean muchos menos en número, serían también los dueños de los medios de producción automatizados, distribuyendo los beneficios de manera más equitativa y tomando las decisiones de forma democrática.
II. Redefinición del Concepto de "Trabajo" y "Valor"
Además, esta transición obligaría a una redefinición radical del concepto de "trabajo" y "valor". El sistema capitalista tradicional los equipara de forma reductiva con "empleo asalariado". Una sociedad con jornadas ultracortas disociaría necesariamente estos términos, lo que conllevaría:
Valorización del Trabajo No Remunerado: Actividades esenciales para la vida y la comunidad, como el cuidado de niños y ancianos, el arte, la educación comunitaria, el voluntariado y el activismo, serían reconocidas como pilares fundamentales de la sociedad, aunque no generen un salario directo.
Ocio Creativo y Desarrollo Personal: La vida giraría en torno al desarrollo de capacidades personales, la creatividad y la participación ciudadana, no alrededor de un puesto de trabajo. El "trabajo necesario" se repartiría de manera justa, liberando tiempo para lo que realmente importa.
Esta transición, sin embargo, no sería automática ni pacífica. Enfrentaría resistencias monumentales: la resistencia del capital de aquellos con interés en mantener la acumulación en pocas manos; la crisis fiscal del Estado, cuya financiación depende actualmente de impuestos sobre el trabajo y el consumo, lo que exigiría nuevos modelos basados en gravar el capital y la robótica; y un profundo desafío cultural, dada la íntima ligazón de nuestra identidad y estatus social con el empleo remunerado. Una sociedad post-laboral requeriría un cambio cultural masivo para encontrar valor en otras áreas de la vida.
En definitiva, la pregunta que plantea una jornada laboral mínima no es tecnológica, sino política y ética. Lo que "deberíamos" hacer es prepararnos para esa transición de manera proactiva: debatir socialmente el modelo, implementar políticas de transición, reformar el sistema fiscal e invertir en una educación que prepare a las personas para una vida donde el propósito no provenga principalmente de un empleo y fomentar la creatividad, el pensamiento crítico y la participación comunitaria. El objetivo final sería construir conscientemente un nuevo sistema que distribuya la abundancia y libere el tiempo humano para fines más elevados.
III. La absurdidad de la productividad: la jaula de hierro del capitalismo
Avanzar en esta reflexión conduce a una conclusión ineludible: resultaría absurdo seguir trabajando más de lo estrictamente necesario para vivir, únicamente por estar atados a un sistema incapaz de adaptarse a nuestras necesidades reales. Esta afirmación apunta directamente al núcleo de lo que economistas y filósofos han denominado la "jaula de hierro" de la racionalidad capitalista: un sistema que, de forma autotélica, prioriza la acumulación de capital y el crecimiento del PIB por encima del bienestar humano real, incluso cuando la base material que alguna vez lo justificó deje de existir.
Este absurdo se manifiesta en varios frentes. En primer lugar, se observa la falacia de la productividad como fin en sí misma. El sistema interpreta que una máquina que duplica la productividad significa que una persona puede producir el doble en la misma jornada, no que puede producir lo mismo en la mitad de tiempo. De este modo, el beneficio del progreso técnico se canaliza sistemáticamente hacia mayores ganancias para unos pocos, en lugar de traducirse en más tiempo libre para la mayoría.
En segundo término, el sistema requiere la creación constante de necesidades artificiales para mantener el ciclo de producción y consumo. Se fomenta un consumo conspicuo que obliga a trabajar horas extras para adquirir bienes superfluos, con el fin de impresionar a otros, manteniendo así una "rueda de hámster" que ha perdido por completo su vínculo con la supervivencia o la mejora genuina de la vida.
Por último, subyace una profunda confusión entre valor y precio. Actividades fundamentales para la vida y la sociedad —como el cuidado de niños y ancianos, el trabajo doméstico o el voluntariado comunitario— carecen de "valor" en el mercado al no recibir un salario. Mientras, trabajos socialmente dañinos o superfluos pueden estar extraordinariamente bien remunerados. El sistema solo mide lo que puede cuantificar en dinero, ignorando por completo lo que realmente importa.
Frente a esta absurdidad, la única salida viable es la acción política consciente. La tecnología, por sí sola, no conducirá automáticamente a una utopía de tiempo libre; sin intervención, puede fácilmente desembocar en una distopía de desigualdad masiva. El camino exige, por tanto, reclamar el tiempo como un derecho —donde propuestas de reducción de jornada son el primer frente de batalla—, redefinir el concepto de "progreso" mediante nuevos indicadores de éxito que midan la salud, la educación y la sostenibilidad, y comenzar a valorar socialmente el trabajo de cuidados y el ocio creativo como pilares de una vida plena.
En esencia, se revela como profundamente irracional seguir sacrificando nuestro tiempo de vida —el recurso más finito— en el altar de un sistema económico que ya no sirve a las necesidades humanas reales. La solución, por tanto, no es técnica, sino ética y política: se trata de elegir colectivamente la liberación sobre la acumulación, el tiempo sobre el consumo y la vida sobre el trabajo.
IV. La incompatibilidad estructural con el capitalismo
Dicho de otro modo, la contradicción fundamental se expresa con claridad: tratar de organizar nuestra vida productiva y reproductiva hacia el mínimo esfuerzo colectivo necesario, liberando así la vida del trabajo, es inherentemente incompatible con la lógica central del capitalismo. Esta incompatibilidad no es superficial o contingente, sino que radica en los principios estructurales que sostienen el sistema.
Se puede desglosar esta incompatibilidad en varios ejes clave. En primer lugar, el capitalismo requiere de la escasez artificial para funcionar. Si las necesidades básicas se cubrieran con poco esfuerzo y el tiempo libre fuera abundante, la presión para vender la fuerza de trabajo por un salario se desplomaría. El sistema depende, por tanto, de que la mayoría necesite emplearse para sobrevivir, manteniendo una oferta de trabajo constante y disciplinada.
En segundo lugar, existe una mercantilización del tiempo esencial para el capital. En este sistema, el tiempo es convertido en mercancía —horas de trabajo vendidas a cambio de un salario—. Liberar el tiempo significa desmercantilizarlo, sacarlo de la esfera del intercambio mercantil. Un tiempo libre no productivo en términos capitalistas es, desde esta lógica, un tiempo "perdido" para la acumulación.
En tercer término, se encuentra el mecanismo mismo de la plusvalía y la acumulación. El motor del sistema es la obtención de plusvalía, es decir, el valor que un trabajador genera por encima del coste de su salario. Reducir la jornada laboral, especialmente sin reducir los salarios, erosiona directamente la base de esa plusvalía. Un horizonte de trabajo cercano a cero amenaza el mecanismo mismo de acumulación de capital, desactivando su principal fuente de energía.
Por último, el trabajo asalariado a tiempo completo no es solo un modo de producción; es también un potente mecanismo de control y disciplina social. Liberar a las personas del trabajo convencional las liberaría también de esa estructura disciplinaria, creando un sujeto social menos gobernable por la lógica del mercado y más volcado hacia la autoorganización, la comunidad y la búsqueda de fines propios.
En esencia, el capitalismo no puede permitirse una sociedad de la abundancia de tiempo porque su arquitectura se basa en la escasez de tiempo y recursos. Lo que se describe aquí apunta, inevitablemente, hacia un horizonte post-capitalista. No necesariamente implica una abolición violenta o abrupta, pero sí una transición consciente hacia un modelo donde el objetivo central de la economía sea la reproducción de la vida y no la reproducción del capital; donde el valor se mida por el bienestar social y ecológico, no por la ganancia monetaria; y donde la tecnología esté al servicio de la liberación del tiempo humano, y no de su explotación.
V. Mercado, plusvalía y crematística: desvelando la mistificación capitalista
Imaginemos un mercado ideal, como los que describían los primeros filósofos. Un lugar donde dos personas intercambian cosas porque cada una necesita lo que tiene la otra: tu pan por mi leche. Lo fundamental es que el intercambio es justo: el valor de lo que das y lo que recibes es equivalente. A eso se le llamaba el verdadero mercado, o "economía": el arte de administrar los recursos para cubrir necesidades de la comunidad.
Ahora demos un salto a nuestro mundo. Se nos dice que vivimos en una "economía de mercado". ¿Pero es esto cierto? Para descubrirlo, debemos fijarnos no en el intercambio de panes y ordenadores, sino en la relación fundamental que lo hace todo posible: el contrato de trabajo.
El truco de magia en el centro del sistema
Cuando una empresa te contrata, te compra tu tiempo y tu capacidad de trabajar —tu "fuerza de trabajo"— por un salario. Aquí ocurre la magia (o el truco): tú produces en tu jornada mucho más valor del que recibes como salario. Ese excedente, ese valor extra que generas y no se te paga, es el plustrabajo o plusvalía. Es la fuente del beneficio del empresario.
Pensemos en esto con el mercado ideal en mente. Si el mercado es un intercambio de equivalentes... ¿es equivalente intercambiar un salario por una jornada en la que generas más valor del que cuesta ese salario? Claramente, no. Hay una parte del valor que no se intercambia, sino que se transfiere de una persona (el trabajador) a otra (el capitalista). Es un intercambio desigual por diseño.
Por tanto, la conclusión es demoledora: el sistema capitalista no se basa en el intercambio de equivalentes. Se basa en una relación estructural de no-equivalencia y extracción. Esa es su esencia oculta.
Crematística: cuando el dinero se convierte en el fin
Aristóteles ya identificó esta perversión hace más de dos mil años. Le puso un nombre que lo dice todo: Crematística (del griego chrematistiké).
- La "Economía" (Oeconomia) era para él la gestión de la casa para el bien común, el intercambio justo para satisfacer necesidades.
- La "Crematística" era el arte de enriquecerse, de acumular dinero por el dinero mismo. Consideraba esta búsqueda infinita de riqueza como "antinatural", porque corrompía el verdadero fin del intercambio.
El capitalismo no es, por tanto, la realización del mercado. Es la victoria de la Crematística. Ha convertido el dinero —que debería ser un medio para facilitar el intercambio— en un fin en sí mismo, en un dios que exige crecimiento y acumulación infinitos. Y para alimentar a ese dios, necesita extraer plusvalía de forma sistemática.
La paradoja final: superar el capitalismo para lograr el mercado
Esto invierte por completo la propaganda oficial. No es que el capitalismo sea el reino del mercado libre y justo. El capitalismo es, en su núcleo, el enemigo sistemático del verdadero mercado, porque su relación fundacional (el contrato laboral) es una relación de explotación, no de intercambio equivalente.
De aquí surge una paradoja poderosa y esperanzadora:
La abolición del plustrabajo —es decir, la superación del capitalismo— no destruiría el "mercado". ¡Al contrario, lo haría posible por primera vez en la historia!
Al eliminar el mecanismo que fuerza la extracción de valor de una clase por otra, liberaríamos las relaciones humanas de esa distorsión. Las personas podrían entonces interactuar como productores libres y asociados, intercambiando bienes, servicios y conocimientos basándose en su valor real y en las necesidades de la comunidad, y no en la compulsión ciega de acumular capital para unos pocos.
No se trata de destruir el intercambio, sino de eliminar el parásito que lo corrumpe. Se trata de pasar de la Crematística (la acumulación infinita) a la verdadera Economía (la gestión de la abundancia para la vida). Solo así tendríamos, por fin, la posibilidad de un intercambio genuino.
VI. La dimensión ecológica: un planeta que susurra "gracias"
Desmantelar la economía crematística no es solo beneficioso para el ser humano; es una condición de supervivencia para el conjunto de la biosfera. Si el planeta pudiera hablar, su agradecimiento sería un suspiro de alivio cósmico, el sonido de un sistema al borde del colapso volviendo al equilibrio. Esta perspectiva ecológica es fundamental para comprender la urgencia de la transición.
La razón es estructural: la crematística tiene un mandato intrínseco e incompatible con la finitud del planeta: ¡Crece! El capital debe expandirse, reproducirse y acumularse continuamente. Es un sistema que colapsa si no crece. Pero este imperativo choca frontalmente con la realidad de un planeta de recursos finitos y ecosistemas con límites físicos claros. Cada nuevo 'punto de PIB' significa más minerales extraídos, más bosques convertidos en plantaciones, más plástico en los océanos.
Además, la lógica capitalista se basa en la externalización de costes. Mide el "éxito" por la ganancia monetaria privada, y para maximizarla, traslada los costes reales a la sociedad y al planeta. La contaminación, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático no aparecen en el balance de una empresa; son "gratis" para el capitalista, pero con un coste inmenso para la vida. Lo que el capitalismo llama 'externalidad', el planeta lo llama 'envenenamiento de mis ríos', 'erosión de mi suelo' y 'fiebre de mi atmósfera'.
Para mantener esta rueda de crecimiento infinito, el sistema
• Menos consumo, ya que, con más tiempo libre, el consumo deja de ser el centro de la vida. La gente puede dedicarse a actividades de bajo impacto: cuidar un huerto, reparar, compartir, crear arte, participar en la comunidad. El ocio sustituye al consumo como fuente de satisfacción hipercontaminante.
• Una revalorización de lo local y lo "slow", priorizando la calidad sobre la cantidad, lo durable sobre lo desechable, lo cercano sobre lo globalizado e debe inventar constantemente deseos y necesidades nuevas, alimentando un consumismo voraz. Esto genera una espiral de producción de basura, obsolescencia programada y un uso delirante de energía y recursos para satisfacer demandas artificiales, agotando al planeta para producir cosas que no se necesitan, mientras se ignoran las necesidades reales de aire limpio, agua dulce y climas estables.
Es aquí donde la reducción de la jornada laboral se revela como una medida ecológicamente revolucionaria. Menos horas dedicadas a la producción crematística significan:
• Menos producción, lo que implica una menor presión extractiva sobre los ecosistemas. La liberación del tiempo humano se convierte, así, en el camino más directo hacia la sostenibilidad planetaria.
VII. El fascismo como reacción del capital ante la amenaza de la liberación
Ante la perspectiva de una liberación del tiempo que amenace los cimientos de la acumulación, el capital despliega su recurso último y más brutal: el fascismo. Este no es una mera "ideología loca", sino un instrumento de clase, metódico y brutal, cuyo objetivo primordial es impedir el paso hacia la sociedad del tiempo liberado.
La función de clase: salvar la propiedad suspendiendo la política
El fascismo emerge como una solución desesperada del capital cuando sus contradicciones se agudizan —crisis económicas profundas, descontento social masivo, auge de movimientos que amenazan la propiedad privada y la plusvalía— y la democracia liberal, que permite cierta contestación, se vuelve un riesgo. Su función es doble: aplastar por la fuerza cualquier movimiento que busque una redistribución radical de la riqueza o la socialización de los medios de producción, y salvar la propiedad privada capitalista suspendiendo todas las libertades políticas que podrían cuestionarla.
El mecanismo clave: dividir sustituyendo la lucha de clases
El núcleo de su estrategia es dividir a la clase obrera, que es internacional y, si se une, tiene el poder de transformar el sistema. El fascismo lo impide sustituyendo la lucha de clases por la lucha nacional o racial. Propone que el conflicto central no es entre explotados y explotadores, sino entre "la nación" (una comunidad mítica que incluye al patrón y al obrero "nacionales") y sus "enemigos" externos e internos.
Crea así un chivo expiatorio para desviar la ira legítima de los trabajadores: el extranjero que "te quita el trabajo" o el "enemigo interno degenerado" —el "vago" que vive de subsidios (atacando así el Estado del bienestar), el "rojo" que quiebra la unidad nacional, el homosexual que degenera la moral tradicional—. De este modo, destruye la solidaridad de clase, persuadiendo al obrero español de que su verdadero enemigo es el obrero marroquí.
El ataque frontal a la liberación del tiempo
Esta maquinaria ataca directamente el corazón de la propuesta emancipatoria. La promesa de trabajar menos (reducir la jornada, RBU) es profundamente revolucionaria porque amenaza la base de la explotación: el plustrabajo. El fascismo la contrarresta exaltando la "cultura del trabajo" hasta el extremo, haciendo del sacrificio laboral un valor moral y nacional, y demonizando el ocio o el tiempo libre como "vagancia".
Persigue a los "parásitos", catalogando como "enemigos de la patria" a todos aquellos que no productivizan su vida al servicio del capital (artistas críticos, jóvenes precarios, beneficiarios de subsidios, disidentes). Defiende un capitalismo de guerra donde el único objetivo es la producción intensiva para la "grandeza nacional", obliterando cualquier discurso sobre repartir el trabajo o liberar tiempo para la vida.
Conclusión: la negación violenta de la alternativa
En esencia, el fascismo es la negación violenta de la posibilidad de una sociedad del tiempo liberado. Es la reacción furiosa del capital cuando siente que su derecho sagrado a explotar el tiempo ajeno —y, por extensión, los recursos del planeta— está en peligro. Su propósito final es fragmentar a la única fuerza que puede cambiar el sistema, aterrorizar y eliminar físicamente toda disidencia, y restablecer las condiciones óptimas para la extracción de plusvalía y la acumulación de capital, aunque sea sobre una montaña de cadáveres y la aniquilación de las libertades. Entenderlo no es solo una cuestión histórica; es una urgencia analítica para el presente.
VIII. Refutación de contrarargumentos: riesgo, innovación y naturaleza humana
Toda propuesta de transformación radical debe enfrentarse a contrarargumentos previsiblemente esgrimidos para defender el statu quo. Dos de los más recurrente contra la superación del capitalismo son: 1) la retribución del riesgo y la innovación como justificación de la plusvalía, y 2) la acusación de que el postcapitalismo alimentaría a "gorrones", basada en una visión antropológica negativa y pesimista.
1. "La retribución del riesgo y la innovación como justificación de la plusvalía"
El argumento sostiene que el beneficio del capitalista es una justa recompensa por el riesgo asumido con su dinero y por su capacidad de innovación. Sin embargo, este planteamiento se desmonta al analizarlo en detalle.
En primer lugar, cabe preguntarse quién asume realmente el riesgo. En la práctica, rara vez lo asume solo el capitalista. El trabajador arriesga su sustento diario: sufre despidos, precariedad y salarios insuficientes. Si la empresa quiebra, el capitalista puede perder una inversión (a menudo diversificada), pero el trabajador pierde de la noche a la mañana su única fuente de ingresos. Además, el Estado —es decir, toda la sociedad— actúa frecuentemente como red de seguridad mediante rescates bancarios, subsidios de desempleo e infraestructuras públicas que usan las empresas. Así, el riesgo se socializa, mientras el beneficio se privatiza.
En segundo término, es crucial discernir si el "riesgo" es un creador de valor. La respuesta es negativa. El riesgo es una condición para la inversión, no la fuente del valor de las mercancías. El valor lo crea el trabajo humano aplicado a los medios de producción. Un capitalista puede arriesgarse mucho en una mina y no encontrar nada: el riesgo no creó oro. O puede arriesgarse poco y ganar millones explotando una app con mano de obra barata. El riesgo no determina el valor, sino la suerte o el grado de explotación.
Por último, la innovación no es (solo) del capitalista. La inmensa mayoría de la innovación radical —internet, GPS, pantallas táctiles, algoritmos básicos de IA— surge de investigación pública financiada con fondos comunes (universidades, agencias estatales). El capitalista luego la privatiza, la empaqueta y extrae plusvalía de ella. Incluso la innovación incremental en una empresa la realizan ingenieros, diseñadores y trabajadores, no el accionista que aporta el capital. Ellos son los creadores; el capitalista es el apropiador.
La "retribución al riesgo" es una racionalización a posteriori. La plusvalía no es un "pago justo" por un servicio, sino el resultado estructural de una relación de poder desigual.
2. "El postcapitalismo alimenta a los gorrones (y la
naturaleza humana es egoísta)"
El argumento afirma que, sin la coerción del mercado y el hambre, la gente no trabajaría, llenándose la sociedad de 'gorrones' que vivirían a costa de los demás, pues el ser humano es inherentemente vago y egoísta. Esta visión es profundamente errónea.
Para empezar, la "naturaleza humana" no es fija; es moldeada por el sistema. El capitalismo premia y fomenta el egoísmo, la competencia y la acumulación individual, para luego dar la vuelta y afirmar "¡miren, el humano es egoísta!" como si fuera una ley natural inmutable. La antropología y la historia muestran que los humanos tenemos una profunda capacidad para la cooperación, la reciprocidad y el altruismo, bases de sociedades precapitalistas y muchas comunidades indígenas.
Además, cabe preguntarse quién es el verdadero "gorrón" en el sistema actual. ¿La persona que recibe una Renta Básica para no morir de hambre, o el heredero que vive de dividendos de acciones que no gestiona, el landlord que cobra una renta especulativa, o el CEO que gana 400 veces el salario de su empleado medio? El sistema actual está diseñado para recompensar la ociosidad del capital (el dinero que genera dinero sin trabajo) mientras demoniza la ociosidad de los pobres.
Finalmente, la motivación humana va mucho más allá del dinero. La evidencia de la psicología y la economía conductual es clara: una vez cubiertas las necesidades básicas, la gente trabaja por propósito, reconocimiento, comunidad, curiosidad y auto-realización. Artistas, científicos de laboratorio público, voluntarios en ONGs o desarrolladores de software libre no lo hacen por dinero, sino por pasión, contribución y ganas de aprender.
El "gorroneo" es un espantapájaros utilizado para mantener la coerción laboral. La mayoría de la gente quiere contribuir y sentirse útil. Un sistema que confíe en las personas y les garantice la existencia material no se colapsaría por la vagancia; florecería en creatividad y cooperación.
En esencia, ambos contrarargumentos defienden un sistema basado en el miedo y la escasez. La propuesta postcapitalista es, en cambio, una apuesta por la abundancia, la confianza y la libertad humana real.
IX. El florecimiento del ocio productivo: de la sociedad de productores a la sociedad de creadores
Una convicción surge con fuerza al contemplar este horizonte: la reducción del tiempo de trabajo productivo a lo estrictamente necesario no conduciría al ocio vacío, sino que provocaría una expansión exponencial del ocio productivo. Este, a su vez, impulsaría la educación, el arte, la filosofía y la ciencia, generando insospechadas líneas de retroalimentación interdisciplinaria.
Paralelamente, el ocio alienante e insano se reduciría, pues las puertas de las pasiones se abrirían de par en par. Esta visión constituye la esencia de una utopía concreta—un horizonte no solo deseable, sino posible a partir de las condiciones materiales existentes.
Lo que se describe es una transformación radical de la experiencia humana, donde la distinción rígida entre "trabajo" y "ocio" se difumina para dar paso a lo que los griegos clásicos llamaban skholē (σχολή), tiempo libre dedicado al aprendizaje y la reflexión—el origen etimológico de nuestra palabra "escuela". Este florecimiento se sustentaría en varios pilares:
En primer lugar, el "ocio productivo" se erigiría como motor del progreso real. La historia muestra que los mayores saltos en ciencia, arte y filosofía a menudo surgieron de élites ociosas o de intelectuales con tiempo protegido. Imaginar esto escalado a toda la sociedad es proyectar un panorama de inmensa riqueza cultural: personas con tiempo y curiosidad podrían dedicarse a problemas de fondo, no solo a los comercialmente rentables; el arte dejaría de ser principalmente una mercancía para convertirse en una expresión comunitaria; y la capacidad de pensar críticamente sobre la sociedad, la ética y el futuro dejaría de ser un lujo para convertirse en una práctica cotidiana, constituyendo el mayor antídoto contra la manipulación y el autoritarismo.
En segundo término, se produciría una potente retroalimentación interdisciplinaria. Cuando el tiempo deja de ser dinero, la especialización estrecha y competitiva daría paso a la exploración transversal. Un neurocientífico podría estudiar filosofía de la mente, un ingeniero colaborar con artistas en instalaciones bio-tech, un carpintero escribir tratados de estética. Estas conexiones son el caldo de cultivo de las revoluciones paradigmáticas y el conocimiento integral.
Un tercer efecto sería la reducción del "ocio alienante". El capitalismo no solo aliena el trabajo; también aliena el ocio, convirtiéndolo en consumo compulsivo para llenar un vacío existencial, entretenimiento pasivo que adormece la crítica, o mera evasión para recuperarse y poder volver a trabajar. Al liberar el tiempo y hacer la vida intrínsecamente gratificante, este ocio alienante perdería su razón de ser.
La clave de esta transformación es el florecimiento de las pasiones. El ser humano es naturalmente curioso y creativo. La "fuerza de trabajo" es una abstracción que reduce nuestro potencial a una mercancía. Lo que somos es "fuerza de vida". Al garantizar la seguridad material y regalar tiempo, se desbloquea esa fuerza. Las pasiones dejarían de ser hobbies marginales para convertirse en los ejes centrales de una vida con propósito. La gente no "no haría nada"; se volcaría en lo que siempre quiso hacer pero nunca tuvo tiempo: aprender un instrumento, escribir, investigar la historia local, crear un huerto comunitario, enseñar a otros.
Se trata, en definitiva, del paso de una sociedad economicista —donde el valor se mide por la producción—a una sociedad cultural—donde el valor se mide por la creación y el florecimiento. Es la materialización de la famosa frase de Marx en La Ideología Alemana sobre la sociedad comunista, donde nadie tiene una esfera exclusiva de actividad y cada cual puede realizarse en el ámbito que desee. Esta visión no es una fantasía, sino la conclusión lógica de aplicar la razón humana a la pregunta: "¿Cómo queremos vivir?". La tecnología ya existe; los recursos están ahí. El único obstáculo es un sistema social que prioriza la acumulación de capital muerto sobre la pulsión de vida.
X. Utopía concreta: Marcuse y la liberación del Eros
La reflexión sobre la liberación del tiempo y el florecimiento humano encuentra un eco profundo y una base teórica sólida en la filosofía de Herbert Marcuse y la Escuela de Fráncfort. Su concepto de "utopía concreta" —un horizonte posible basado en el potencial latente en las fuerzas productivas existentes—, brillantemente analizado en textos como "Erótica, estética, revolución: las utopías concretas de Herbert Marcuse" de Amador Fernández-Savater, resume poderosamente el núcleo de la propuesta y su relevancia actual. Esta conexión no es casual, sino que ilumina y dota de profundidad teórica las dimensiones más transformadoras de la discusión.
El proyecto marcuseano nos deja varias claves para pensar la transformación del trabajo. En primer lugar, se alza como una lucha frontal contra el "realismo capitalista" —la doctrina del "there is no alternative" (TINA) thatcheriano— que nos convence de que "lo que hay es lo que hay" y que cualquier alternativa es ingenuo o imposible. Nuestra discusión sobre la viabilidad técnica de una semana laboral ultracorta choca contra este muro ideológico. Marcuse nos urge a rechazar este realismo como la mayor de las ilusiones y a afirmar la posibilidad real de un mundo cualitativamente diferente.
En segundo lugar, la liberación del tiempo es, en esencia, la liberación del Eros. Él argumentaba que el capitalismo requiere un "exceso de represión" que mutila nuestra
• Tiempo libre autónomo: No el ocio alienante del consumo compulsivo, sino el tiempo para el cuidado, el arte, la comunidad —la skholē.
• La "sublimación creadora": No se trata de liberar pulsiones de forma caótica, sino de canalizar esa energía libidinal (Eros) hacia la creatividad, el conocimiento y el cuidado de los otros y del planeta. sensualidad y nuestro principio de placer. Liberar tiempo no es solo para "no hacer nada"; es para activar lo que se podría llamar una "relación amorosa con el mundo". Esto se materializaría en:
• Trabajo creador y no alienante: Exactamente lo que surge cuando el trabajo necesario se reduce al mínimo y el "ocio productivo" florece.
En tercer término, la estética y la nueva sensibilidad juegan un papel central. La mención a la "retroalimentación interdisciplinaria" resuena con la idea de Marcuse de que el arte y la estética no son un lujo, sino el órgano de una "nueva sensibilidad". Una sociedad con tiempo liberado podría cultivar una percepción no instrumental del mundo: no ver un bosque como "madera potencial", sino como un "cosmos con sus propias potencialidades". Esta sería la base de una ética ecológica genuina.
Finalmente, la política se convierte en terapia social y antropología. El proyecto no es solo redistribuir riqueza, sino crear un nuevo tipo de ser humano: fisiológica y psicológicamente diferente —menos agresivo, menos competitivo, menos ansioso; más receptivo, más curioso, más cooperativo—. Una persona con una "segunda naturaleza", donde sus instintos y pulsiones estén reeducados para la libertad y la armonía, no para la dominación y la sumisión.
La propuesta de reducir el trabajo productivo al mínimo necesario es, en este sentido, la condición material previa esencial para esta transformación antropológica. Sin ella, seguiremos siendo seres mutilados, demasiado exhaustos para ser otra cosa. ¿Es esto ingenuo? Sí, pero con la ingenuidad de quien se niega a aceptar los límites de lo posible impuestos por el poder. Es la misma ingenuidad que impulsó la abolición de la esclavitud o el sufragio universal.
En resumen, no se está hablando solo de una reforma laboral. Se está articulando un proyecto marcuseano por excelencia: usar la abundancia material y tecnológica que el capitalismo ha creado (pero distorsionado) para dar el salto hacia una civilización cualitativamente diferente, basada en el Eros, la sensibilidad y la libertad real. Es la materialización de la utopía concreta.
XI. Hacia un pluriverso de mundos posibles
Para cerrar esta reflexión queremos proponer una imagen que esboza el horizonte de esta utopía concreta: la de un mundo donde una joven yanomami pueda estudiar Bellas Artes en São Paulo, ingeniería en Berlín o filosofía en Kinshasa para, después, regresar a la Amazonía, donde continuará siendo una cazadora-recolectora que por las noches participa en rituales con peyote, conservando y reformulando sus mitos, y gozando de una esperanza de vida equivalente a la de cualquier habitante urbano. Este escenario no plantea una simple coexistencia, sino una fusión dialéctica que trasciende las dicotomías occidentales y modernas —naturaleza vs. tecnología, tradición vs. vanguardia, local vs. global, arcaico vs. futurista—, representando la superación de la elección forzada.
La realización de esta visión implica varias condiciones de posibilidad radicales:
1. Abolición de la jerarquía de saberes: La universidad dejaría de ser una institución que impone un modelo único de "conocimiento válido" (el occidental, científico-técnico) para transformarse en una plataforma de intercambio donde el saber yanomami sobre la farmacopea de la selva o la cosmovisión del jaguar tiene el mismo estatus que la filosofía kantiana o la ingeniería de materiales. La estudiante no "iría a aprender" en un sentido unidireccional, sino a dialogar y enriquecer su propio acervo cultural con otras herramientas.
2. Tecnología al servicio de la autonomía bioregional: La ingeniería que aprendería no sería la que diseña megaproyectos extractivistas, sino una tecnología apropiada y liberadora: sistemas de energía solar de bajo impacto, métodos para purificar agua, uso de drones para monitorizar la deforestación ilegal, redes de comunicación global que fortalezcan la soberanía local. La tecnología dejaría de ser un caballo de Troya del colonialismo para convertirse en una herramienta de autodefensa y florecimiento cultural.
3. Esperanza de vida como derecho político universal: Que su esperanza de vida equivalga a la urbana significaría que la sociedad global ha garantizado el acceso a la salud avanzada sin destruir su mundo. Implicaría sistemas de salud descentralizados y respetuosos, donde la medicina occidental convive y aprende de la medicina tradicional, y donde la atención médica de vanguardia llega sin ser sinónimo de aculturación o destrucción.
4. Ritual como experiencia estética y cognitiva de vanguardia: Tomar peyote y reformular mitos dejaría de ser visto como un "exotismo arcaico" para ser reconocido como una práctica de vanguardia en sí misma. En un mundo postrabajo, la exploración de la conciencia, la relación no instrumental con las plantas y la narratividad mítica serían formas de conocimiento y experiencia tan valoradas —o más — que visitar una galería de arte o un concierto sinfónico.
Al mismo tiempo imaginamos una sociedad postrabajo que no renuncie a la complejidad urbana, la experimentación artística de vanguardia, la intensidad intelectual y la honestidad emocional. Un espacio donde se pueda tener un mal día y discutir apasionadamente sin romper el contrato social; donde se valore la alta tecnología y la inteligencia artificial como herramientas de liberación, no solo la artesanía; donde se produzca filosofía oscura, música industrial y cine perturbador, no solo cantos armónicos; donde se abrace la tragedia y el conflicto como motores de la cultura, no se supriman en aras de una falsa armonía.
Lo que se imagina, en definitiva, es un futuro pluriversal: no una única utopía global (ya sea la comuna hobbit o la metrópolis tecnolíquida), sino un mundo donde una multiplicidad de mundos, radicalmente diferentes pero equivalentes en dignidad y potencia, coexisten y se entrelazan. Un mundo donde una persona puede habitar en varios de ellos a lo largo de su vida sin tener que traicionar ninguna de sus partes.
Esta es la forma más alta de utopía concreta: no imponer un solo modelo, sino crear las condiciones materiales — tecnológicas, médicas, económicas— para que mil flores distintas florezcan. Y que, además, esas flores puedan polinizarse entre sí de manera libre, no violenta y creativa. El objetivo final ya no es solo liberar el tiempo, sino liberar la posibilidad misma de ser, de mil maneras diferentes y aún inimaginables.
En este sentido, pensar hoy en reducir la jornada laboral, no es otra cosa que ir horadando poco a poco las certezas establecidas y avanzar hacia un horizonte de emancipación universal: que cada cual sea dueño de su tiempo, ergo de su vida, pues la vida no es otra cosa que el tiempo del cual dispone cada cuerpo en este mundo.
“No podemos realizar la transformación que el ecologismo busca ni desde la culpa ni desde el sacrificio. Tenemos que hacerlo disputando la idea de deseo y ofreciendo horizontes de transformación que sean estimulantes, que sean ilusionantes, que sean excitantes.”
ResponderEliminar“Llevamos muchas décadas sobrepasando los límites planetarios y hay que reintroducir la economía dentro de estos límites planetarios, pero tenemos que construir otra idea de cómo hacer esto que no esté basada en la renuncia o en la culpa, sino en descubrir otras formas de lujo, otras formas de exceso, que sean compatibles con estos límites planetarios.”
“Creo que tenemos condiciones materiales más que suficientes para inaugurar una civilización del ocio, una civilización del tiempo libre real como condición de libertad y de desarrollo personal. La reforma laboral es una de las claves, pero no la única, también hay otras cuestiones que tienen que ver con la seguridad material o con un urbanismo que fomente la creación de comunidad.”
“No hay balas de plata, para algunos puede ser la renta básica, otros hablarán del trabajo garantizado. En función de los contextos, quizás la seguridad material tiene más que ver con intervenir en el mercado de la vivienda o generar un buen sistema de salud pública. Pero si no hay seguridad material, no hay libertad. Y si no hay libertad, no hay posibilidad de construir un horizonte o un proyecto de felicidad mejor”
“La creatividad es una cosa muy repartida en cuanto nos quitamos los condicionantes.”
Emilio Santiago Muiño
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ResponderEliminar"Una semana laboral normal de 21 horas podría ayudar a abordar una serie de problemas urgentes e interrelacionados: exceso de trabajo, desempleo, consumo excesivo, altas emisiones de carbono, bajo bienestar, desigualdades arraigadas y la falta de tiempo para vivir de manera sostenible, para cuidarse unos a otros y simplemente para disfrutar de la vida."
ResponderEliminarhttps://neweconomics.org/2010/02/21-hours
https://docpublicos.ccoo.es/cendoc/066451TrabajoCapitalSigloXXI.pdf
ResponderEliminarhttps://ctxt.es/es/20240901/Firmas/47376/trabajo-joranada-laboral-modelo-productivo-tiempo-vicente-lopez.htm
ResponderEliminar"La automatización no conduce necesariamente al desempleo masivo. El poder y la política influyen en el modo en que la automatización afecta al trabajo, lo que significa que la automatización puede crear puestos de trabajo dignos a través de la lucha de clases."
ResponderEliminarhttps://jacobinlat.com/2025/06/la-automatizacion-no-tiene-por-que-significar-desempleo-y-miseria/#:~:text=La%20automatización%20no%20conduce%20necesariamente,de%20la%20lucha%20de%20clases.
"Un momento revolucionario en la historia del mundo es tiempo para cambios, no para parches. La frase es de Beveridge, y figura en el emblemático informe que sentó las bases universalistas del sistema sanitario británico. Hoy es habitual leer análisis sobre la multiplicación de amenazas y la incertidumbre que marca el tiempo geopolítico en que vivimos. Tal vez lo sea menos concebir que la única salida, la única fórmula alternativa de estabilización del mundo pasa, de nuevo, por el aseguramiento colectivo de las trayectorias de vida; por la profundización de la redistribución de la riqueza y de la justicia social. Y que esa tarea no requiere de instintos conservacionistas o defensivos, sino, por el contrario, de una acción decidida para mejorar las condiciones y expectativas de vida de las clases trabajadoras".
ResponderEliminarhttps://legrandcontinent.eu/es/2025/02/27/la-democracia-contra-los-ultrarricos/