Civiliación o barbarie.

 Introducción:

Si la reducción radical de la jornada laboral nos enfrenta a la posibilidad concreta de un horizonte postrabajo, resulta inevitable preguntarse qué dinámicas humanas persistirían —y cómo se transformarían— una vez desmontada la lógica capitalista. Lejos de toda ingenuidad utópica, este texto explora esos resortes profundos —el deseo de reconocimiento, la competencia sexual, la pulsión de transgresión— que el neoliberalismo ha capturado y distorsionado, y que una sociedad liberada del yugo del tiempo productivo no eliminaría, sino que reconduciría. Frente a la falsa autonomía de la esclavitud algorítmica o la regresión fascista, se esboza aquí un proyecto de civilización alternativo: uno donde la libertad no signifique dominación, sino la posibilidad de vivir, por fin, los conflictos humanos esenciales sin el lastre de la plusrepresión económica.

Abordamos en este texto, con ayuda de Marcuse y sus ideas expuestas en "Eros y Civilización" algunas cuestiones claves para entender las dinámicas psicológicas que están en juego en la vida de los seres humanos.

I. La captura neoliberal del deseo: de la liberación colectiva a la esclavitud algorítmica

Aceptamos sin pensarlo mucho que el deseo de las nuevas generaciones está alienado, simplemente estropeado y que no hay mucho que hacer con él. Sin embargo, es muy posible que escarbando sólo un poco, encontremos ese potencial emancipador, ese deseo de libertad que todo ser vivo posee.


Las nuevas generaciones no aspiran prioritariamente a ser influencersinstagramers o cryptobros; su demanda de fondo es más esencial: trabajar poco y disponer de mucho tiempo libre. Rehúyen la figura tradicional del jefe directo, pero aceptan —o interiorizan— una forma de sumisión más abstracta: la esclavitud al algoritmo y al mandato neoliberal de la autooptimización. Este fenómeno expresa cómo el neoliberalismo ha capturado y vaciado las consignas de libertad y autonomía surgidas del 68, transformando una potencial liberación colectiva en un régimen de autoexplotación individualista.

El movimiento del 68 planteaba una crítica radical a la autoridad, el trabajo alienado y las estructuras rígidas de la vida social. Su horizonte era la reapropiación del tiempo y la creatividad colectiva. Sin embargo, el neoliberalismo recondujo esos impulsos hacia formas funcionales a la acumulación capitalista: el deseo de autonomía se tradujo en emprendimiento precario; la búsqueda de autenticidad, en personal branding; la liberación sexual, en un producto de mercado.

Este proceso implica un cambio en la forma de dominación: del jefe identificable —contra el que cabía la resistencia organizada— al algoritmo impersonal, que individualiza la explotación y hace recaer en cada cual la responsabilidad del éxito o el fracaso. La sumisión se presenta como elección; la explotación, como oportunidad.

No obstante, el deseo original persiste: la aspiración a una vida menos supeditada al trabajo asalariado. Lo que se ha perdido es la dimensión colectiva de su consecución. La herencia pendiente del 68 no es la realización individual dentro del mercado, sino la socialización de la libertad mediante la reducción generalizada de la jornada laboral, la renta básica y la reorganización democrática de la producción.

La tarea política actual es, por tanto, reconectar ese deseo con un proyecto de emancipación colectiva. Frente a la falsa autonomía del algoritmo, se trata de construir un horizonte postrabajo donde el tiempo de vida prevalezca sobre el tiempo de trabajo, y donde la promesa del 68 se cumpla como transformación social, no como espejismo individual.


II. Reconocimiento y sexo más allá del capital: la competencia en una sociedad postrabajo

La abolición del capitalismo no suprimiría las dinámicas humanas de reconocimiento, estatus o competencia sexual. Lo que cambiaría radicalmente es el marco material y simbólico en el que estas se desarrollan. En una sociedad donde la subsistencia estuviera garantizada mediante mecanismos como la renta básica universal o la jornada laboral ultrarreducida, la lucha por el reconocimiento perdería su carácter de imperativo vital para transformarse en un juego de expresiones sociales no vinculadas a la supervivencia.

En el capitalismo, el dinero y la fama funcionan como llaves de acceso al reconocimiento y al éxito en la competencia sexual. Su posesión o carencia condiciona materialmente la existencia. En una sociedad postrabajo, esta dinámica se modificaría esencialmente:

  1. La competencia se desvincula de la supervivencia. Al garantizarse la base material de la existencia, el fracaso en el reconocimiento o en la seducción no conlleva exclusión o precariedad. La competición adoptaría un carácter más próximo al juego o al deporte, donde la derrota no amenaza las condiciones de vida.
  2. Los criterios de valor se diversifican. Si el éxito económico deja de ser el indicador hegemónico de valía, emergen otros criterios de reconocimiento: la creatividad artística genuina, la sabiduría o inteligencia emocional, las habilidades comunitarias o la audacia exploratoria. El sex appeal se redefiniría, desligándose de los símbolos de estatus económico para asociarse a atributos como el humor, la inteligencia o la pasión.
  3. La fama se redefine. Dejaría de ser sinónimo de influencia comercializable para convertirse en un reconocimiento social basado en contribuciones percibidas a la comunidad —el artista local, el sabio consultado, el deportista por prestigio—, no en la acumulación de capital simbólico convertible en dinero.

Lejos de imaginar un mundo de uniformidad sin conflictos, se vislumbra así un escenario donde las pulsiones humanas de rivalidad y deseo de destacar pueden expresarse de forma menos dañina y más creativa. La liberación del capital no elimina el juego del reconocimiento y el sexo, sino que lo civiliza: lo extrae del ámbito de la lucha hobbesiana por la supervivencia y lo sitúa en un terreno donde puede florecer como fuente de innovación cultural y complejidad humana, sin generar la miseria material que hoy lo distorsiona.


III. La utopía necesaria: por una libertad con indeterminación

Una sociedad postrabajo no promete la abolición del sufrimiento, la frustración o el fracaso. La vida seguirá estando marcada por amores no correspondidos, deseos incumplidos y vacíos existenciales. Pretender lo contrario no solo sería ilusorio, sino indeseable. Una existencia donde todo resultado estuviera garantizado carecería de intensidad y significado. La alegría de conseguir un amor reside precisamente en su contingencia; la emoción de un partido de baloncesto, en la incertidumbre de su desenlace.

El objetivo del postcapitalismo no es, por tanto, eliminar lo trágico de la condición humana, sino eliminar el sufrimiento evitable que el sistema capitalista añade como un ruido de fondo constante a esa condición. Se trata de permitir que cada cual viva su alegría y su tragedia en paz, liberado de la ansiedad material que hoy amplifica y envenena toda experiencia.

El capitalismo no crea el dolor existencial, pero lo distorsiona al vincularlo a la supervivencia: un desamor duele infinitamente más cuando se suma al miedo a no pagar el alquiler; un proyecto fracasado es devastador cuando conlleva la ruina económica. La represión excedente —esa sobrecarga de coerción que el capitalismo impone para mantener la disciplina laboral y el consumo— agrava el malestar inherente a la civilización.

La verdadera liberación consiste en quitar ese "peso añadido" a la alforja existencial. Garantizar la subsistencia mediante una renta básica o una jornada laboral mínima no resuelve los problemas del alma, pero elimina los obstáculos artificiales que impiden enfrentarlos con dignidad. Lo que queda tras esta redistribución de la seguridad material es la tragedia auténtica: la del duelo, el desamor, los límites del cuerpo y del talento. Es decir, los problemas humanos reales.

En este sentido, el horizonte postrabajo no es una utopía ingenua, sino un marco de posibilidad humana más honesto y habitable. No aligera la vida hasta hacerla flotar, sino que descarga el lastre superfluo para poder cargar, por fin, con el peso verdadero de estar vivo.


IV. Plusrepresión: la clave freudiano-marcuseana de la dominación capitalista

La reflexión anterior encuentra su fundamento teórico en la distinción que Herbert Marcuse, siguiendo y a la vez criticando a Freud, estableció entre represión básica y represión excedente (o plusrepresión). Este concepto es central para comprender que el malestar en la civilización no es una fatalidad ontológica, sino el resultado de un orden social históricamente determinado.

Para Freud, la vida en sociedad requiere inevitablemente cierto grado de represión de los impulsos instintivos —especialmente los sexuales y agresivos—. Este "malestar" sería el precio a pagar por el progreso y la seguridad de la convivencia. Marcuse introduce un giro crucial al argumentar que la sociedad de clases impone un exceso de represión, una plusrepresión, que va más allá de lo necesario para el mantenimiento del orden social y que tiene como función específica la reproducción de la dominación.

La plusrepresión es el mecanismo psíquico que sustenta la economía capitalista. Es la internalización de la disciplina laboral, la productividad compulsiva, el consumo alienado y la aceptación de la jerarquía. Nos hace creer que desear trabajar menos o dedicarse al ocio creativo es "vagancia", moralmente reprobable. La reducción de la jornada laboral, en este marco, no es solo una demanda económica, sino un acto político de desmantelamiento de esta plusrepresión.

Al historizar y politizar el pesimismo freudiano, Marcuse abre la puerta a un proyecto de liberación: si el problema no es la Civilización en abstracto, sino la forma capitalista que esta ha adoptado, entonces es posible imaginar una civilización con un grado mucho menor de malestar. Una sociedad donde, eliminada la plusrepresión destinada a la dominación, la energía libidinal (Eros) pueda canalizarse de forma no represiva hacia el arte, el juego, la creatividad y el cuidado.

La lucha por la liberación del tiempo es, en esencia, la lucha contra la plusrepresión. No se busca un imposible fin de todo conflicto, sino la eliminación de ese sufrimiento añadido e innecesario que el capitalismo impone para su propia reproducción.


V. La recaída en lo salvaje: la plusrepresión como ruptura del pacto civilizatorio

La entrada en el lenguaje, la cultura y la vida simbólica implica un proceso de domesticación. Este pacto civilizatorio conlleva un precio: la culpa, la vergüenza y la represión de ciertos impulsos. Es el lastre que Freud identificó como malestar inherente a la vida social, pero también es la condición que permite la seguridad básica: caminar por la calle sin temor a la agresión indiscriminada. Esta es la represión necesaria.

Sin embargo, la plusrepresión —el exceso identificado por Marcuse— no cumple esta función de garantía de seguridad para todos. Por el contrario, su objetivo es permitir que una minoría se libere a sí misma de los límites de esa represión básica. La clase dominante no se domestica en la misma medida; sus impulsos de poder, acumulación y dominio se despliegan con mucha menos restricción. Se erigen, así, en una suerte de "dioses con derechos absolutos", mientras imponen sobre la mayoría una represión mucho mayor de la necesaria, reduciéndola a la condición de siervos o súbditos.

La paradoja radical que aquí se revela es que esta plusrepresión no representa un exceso de civilización, sino una recaída en lo salvaje. Lo "salvaje" original era el despliegue caótico e igualitario de los impulsos de todos contra todos. La plusrepresión capitalista instaura un "salvaje ordenado": el despliegue asimétrico y organizado de los impulsos de dominio de una clase sobre las demás. Ya no es "todos contra todos", sino "unos cuantos contra todos", con las reglas del juego amañadas a su favor.

El neoliberalismo es la expresión más pura de esta recaída. Glorifica al emprendedor sin límites, al capital que transgrede fronteras sociales y ecológicas, al individuo que está por encima de la norma. Es la ley de la jungla, pero con traje y algoritmos.

La lucha de clases, entonces, no es solo una lucha económica. Es un conflicto entre dos proyectos de civilización. Uno busca hacer efectivo el pacto civilizatorio, usando la represión necesaria para crear una base de seguridad y libertad compartida desde la que desplegar creativamente la vida. El otro es un proyecto bárbaro y parasitario que, mediante la plusrepresión, busca crear amos y esclavos, recayendo en lo peor de lo salvaje pero con el poder tecnológico para hacerlo a escala global. Desmantelar la plusrepresión no es destruir la civilización, sino civilizar a quienes se creen por encima de ella.


VI. La llamada de lo salvaje: el fascismo como regresión organizada

El fascismo no es solo una ideología política, sino una respuesta patológica a la promesa incumplida de liberación. Su fuerza seductora reside en una oferta perversa: la posibilidad de transgredir el pacto civilizatorio sin culpa, de regresar a un estado de impunidad violenta donde los impulsos de dominio, agresión y exclusión puedan desplegarse libremente. Esta es la "llamada de lo salvaje" en su versión más siniestra: no la conexión poética con la naturaleza, sino la licencia para el depredador humano.

El mecanismo fascista opera mediante un intercambio preciso: se permite la transgresión hacia abajo —contra el migrante, la mujer, el disidente, la naturaleza— a cambio de la sumisión absoluta hacia arriba, hacia el líder, el partido o la nación. Es una libertad regresiva que solo se ejerce en la dirección de la jerarquía. Puedes golpear, humillar, contaminar, acumular sin límite; la única transgresión prohibida es la deslealtad al poder establecido.

Esta dinámica no elimina la represión, sino que la reorganiza. Abole la represión necesaria —aquella que garantiza derechos y límites éticos compartidos— mientras intensifica al máximo la represión excedente al servicio de la obediencia y la pureza ideológica. El resultado es una sociedad que parece "liberada" para la violencia del grupo dominante, pero que es profundamente opresiva para todos. Es la dictadura del impulso no domesticado del amo, que requiere la esclavitud total del otro.

El fascismo es, en este sentido, la anti-civilización. No es un exceso de orden, sino la destrucción del orden basado en límites compartidos, para imponer la ley del más fuerte disfrazada de destino histórico. Por eso la lucha contra el fascismo no es solo política, sino civilizatoria: se trata de defender la posibilidad misma de una vida común donde la libertad no se construya sobre la dominación, sino sobre el reconocimiento de la vulnerabilidad compartida.


VII. Conclusión: la política como defensa de lo común frente a la barbarie de clase

La verdadera lucha de nuestro tiempo no es entre civilización y naturaleza, sino entre dos proyectos culturales antagónicos. Por un lado, un proyecto que busca hacer efectivo el pacto civilizatorio original —aquel que intercambia seguridad colectiva por límites éticos compartidos— ampliándolo mediante la liberación del tiempo y la reducción de la plusrepresión capitalista. Por otro, un proyecto regresivo que, bajo formas modernas de dominación tecnológica y financiera, promueve una recaída en lo salvaje organizado: la ley del más fuerte elevada a principio de gobierno.

La política emancipadora no consiste en negar los conflictos humanos —el deseo de reconocimiento, la rivalidad, la tragedia existencial— sino en crear condiciones materiales e institucionales para que estos conflictos se desarrollen de manera no destructiva. Se trata de sustituir la lucha hobbesiana por la supervivencia —agravada artificialmente por el capitalismo— por lo que podríamos llamar una "agonística civilizada": un espacio social donde la competencia, el arte y el deseo puedan florecer sin generar miseria material o dominación estructural.

El horizonte postrabajo no es la eliminación de lo trágico, sino la creación de un marco donde la tragedia sea auténtica —fruto de los límites constitutivos de la condición humana— y no el resultado evitable de un sistema económico que multiplica el sufrimiento innecesario. La renta básica, la reducción de la jornada laboral y la socialización de los medios de producción no son fines en sí mismos, sino condiciones para una reapropiación colectiva de la posibilidad de vivir vidas dignas, con sus alegrías y sus derrotas.

Frente a la barbarie de clase que hoy se viste de emprendimiento, algoritmo o nacionalismo, la tarea es reinventar la política como defensa de lo común: de un tiempo liberado, de una seguridad compartida, de un mundo donde la libertad no signifique el derecho a dominar, sino la capacidad de crear, cuidar y coexistir en paz. La utopía no es un lugar sin conflictos, sino un tiempo donde los conflictos importen de verdad.

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